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Juan José Millas

Es la pandemia

Una consulta médica en una imagen de archivo.

Una consulta médica en una imagen de archivo.

  Mi madre decía “estoy de médicos” como el que dice “me has pillado haciendo la comida”. “Estar de médicos” constituía una obligación diaria. Yo espiaba mucho a mi madre cuando hablaba por teléfono con sus amigas o con sus hermanas. Eran conversaciones larguísimas, llenas de bucles de los que ni ella ni sus interlocutoras eran capaces de salir una vez que caían en ellos. Sus conversaciones me parecían ríos llenos de remolinos que no siempre lograban evitar y en los que daban vueltas diez o quince minutos hasta que salían despedidas hacia el siguiente. Cuando la interlocutora era mi abuela, las frases parecían cargadas de culpas: de las que se atribuía a sí misma y de las que responsabilizada a su progenitora. Mientras ella hablaba de pie, jugando con el cordón del teléfono, yo permanecía en el suelo, aparentemente abstraído en la lectura de un cuento. Mi madre me lanzaba de vez en cuando una mirada enigmática, como preguntándose: “¿Este idiota se enterará de lo que oye?”.

El idiota se enteraba de todo. Yo me he enterado de más cosas de las que he sido capaz de digerir. De hecho, algunas de aquella época siguen atascadas y enteras en el tracto digestivo de mi alma. Pero vamos a lo que íbamos: siempre había en aquellas conferencias telefónicas un momento en el que mi madre decía: “Es que estoy de médicos”. Y era cierto, estaba de médicos, nunca dejó de estar de médicos. Con frecuencia la acompañaba yo, que la veía salir de la consulta con gesto de decepción: tampoco esta vez le habían encontrado nada. Y no se lo encontraban, pienso ahora, porque lo que fuera que padeciese no se hallaba en el cuerpo. Hacia el final de su vida comenzó a somatizar en cantidades insólitas y entonces le encontraron de todo. Si me preguntáis de qué murió, os diré que murió “de todo”, pues no hubo patología que no recorriera sus entrañas. Pobre.

Yo paso temporadas en las que también “estoy de médicos”. Y también tengo que escuchar que no me pasa nada. Nada visible, al menos. El último especialista al que acudí, después de auscultarme y tomarme por rutina la tensión, me dijo:

-Es la pandemia. Nos está pasando factura a todos.

Llamaría a mi madre para contárselo, pero los muertos siempre comunican.

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