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Luis Sánchez Merlo

Trampantojos de ocasión

(Trampa con que se engaña a una persona haciéndole creer que ve algo distinto a lo que en realidad ve)

El PSC gana las elecciones en Cataluña en un escenario en el que el independentismo se refuerza

La población de Cataluña asciende a: 7.722.203 personas. El censo electoral: 5.433.979. El partido socialista ha sido el ganador en votos (631.548) y las opciones independentistas (ERC, JxCAT, CUP) han sumado 1.360.696 (el 17,62% de la población total y el 25,02% del censo electoral).

Las insólitas circunstancias que han concurrido en estas elecciones a la fuerza pueden ayudar a interpretar un desenlace que ha revalidado a los gestores de la pandemia y de la crisis económica, resultados que no han sorprendido y se pueden sintetizar en una locución invocada por uno de mis maestros: ‘Final del paganismo y comienzo de lo mismo’.

Al haber sido la abstención (por cansancio, despecho o indolencia), la opción preferida por casi la mitad del electorado (46,46 %), se convierte en dato relevante, que no vale como excusa porque, quienes se abstuvieron por miedo al contagio, podían haber votado por correo y no lo hicieron.

Ocultos tras el histórico retraimiento, como si se tratara de un fenómeno atmosférico, los partidos constitucionalistas de centro derecha han pasado a ser irrelevantes en la política catalana, salen heridos a la refriega inmarcesible en la arena nacional y se enfrentan a una dura y fría verdad: fracaso sin paliativos.

Con la enseña de frenar al secesionismo desde el respeto a la ley, Ciudadanos (C’s) fue la opción más votada en los anteriores comicios, cosechando un millón de votos (36 escaños) frente a los 158.000 (6 escaños) que ha obtenido en esta ocasión. Tal desplome plantea una cuestión: ¿existe algún caso en el mundo en que un partido político pierda el 85 % de sus votos y su líder no dimita?

Aquel inesperado resultado premió la constancia de una oposición pertinaz, incómoda para sus molt honorables adversarios, que soportaban con desdén a los combativos portavoces.

Por razones insuficientemente explicadas (conocedores de los entresijos atribuyen al entonces presidente del parlamento, no haber movido un dedo para facilitar el trámite), la ganadora de los comicios no pudo presentar su candidatura a la investidura. Entre el asombro y la rabia de quienes la acababan de votar, la bella Inés abandonó su patria adoptiva, buscando sosiego en la capital del Reino.

Poco duraron las ilusiones despertadas por los herederos ab intestato de la, UCD, extinta por consunción, al pasar de 57 escaños a 10 en las elecciones generales, lo que supuso mengua de recursos y militantes acelerada por el abandono de la formación de su fundador, aquel joven desnudo con garbo suarista.

El PP ha tenido el peor resultado de la historia en unas elecciones catalanas (108,841 votos, 3 escaños, todos en Barcelona). Es útil traer a colación los 440,000 votos (17 escaños), que llegaron a tener los fiduciarios de Centristes de Catalunya, antes de que el-nacionalista-en-jefe vetase en el Majestic (con la técnica del trampantojo y anuencia de su interlocutor y antagonista), a un físico culto, con pedigrí catalán y tuétano españolista.

Que alguien en su sano juicio plantee, como apremiante respuesta al descalabro, vender la sede social, antiguo huerto de monjas salesas, no deja de ser otro trampantojo para desviar la atención, más propio del estado mayor de La Codorniz, “La revista más audaz para el lector más inteligente”.

La raíz del fiasco es una cuestión de fondo. El votante indeciso, a caballo entre el cansancio y la inutilidad, percibe una actitud tibia y vergonzante que denota claudicación y opta por abstenerse o migrar a otras latitudes.

El heredero de la sede y de las corrupciones que anidan en los juzgados, es hombre limpio y con principios, además de parlamentario sin papeles, rara avis. Pero alguien podría preguntar: ¿un aspirante a ser presidente del Gobierno puede sacar en Cataluña unos resultados que bordean la desaparición de su partido?

Entre otras concausas para explicar el infortunio, la mediocracia imperante (cuando los mediocres llegan al poder, según Deneault) se empeñó en que la indómita Cayetana no apareciese en escena, quizá con la vana pretensión de mostrar irrelevancia en quien, para tantos, es un valioso activo en el dique seco, para deleite de otras bancadas.

El brinco de Vox (de cero a 11 escaños), podría resultar del partido de vuelta tras la moción de censura, cuando el escarnio innecesario perseguía evidenciar alejamiento. El apedreamiento de su caravana electoral, demostración evidente de odio incontenible, no ha sido condenado como anomalía democrática ni ha conseguido intimidarlos.

Con la vuelta a la rutina ha reaparecido una violencia extrema, desatada por jóvenes antifascistas en defensa de la libertad de expresión. En esta ocasión, el repertorio exhibido: quema de contenedores, policías heridos, destrozos en mobiliario urbano, robos en comercios, motos abrasadas, comisaría destrozada a pedradas, atestigua un furor en aumento.

Atemorizada por la inminencia del fuego, una amiga barcelonesa que veía cómo las llamas cercaban su casa, condensaba en un epigrama ingenioso la triste realidad: “Después de las elecciones, Cataluña vuelve a la normalidad”.

En este telón de fondo se proyectan señales alentadoras: la campaña inequívocamente constitucionalista del ganador, si bien excluyó de la interlocución a una formación que no cuestiona la legalidad; el rechazo del Congreso a un referéndum de autodeterminación, alentado de nuevo por los republicanos catalanes; la exhortación del presidente del Gobierno a alcanzar consensos pendientes -órgano de gobierno de los jueces y televisión- o la sanación de extravagancias populistas.

Con estos destellos a la vista, uno podría tener la tentación de pensar que anteceden un cambio inaplazable para gestionar, sin trampantojos, urgencias venideras. Porque en nuestro caso, vestir a uno u otro de Draghi requiere un arte sartorial, que es dudoso que exista.

Pero nada es eterno, aunque la mayoría de los especialistas sostienen que el adicto tiene que tocar fondo antes de ser capaz de reformarse.

Mientras el taxista madrileño seguía los disturbios por la radio, musitaba: “Antes la gente tenía poca formación pero mucha educación, ahora tiene mucha formación pero muy poca educación” y añadió una pregunta:

¿Quién esponsoriza esta escalada de violencia callejera?

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