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Francisco Esquivel

Tiene que llover

Francisco Esquivel

A la luz de los vestigios

A la luz de los vestigios

A la luz de los vestigios

Contaba Manuel Muñoz que formando parte de la redacción central de El país recibió al final de la semana el encargo de la dirección de tomar las riendas de la delegación en Valencia, ciudad que apenas si conocía de unas cuantas visitas. Cuando al lunes siguiente estaba deshaciendo las maletas los tanques salieron a las calles de su nuevo destino. Como para no orientarse a toda pastilla.

  Imprevistamente acababa de enterarme de que iba a ser padre, que tampoco está mal. Aquello me zambulló de golpe en la niñez de mi madre que se quedó huérfana sin comerlo ni beberlo de una ráfaga incivil con lo que ella se había esforzado por no transmitir señal alguna de quebranto arropada en su pretensión por el silencio impuesto. Fueron minutos, horas de zozobra para muchas criaturas y de frotarse las manos para otra plebe con la salibilla escapándoseles de la comisura. De ser niño teníamos claro que se llamaría Pablo como Picasso, como Neruda, como Milanés, lo cual nada más pensarlo en ese trance suponía un riesgo. El sino de una historia que, por determinadas páginas, a veces parecen pura ensoñación teniendo en cuenta el cuajo atesorado desde una Hispania con emperadores del porte de Trajano y Adriano que conquistaron a la parroquia por modernizar el patio a base de bien y no con aristócratas ni élites senatoriales. O el podium en el centro del mundo cuando en el territorio no dejaba de salir el sol y la herencia del poderío que han irradiado paisanos ilustres en el campo de las artes y las de las ciencias. Y, sin embargo, de siempre hemos sido propensos entre nosotros a la guerra sin cuartel. Bueno, es un decir.

  Tenía que venir una debacle como esta para confirmar que no tenemos remedio. Incapaces de dar una respuesta potablemente unitaria al desafío, seguimos enfrascados en el baile de bandos que lastra una salida franca a los supervivientes. Y, sí, el niño aquel creció tela de sano y, aunque encontró estabilidad emocional, sigue sin pensar en tener uno. Por algo será.

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