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Juan R. Gil

ANÁLISIS

Juan R. Gil

Donde dije, digo

El presidente de la Autoridad Portuaria, Juan Antonio Gisbert, ha ido haciendo de la articulación con la ciudad el eje de sus nuevos proyectos para los muelles alicantinos

Al frente del Puerto Juan Antonio Gisbert preside la Autoridad Portuaria. Foto de Rafa Arjones

Al frente del Puerto Juan Antonio Gisbert preside la Autoridad Portuaria. Foto de Rafa Arjones

En diciembre de 2019 escribí en estas mismas páginas un texto en el que me mostraba muy crítico con la gestión que Juan Antonio Gisbert estaba haciendo al frente del Puerto de Alicante. Era el momento en que se había tomado conciencia, transcurrido más de un año desde que iniciara los trámites, de que una empresa pretendía volver a instalar depósitos de combustible en los muelles, pese al rechazo frontal expresado por los ciudadanos desde la década de los noventa del pasado siglo, al tiempo que descubríamos que el acuerdo firmado por todas las administraciones en 1995 para que la dársena no volviera a albergar jamás elementos peligrosos y nocivos no era más que un trampantojo, sin valor legal.

Valor legal, no. Pero político, sí. Y ese era el fondo de la crítica que hacía en ese momento, el de que daba la impresión de que Gisbert estaba dirigiendo el Puerto como si sólo se tratara de una empresa (esto es, con el foco únicamente puesto en la cuenta de explotación), dejando de lado la estrecha relación que -no sólo físicamente- siempre ha unido los muelles con la ciudad, de la que es uno de sus hitos más poderosos.

El Puerto puede zanjar de una vez el dilema sobre su carácter industrial, comercial o de recreo. La industria del siglo XXI es la de las tecnologías, compatible con su uso urbano

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Transcurridos quince meses desde entonces, tengo que decir que, o yo me equivocaba, o Gisbert varió su estrategia o, simplemente, tras una primera fase de consolidación presupuestaria más necesaria de lo que podíamos entender, se ha transitado a otra donde esa relación entre el Puerto y Alicante ha pasado a ser el eje alrededor del que se articulan muchas de las acciones que se ejecutan desde la Autoridad Portuaria. Sea como fuere, de momento no hay depósitos, aunque hacen muy bien los colectivos vecinales, con el veterano Hernández Mata a la cabeza, en vigilar muy de cerca esa cuestión (y la de la descarga de graneles) porque la amenaza no ha desaparecido. Y el Puerto tiene en cartera importantes proyectos que, de no malograrse, significarán, no sólo una mayor apertura a la ciudad, ampliando el espacio convivencial de la misma, sino también la posibilidad de que los muelles vuelvan a ser lo que en distintos momentos de la historia de Alicante han sido: su principal motor de desarrollo. El cambio de paradigma económico permite, si se tiene la visión suficiente, que esa condición de impulsor del tejido productivo se recupere sin ir en perjuicio de la calidad y la sostenibilidad de la ciudad. Gisbert está demostrando tener esa visión. Pero es algo que también va calando en los responsables de todas las administraciones de forma transversal y apartidista, ya hablemos del Ayuntamiento de Alicante, de la Diputación o de la Generalitat.

Precisamente, el jefe del Consell y el presidente de la Autoridad Portuaria presentaron esta semana el plan para invertir entre este año y el próximo 31 millones de euros con el fin de culminar la ampliación del Parque del Mar (un espacio ecológico y ciudadano que de momento discurre entre el Barranco de las Ovejas y la Casa del Mediterráneo y al que ahora mismo es prácticamente imposible acceder por las barreras de circulación que lo aíslan y lo convierten en un enclave desconocido para los propios alicantinos), la renovación del paseo marítimo de los muelles 5, 6 y 8 y de la plaza del Puerto, la creación de un anillo peatonal alrededor de la dársena interior y la construcción del que está previsto que sea nuevo edificio de Distrito Digital. Y esos no son los únicos proyectos, propios o ajenos, que tiene encima de la mesa Gisbert. Son los más inmediatos. Pero hay más, y en ellos, como decía antes, no sólo están implicados la Administración del Estado, a través del organismo que rige los puertos, y la Generalitat, sino también la Diputación y el propio Ayuntamiento, agente imprescindible en la reordenación de la ciudad.

El Puerto de Alicante ha padecido siempre de un problema de identidad. Podría decirse que paralelo al de la ciudad misma, que hace décadas que arrastra su falta de definición: es capital, pero no ejerce; vienen turistas, pero no actúa como una ciudad turística; se define de servicios (cuando cualquier población lo es), pero no los mantiene a punto ni se pone a la vanguardia de ellos; se dice «amable» pero está muy lejos del modelo de las ciudades ecológicas y sostenibles... Y así podríamos seguir hasta el infinito: es la indefinición que un día la hace ser la meca del «tardeo» y otra la de las despedidas de soltero; antes la reina de los macrocentros comerciales y luego la de los bares.

Alicante necesita una transformación que le dé identidad y aterrice definitivamente el cambio a la nueva economía del que fue pionero Pedreño e impulsan también Palomar y Ruiz

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En el caso del Puerto, lleva al menos desde los años sesenta del siglo XX debatiéndose entre si debe ser industrial, comercial, de recreo, o una mezcla imposible de todo ello, que es precisamente por la que ha ido apostando, más por inercia que por estrategia. Pinzado entre dos gigantes como el Puerto de Valencia, uno de los más importantes del Mediterráneo, y el de Cartagena, que no necesita mayor gestión que mantener sus tuberías; incardinado en la ciudad como ningún otro puerto español lo está y, para rematar, con una Ley de Puertos que le impide ajustar tarifas y acometer grandes inversiones si no es rentable, pero al mismo tiempo, al no poder hacer eso, le impide casi siempre alcanzar esa rentabilidad, como la pescadilla que se muerde la cola; con todos esos condicionantes encima, han ido pasando las décadas sin que consiga recuperar su papel preponderante en el crecimiento de la ciudad de Alicante, y por extensión, de toda su provincia.

La nueva economía (y la necesidad de todas las administraciones de encontrar una palanca que invierta la decadencia del segundo municipio de la Comunidad) puede permitir que eso cambie si se toman las decisiones adecuadas en los próximos años. Gisbert lo tiene claro: el Puerto puede ser el mejor parque tecnológico de la Comunidad y el resorte definitivo para que el movimiento impulsado por Andrés Pedreño (que fue el pionero, con Alicantec y Torrejuana) o ManuelPalomar (antes desde el rectorado de la Universidad de Alicante y ahora desde su propio departamento), y el rector Juanjo Ruiz, desde la UMH (el primero que entiende de verdad que el territorio de la Universidad de Elche es toda la provincia), pero por el que también han apostado la Generalitat (con el Distrito Digital y la designación de Alicante como sede de la conselleria de Innovación), la Diputación (con el CENID) y el Ayuntamiento (con Alicante Futura), se aterrice finalmente y empiece a procurar réditos.

No es sólo una idea. Hace meses que en el Puerto se trabaja en ese proyecto, con consultores e incluso con un grupo de contraste para valorar iniciativas. Es esa, la vía tecnológica, la que por fin puede zanjar el dilema hasta aquí irresoluble. Porque la tecnológica es la industria del siglo XXI y es compatible con la ciudad y con los usos urbanos del Puerto. Al contrario del continuo conflicto que venimos soportando entre los muelles y los vecinos, el Puerto puede crecer al mismo tiempo que contribuye a cambiar radicalmente la fachada marítima de la ciudad, su principal postal.

La Generalitat, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento deben coordinarse para que los proyectos no se frustren pero existe en todas las administraciones la voluntad de hacerlo

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El espacio está. La estrategia, también. Hace falta, más allá del Puerto, una conjunción en su actuación de la Generalitat, el Ayuntamiento de Alicante (pero también el resto de consistorios importantes de la provincia, porque todos se pueden beneficiar, como se han beneficiado de los cruceros, aunque su tráfico nunca ha llegado a consolidarse, o de la Volvo, aunque jamás se ha resuelto cómo rentabilizarla entre regata y regata) y la Diputación, que lideren y den soporte a todas las acciones. Podría aquí decir que eso no se podrá conseguir, que no hay miras suficientes ni en el Ayuntamiento, ni en la Diputación, ni en la Generalitat, y que el juego cruzado de los partidos (esto los incluye a todos, porque el consistorio y la corporación provincial la gobiernan el PP con Ciudadanos, y la Generalitat el PSOE, con Compromís y Unidas Podemos) convierte en utópico cualquier planteamiento que suponga la colaboración entre ellos. Pero sería injusto, porque me consta que, con todas las dificultades y recelos que se quieran, la voluntad de todas esas administraciones por coordinarse, y el diagnóstico de que ahora más que nunca es necesario intervenir, existen. Y, por una vez, sin dar tres cuartos al pregonero, se ha empezado a trabajar mancomunadamente en algún proyecto.

«El Puerto necesita un repaso», titulaba quien esto firma aquel artículo crítico con la situación en la que vegetábamos antes de la pandemia. Mira por dónde, Gisbert (que pilotó la gran fusión entre las dos antiguas cajas alicantinas que llegó a hacer de la CAM la cuarta entidad de ahorro de España y de Alicante una capital financiera que durante unos años estuvo en disposición de hablar de tú a tú con València), puede acabar convirtiendo el Puerto en el pivote alrededor del cual se impulse entre todos la transformación de Alicante. Por una vez, confiemos.

La política desvertebrada

Ciudadanos elegía ayer, en medio de una gran depresión tras el hundimiento en Cataluña, a sus ejecutivas locales. Locales, por usar un término, porque la escasez de afiliados -sólo 800 tenían derecho a voto en toda la provincia, según las cifras del propio partido- ha hecho que muchos municipios se hayan fusionado con otros por no alcanzar el mínimo de inscritos exigible para tener agrupación propia: 15. De entre las dos poblaciones más importantes de la provincia, en Elche se presentaban dos listas -son pocos, pero la burra siempre pare- y en Alicante sólo optaba la encabezada por el jefe de gabinete de la vicealcaldesa, lo que con independencia de su capacidad perpetúa un modelo confuso que hasta aquí no le ha dado más que problemas a esa organización. Los comicios internos no han suscitado mayor interés por parte de nadie. En la política alicantina, en cuanto a estructura organizada, sólo hay un partido: el PP, del que se sabe quién es su líder, Mazón, y su número dos, Toni Pérez, alcalde de Benidorm. En Cs no hay un liderazgo provincial, como tampoco se conoce quién manda en Vox. Todos cuelgan de la llamada diaria de Madrid. En la izquierda pasa tres cuartos de lo mismo. El secretario provincial del PSOE, José Chulvi, no tiene papel que jugar, la articulación por comarcas de Compromís impide que haya una voz unida en los asuntos de calado y la de círculos de Podemos es inexistente. Esas cosas parece que no importan. Pero cuando llegan unas elecciones determinan resultados.


Juan R. Gil

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