Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La más fea de la casa

El mediano con la piel tan fina y esos tirabuzones rubios y la broma cansina del vecino sueco que tuvimos alguna vez

Sophia Loren

Sophia Loren

Nacimos los cuatro hermanos en cuatro años y cuatro días en una época en que por no haber no había ni lavadora. La ropa se lavaba a mano y a nosotros en un barreño: del menor al mayor y después se echaría un poco más de jabón Lagarto y la ropa a remojo, por aquello de optimizar recursos. ¡Cuatro hijos en cuatro años! Y sin embargo, lo curioso del asunto es que aun así —¿cuántas posibilidades había?—, todos salieron guapos. Bueno, todos menos yo, quiero decir. O eso quería decir —y vaya que decía— nuestra madre, que fue la encargada de enseñarnos lo que era el mundo: lo que está bien y lo que está mal; lo que es bonito y lo que es feo. El mayor con su boquita exacta y aquel pelo negro igual al suyo. El mediano con la piel tan fina y esos tirabuzones rubios y la broma cansina del vecino sueco que tuvimos alguna vez. Pero también tuvo aquel pelo el primer hijo de mi abuela que murió a los pocos años y ya entonces te decían que Dios nos lo había vuelto a mandar. Y el pequeño, con aquellos ojazos, anda que no era guapo. Y luego estaba yo: la más fea de la casa. ¿A quién habría salido, tan fea, con lo guapa que era ella? Y te mostraba orgullosa alguna foto suya de niña con un lazo blanco en su pelo ondulado. O de jovencita, con el pelo ya cardado y aquellos vestidos de cintura de avispa que le daban aspecto de reloj de arena. «Mira aquí, ¿ves? Decían que me parecía a Sophia Loren». ¿Qué sucedió en aquella generación que todas se parecían a Sophia Loren, a Elizabeth Taylor o a Ava Gardner? Y qué huérfanos nos quedábamos los que habíamos nacido, casi por generación espontánea, sin ser réplicas de nadie, sin nadie que quisiera ser el espejo donde nos pudiéramos mirar.

Lo último en INF+

Compartir el artículo

stats