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Marc Llorente

Guerra en la coalición

Pedro Sánchez se somete al control del Senado.

El matrimonio de conveniencia entre los dos bandos que constituyen el Gobierno de coalición tiene las tensiones propias de la relación de pareja. Ese nacimiento político era y sigue siendo la única posibilidad de ofrecer un Ejecutivo progresista, lo que debería conducir a una mayor serenidad en las relaciones si se quiere sostener el tenderete y prosperar en medio de la borrasca sanitaria, social y económica, que continúa su curso con la vista puesta en que siga amainando el temporal. O la cuarta ola anunciada para finales de marzo si las cosas no se hacen bien durante los próximos días, especialmente tras la rebaja de restricciones. Sánchez e Iglesias tienen que seguir toreando al bicho, bloqueando sus cuernos y utilizando el estoque de las vacunas.

Hay algunas disputas y ciertas infidelidades por las dos partes. La ley de igualdad de trato y no discriminación, las leyes trans y LGTBI o el alquiler social de viviendas. Pero también es verdad que los observadores ponen siempre el acento para que el culebrón permanezca en beneficio de variados intereses, sea por cuestiones políticas o mediáticas. Las confrontaciones pueden ser normales hasta cierto punto, y lo que importa es enfundar las dagas y que los resultados de la gobernabilidad sean válidos. Y todo ello, paradójicamente, con los presupuestos generales aprobados, que debería ser un poderoso motivo para que las aguas no salpiquen y no hubiese acusaciones de mutua deslealtad. ¿Se impondrá el buen rollo o saltará por los aires el resto de legislatura?

Reconducir la situación es de vital importancia en vez de dar impulso a quienes desde el primer día batallan contra este Gobierno, incluso los sectores más reaccionaros del Partido Socialista. No debe ir cada uno por un lado, ni se pueden romper los protocolos de coordinación. No vale cortar oxígeno al sector morado del Ejecutivo y no es aceptable atravesar líneas rojas, según defiende Unidas Podemos, que rechaza cualquier intento de ruptura de la coalición. La vicepresidenta primera, Carmen Calvo, y la ministra de Igualdad, Irene Montero, pelean y ninguna quiere perder. ¿No es mejor establecerse en situaciones intermedias, sin ganadores ni perdedores, y echar árnica a las contracturas? Lo contrario perjudica a ambos grupos y a una mayoría de la población.

Otro ejemplo de discordia reside en la ley de vivienda en cuanto a los precios abusivos del alquiler, que fue lo pactado. No sabemos si las dos formaciones tomarán tila o si la calentura aumentará en las próximas semanas. Porque se prevén nuevas confrontaciones internas con la reforma laboral, las pensiones o la reforma de los delitos de expresión. La renovación del Consejo General del Poder Judicial exige pactar con un Casado reacio, tras dos años de caducidad del gobierno de los jueces, o reformar la ley para cambiar las mayorías necesarias y saltarse el veto de un PP sembrador de cizaña. En fin, el pacto aludido anteriormente es casi una realidad.

PSOE y UP están condenados a entenderse, ya que el resultado del 14F en Cataluña blinda la coalición, mientras Casado celebra las pugnas del vecino. Da palos de ciego y quiere vender Génova, 13, en un intento desesperado de tapar los ojos ante la corrupción y la caja B que administró el extesorero Luis Bárcenas al servicio de sus colegas.

Evidentemente, a fin de evitar giros a la derecha por parte de los socialistas, es necesaria una presión como Iglesias ha venido haciendo, cosa a la que Sánchez no parece proclive. Recuérdese la subida del salario mínimo en 2020 (no más subida de momento por la crisis), los ERTE, la aprobación del ingreso mínimo vital (pese a las dificultades para cobrar y a los cambios legislativos que se requieren con objeto de mejorar la norma), la ayuda por el cese de actividad de los autónomos o la prohibición de los desahucios durante el estado de alarma, que persiste.

Los reproches y las advertencias de unos y otros están en el campo de juego. Las balas se disparan, pero el tiro puede salir por la culata. Es preciso cumplir el acuerdo inicial de Gobierno o las derechas seguirán frotándose las manos. Podemos es socio minoritario de Sánchez con perfil propio y sin querer ser subalterno. Ahora bien, lo más indicado no es que Iglesias y otros ministros aireen discrepancias en público, como fórmula de presión, y promuevan movilizaciones. No es posible estar en el Gobierno y en la oposición a la vez.

Está claro que España es una democracia plena formalmente. Eso sí, hacen falta mejoras y siempre será rechazable el uso de la violencia a propósito de los altercados por la encarcelación del rapero Pablo Hasél. La guerra interna entre los dos partidos necesita una tregua y ya se verá si la espinosa situación tiene salida al final del túnel o si las bofetadas continúan. Por ahora, Sánchez utiliza una manguera contra el fuego.

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