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Luis M. Alonso

El disparate multiplicado

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

La desconfianza hacia el caos generado por los políticos es posible que no la curen ni los telediarios. Los telediarios suelen ser máquinas trituradoras y transformadoras de la realidad. Solo hay que echarles un vistazo por encima para darse cuenta. Lo han sido generalmente en manos de los gobiernos manipuladores de turno y en la actualidad, salvo una honrosa excepción, pulverizan cualquier récord.

Por ejemplo, llevan tiempo transmitiendo la teoría sesgada de que es la oposición la que politiza de manera indecente la pandemia, cuando el primero que lo hace es el propio Gobierno; el caso del ministro de Sanidad tratando de sacar rédito electoral de su cargo sin haber renunciado aún al Ministerio es una prueba flagrante de ello. El pistoletazo propagandístico de la vacuna, otra prueba más de que no solo la oposición se aferra al oportunismo partidista de la crítica exacerbada como consecuencia del drama que vive este país. De hecho, si no existiera el propósito de poner los intereses estratégicos particulares por encima de los generales, Sánchez no habría eludido la responsabilidad de mantener un control único de la crisis a cambio de evitar las decisiones impopulares que acarrea el confinamiento.

Y, en consecuencia, no hablaríamos tanto del caos nacional que se multiplica en cada autonomía: horarios de toques de queda, cierres perimetrales en cada región y concejo en función de cualquier tipo de discrecionalidad o de capricho, etcétera. Lo peor de dar palos de ciego es todo lo que se rompe alrededor; la falta de un criterio unificado y consensuado incide peligrosamente en la confianza y el ánimo de una población confusa y desmoralizada que no sabe a qué atenerse y que pasa las horas tomándoselo a broma con los memes. Castilla y Galicia reclaman las ocho de la tarde para encerrar a los castellanos y gallegos, Barbón quiere a los asturianos encapsulados en los concejos y en casa a las seis. Diecisiete autonomías, diecisiete obsesiones. Todo esto, amigos míos, es un disparate mayúsculo.

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