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Miguel Ángel Santos Guerra

Tú naciste pa ser mía

AMP.- Movimiento Feminista de Madrid adaptará sus concentraciones los días 7 y 8 de marzo para evitar la prohibición

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 El próximo lunes, día 8 de marzo, celebramos el Día Internacional de la Mujer. Un año más. A este paso, todavía nos quedan muchos años hasta alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres. Igualdad de oportunidades, de derechos, de dignidad, de trato. Hemos avanzado pero no lo hacemos a la velocidad deseada, ya que sigue habiendo víctimas mientras cerramos los ojos, detenemos la acción o negamos las evidencias. Es más, en algunos aspectos retrocedemos a marchas forzadas. Es decir, que caminamos como los cangrejos: hacia atrás. Avanzamos aceleradamente hacia la retaguardia.

Voy a centrarme en un caso de manifiesto y alarmante retroceso. Me refiero a la perniciosa influencia que ejerce sobre nuestra juventud (chicos y, sobre todo, chicas) un grupo de jóvenes cantantes, en su mayoría puertorriqueños, que están saturando el ambiente de canciones con letras, a mi juicio, deleznables. Cuando la juventud se extravía, retrocedemos aceleradamente para años y años. Es obvio que esos jóvenes y esas jóvenes, serán padres y madres con la responsabilidad de educar a sus hijos y a sus hijas. Me preocupa el ambiente de machismo, hedonismo, erotización, superficialidad, presentismo, chabacanería y relativismo moral que están generando y alimentado las letras de las canciones más oídas y repetidas del momento musical. Ahí están, inundando la atmósfera con sus mensajes y convirtiéndose en ídolos de la juventud, cantantes como Anuel AA, Ozuna, Arcángel, Bad Bunny, Farruko, Bryant Myers, Jon Z, Make Towers, Rauw Alejandro, Eladio Carrión, Lito Kirino… Y chicas como Becky G y Karol G que no se quedan atrás en sus provocativos mensajes. He leído no hace mucho que Bad Bunny es el cantante más oído del planeta. Para echarse a temblar y a llorar.

Buena parte del ideario de las nuevas generaciones está marcado por el entramado psicológico y sociológico del cancionero juvenil de estos raperos y traperos. Cancionero que tararea y se sabe de memoria una buena parte de nuestra juventud. De manera imperceptible o explícita estos ritmos pegadizos y estas letras indecentes van dejando su poso de ideas, actitudes y comportamientos en sus seguidores y seguidoras.

Son unas letras que voy a describir con ocho características, entre muchas otras, con las que se las puede identificar:

- Un machismo burdo y despreciable. Las letras de las canciones consideran a la mujer un objeto de usar y tirar. Se dice sin recato en la canción “Pa qué mentir”, de Lito Kirino: “No te hablo de amor, te hablo de fornicación”, “Solo te quiero para chingar”… Son letras, a mi juicio, ofensivas para la dignidad de la mujer. Son letras en las que se expresa sin ambages que la mujer es un simple objeto de placer. En algunas letras la mujer aparece como una posesión del varón: “Tú naciste pa ser mía”, se dice en una canción de Rauw Alejandro titulada “¿Hasta dónde?”. En otra del mismo autor, titulada “Dile a él”, se canta sin el menor remilgo: “Ahora soy el dueño de tu cuerpo”. En la canción “Dakiti”, de Bad Bunny y Jhay Cortez, se puede escuchar: “Tú mueves el culo fenomenal, pa yo devorarte como animal”.

- Un erotismo atrevido, casi pornográfico. El lenguaje aborda los temas relacionados con el sexo de una forma explícita y absolutamente falta de pudor. Por supuesto, casi siempre separado del amor. Los protagonistas no salen de la cama. “A tu amiga me la clavé”, se dice en la canción “Te boté”, obra de varios cantantes. “Me pide leche y en su boca se la doy”, se puede oír en la canción “Bebe Remix” de Anuel AA. Y, en la misma: “Le echo ma´ de cinco y me aguanta”. Los testimonios son interminables porque, además, se trata de autores prolíficos y reiterativos en los mensajes: En la canción “Dile a él”, se puede escuchar: “Soy yo el que te la mete ahora”. En la famosa canción “La Jeepeta” dice el rapero Bad Bunny: “A´ lao´ mío tengo una rubia que tiene grandes las tetas”.

- Una preocupante inmersión en el mundo de las drogas y del alcohol. Los cantantes hablan de consumir, de traficar y de beber. Es más, alardean de que beben y consumen. En la canción “Caramelo”, de Ozuna, se puede oír lo siguiente: “Nos emborrachamos y nos vamos al strip club”. Y Farruko rapea en su canción “Música”: “Que empezamos el fumeteo y ya mismo vamos al bellaqueo”.

- La superficialidad ante los grandes problemas de la persona y de la sociedad. Ni un tema profundo, ni un problema social, ni una mínima preocupación por las tragedias que nos afligen, por la justicia en el mundo, por lo calidad de la convivencia, por el drama del paro juvenil, por la esfera de los valores.

- El hedonismo como la máxima (mejor dicho la única) aspiración de la vida. La busca rápida e inmediata del placer, de la comodidad, de lo fácil, de lo agradable. Lo que importa es pasarlo bien. A costa de lo que sea. A costa de quien sea. “En el espejo te grababa mientras yo te daba”, dice Rauw Alejadro en “Pensándote”.

- La inmediatez del presente, de la urgencia, del ahora y del ya. Alguna vez he hablado de la generación del yo-yo y del ya-ya. Y este tipo de letras alimenta esta filosofía de la vida.

- El relativismo moral. Para conseguir lo que se pretende vale todo. No hay reglas morales, no hay normas, no hay límites que impidan la búsqueda del placer o la utilización de los otros, especialmente de las mujeres.

- El lenguaje es vulgar (“Pa´l carajo te mandé”, es la forma de expresar una ruptura), poco cuidado, poco elegante. Con mala pronunciación. Con errores lingüísticos de bulto (“a donde voy todo me acuerda de ti”, se dice en la citada canción “Te boté”; “Tú tienes claro de que todo el que la hace la paga”, se oye en la canción “Girl” de Myke Towers). Las frecuentes rimas son infantiles y casi ridículas: gato, bachillerato; bellaqueo, feo; respondo, hondo, fondo; dura, cura, altura, jura… El estilo es pedestre y poco culto.

Lo que más me preocupa es que las chicas no se rebelen contra ese trato (maltrato) psicológico y físico, que lo vean normal, que lo consideren aceptable porque “todo el mundo oye esas canciones”, porque “a todas y a todos les encantan”, “porque se escuchan en todos los sitios y a todas las horas”. Conozco chicas estupendas que se saben de memoria estas canciones, que consideran inaceptables las letras pero que dicen estar solo pendientes del ritmo y de la melodía. Una burda trampa. Porque las letras van calando.

No es que me parezca bien que los jóvenes varones acepten esta filosofía de la vida, esta forma de pensar y de sentir, ya que todos debemos ser feministas, hombres y mujeres. Todos y todas debemos defender la causa de la justicia y de la igualdad. Pero me parece mucho más inquietante que las víctimas se sientan confortables en su papel de víctimas. Lo he repetido muchas veces: no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.

Me sorprende que este tipo de música (no soy un experto musical, pero a mí no me gustan nada estos ritmos machacones) y este contenido de las letras circule con facilidad por redes, discotecas y emisoras. Pienso en el esfuerzo de escuelas y familias para ofrecer unos criterios de actuación en la vida. ¿Cómo competir con estas influencias sibilinas, insidiosas, persistentes? ¿Cómo contrarrestar esa persistente incitación a la molicie, al sexo fácil, a las relaciones interpersonales indiscriminadas, a la falta de control en el consumo de drogas y de alcohol, a la consideración de la mujer como un objeto?

Ya sé que hay jóvenes de ambos sexos que detestan estas canciones, que conocen el falso hechizo de los textos, que repudian un estilo de vida basado en la búsqueda de sensaciones fuertes, que viven su adolescencia comprometidos con causas altruistas, sabedores de que el mundo no gira sobre su propio ombligo. Pero hay una buena parte de los jóvenes y las jóvenes de hoy que se entregan a esa mística del hedonismo y del relativismo moral sin la menor resistencia.

No sé qué se puede hacer ante esta invasión musical, ante esta colonización afectiva. Me refiero al ámbito público. Porque creo que no se puede aceptar todo tipo de mensajes al abrigo de la libertad de expresión. Tampoco sé qué se puede hacer para persuadir a nuestros hijos e hijas y alumnos y alumnas de lo pernicioso que es este tipo de mensajes, salvo pedirles que afinen su sentido crítico ante lo que oyen y lo que bailan.

Y me preocupa especialmente que tantos días, años y siglos de esfuerzo, de superación de la desigualdad, de lucha incansable por los derechos de la mujer, se estrellen ante esta machacona y empobrecedora carga de mensajes.

Me imagino a mis admiradas Amparo Tomé, Amelia Valcárcel, Elena Simón, Marina Subirats… escuchando estas obscenidades. Imagino su dolor, su indignación, su decepción y su tristeza. Tantos esfuerzos, tantos escritos, tanta lucha, para ver a una buena parte de nuestra juventud entregada a esta perversa mística machista.

Me duele que tantas horas de reflexión, de estudio, de esfuerzo, de enseñanza paciente en las aulas se pierdan al compás de estos sones y al hilo de estas letras tan burdas, tan poco cultas, tan poco inspiradas, tan faltas de respeto a la dignidad de la mujer. Algo tendremos que hacer más allá de la decepción, la irritación y la tristeza.

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