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Matías Vallés

La prensa no es el enemigo

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Si fueran capaces de articular un pensamiento en cuatro palabras, los autores de la agresión a la sede de El Periódico en Barcelona sentenciarían que la prensa es «el enemigo del pueblo». En efecto, «enemy of the people» es la expresión vomitada por Trump para descalificar al periodismo crítico colocando la diana en el New York Times, un indicio sobre la hermandad de los violentos. Las pedradas y pintadas coincidieron con la condena a años de cárcel a dos periodistas veinteañeras bielorrusas, por limitarse a grabar una manifestación en el ejercicio de su oficio.

Se anudan así una serie de malentendidos. El primero es que sin prensa no hay manifestación que valga, el segundo explica que la prensa no necesita recurrir al victimismo, porque tiene la condena garantizada. El tercero es que las protestas agregadas durante una semana no tienen que ver con el encarcelamiento injusto del ego desmedido de Hasél, sino con el callejón sin salida de la pandemia social, véanse las algaradas equivalentes en países tan reputados como Dinamarca, Holanda o Alemania. El cuarto error es confundir a la prensa con el enemigo, pese a sus innumerables vicios. La animadversión hacia los periodistas no impidió a Jefferson concluir que «nuestra libertad depende de la libertad de prensa, que desaparece al limitarla». Y sin ánimo de intercambiar consejos por adoquines, lástima que los cachorros de la revolución no aprecien la gran oportunidad que les brinda el actual vacío de poder para tomarlo, en el punto cero de Occidente. 

Mi respuesta revolucionaria no será escribir otro artículo tópico, sino leer la prensa de modo concienzudo, debatiendo cada contenido, maldiciendo más de la mitad de lo que se publica, sin restarle ni un ápice de su cuota de culpa en la sociedad que conllevamos. La leeré pagando y en papel mientras me dejen, porque es el reto que más indigna a los gurús del periodismo rendidos al autismo de las redes asociales. Esto sí que es una incitación a la revuelta. 

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