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Javier Fernández López

Militar. Profesor universitario. Escritor

El gobierno del mundo

Joe Biden.

Joe Biden.

En 1852 fue coronado emperador de Francia Napoleón III y como todos los de esa clase se puso a buscar imperio. Enredó en Crimea, en Luxemburgo, en Austria, en todo lugar donde creyó poder encontrar más dominios que incorporar a Francia. En 1870 seguía siendo emperador.

Los prusianos tenían como rey a Guillermo I por esos años. Y era su canciller Otto von Bismarck, que soñaba con la gran Alemania. Incidentes en los que se vieron envueltos con los franceses fueron varios y entre ellos el más grave tuvo que ver con España. Desde la salida de Isabel II del trono, por la revolución de septiembre de 1868, andábamos buscando rey. La candidatura del príncipe Leopoldo de Hollenzollen-Sigmaringen sentó muy mal al emperador francés, que soñaba con colocar a un compatriota en ese lugar. Un incidente diplomático, muy mal explicado por ambas partes, tal vez intencionadamente, sacó de sus casillas al sobrino de Napoleón Bonaparte que declaró la guerra. La alianza entre Prusia y el conglomerado de ducados, principados y demás, que también soñaban con la gran Alemania, aceptó con agrado el envite. La guerra, conocida como franco prusiana, de 1870/71, fue un paseo militar para unos y una derrota humillante para otros. Napoleón III fue encarcelado, se acabó el imperio y nació la república. Los orgullosos vencedores se unificaron y dieron nacimiento a su imperio, Segundo Reich, colocando como emperador a Guillermo I y lo hicieron en una ceremonia en el Palacio de Versalles, nada menos que en el símbolo de la pasada grandeza gala. Un gesto innecesario que fue sembrando odio en todos los franceses, presentes y futuros, hasta que encontraron la ocasión de vengar la afrenta.

Solo los muy despistados siguen creyendo que el atentado que acabó con la vida de Francisco Fernando, el heredero de la corona austrohúngara, fue el hecho que provocó la Gran Guerra, hoy conocida como la Primera Guerra Mundial. En realidad, solo fue la chispa que prendió en el abundante combustible que se venía acumulando desde 1871. El documento que formalizó el final de esta guerra se firmó, ¡cómo no!, en Versalles, escenificando los franceses que ese símbolo que en su día pretendieron arrebatarles los alemanes seguía estando en casa. El Tratado de Versalles, de 28 de junio de 1919, fue muy injusto con los derrotados, sembrando desde el primer día el odio suficiente como para que un lunático como Adolf Hitler pudiese conducir al Tercer Reich a la Segunda Guerra Mundial.

En 1871, tras la guerra franco-prusiana, nadie se tomó la molestia de intentar organizar algo así como un “gobierno mundial”. En 1919, finalizada la Gran Guerra, sí hubo una persona que quiso intentarlo, Woodrow Wilson, presidente de los EEUU, que consiguió introducir en el tratado citado la creación de una Sociedad de Naciones, organismo internacional dedicado a trabajar por la paz en el mundo. Nació con 42 países y llegó a tener 57, funcionando medianamente bien en sus diez primeros años, 1919-1929, pero tras la gran depresión nacida con el crash bursátil nada volvió a ser igual. La Segunda Guerra Mundial fue el ejemplo más evidente del fracaso de la SN, que formalmente se disolvió en abril de 1946, sin que hubiese un traspaso formal de documentación a la ONU.

El bienintencionado intento de construir un “gobierno mundial” tras la Gran Guerra y su estrepitoso fracaso no hicieron desistir a algunos líderes mundiales. El fallecimiento de Franklin D. Roosevelt, posiblemente el padre de la idea, no hizo desistir a otros mandatarios y así el 25 de abril de 1945 en San Francisco se celebró la conferencia inaugural de la Organización de Naciones Unidas que tomó naturaleza en junio cuando casi cincuenta estados ratificaron la carta fundacional. Uno de los hitos más importantes de esta organización fue la aprobación el 10 de diciembre de 1948, en París, de la Declaración de Derechos Humanos.

Afirmar que la ONU ha fracasado estrepitosamente es excesivo, pero no es descabellado sostener que no está siendo el organismo necesario para ese “gobierno del mundo”. No creo que su desaparición fuese la mejor decisión, pero sí sería razonable encontrarle algún complemento. Y dos son los posibles que se citan en este sentido: G-7 y G-20. Yo personalmente apostaría por este último, con una representación más plural y con un peso en el mundo muy notable, estadísticamente, con el 85% del PIB y el 65% de la población. Me gustaría pensar que el nuevo presidente estadounidense, Joe Biden, tiene entre sus proyectos el de reactivar este foro de debate y propuestas, así como su complementariedad con la ONU.

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