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Pilar Ruiz Costa

Un pasito p’alante, María

Ricky Martin, en una imagen de archivo.

Ricky Martin, en una imagen de archivo.

La mañana después de que los británicos votaran a favor del Brexit por una mísera diferencia de un 51,9% frente al 48,1%, lo que más buscaron en Google fue: “¿Qué significa abandonar la Unión Europea?”, “¿Qué es la Unión Europea?”. Y ya después, con la libra caída a niveles de 1985, las Bolsas perdiendo billones y la estampida de empresas que querían seguir conectadas al planeta, Google echaba humo: “¿Cómo obtener el pasaporte irlandés?”, “¿Cómo mudarse a Gibraltar?” y millones de votantes arrepentidos pedían repetir el referéndum. Y es que a menudo el orden de los factores vaya que altera el producto. Y sí, para votar basta con ser un ciudadano identificado. Nada más. No te piden un psicotécnico, una prueba de alcoholemia, ni tan siquiera demostrar el más leve conocimiento sobre lo que sumas a la urna. Y una marabunta de —por ejemplo en este caso— británicos votaba como protesta, porque estaba malinformada, pero en absoluto porque quisieran ‘ganar’. Es otro gran riesgo inherente a ver la vida transcurrir desde la comodidad de nuestro sofá: esa sensación de que, cada uno de los privilegios que tenemos, es inamovible y no, no lo es. Que se puede tardar un mundo en dar un pasito p’alante, María y lo que dura echar un sobre en una urna —por ejemplo— en dar un pasito p’atrás.

Pero de desandar también sabemos los españoles un rato, no vayan a pensar. Se cumplen este año 90 de que se aprobara el derecho al sufragio femenino en España. Era apenas uno de los derechos recogidos en la Constitución de la Segunda República de 1931, como la igualdad con respecto al hombre, su acceso al mundo político, el derecho al aborto o la ley de divorcio. Pero no nos duraron 90 años, qué va. El golpe de estado del 36 y el alzamiento de la dictadura franquista arrancó de raíz cualquier atisbo de igualdad. La nueva legislación prohibió el voto, el divorcio y el matrimonio civil con carácter retroactivo. Se prohibió el aborto y la fabricación y consumo de cualquier método anticonceptivo. El deporte pasó a ser una serie de prácticas para mantener el cuerpo femenino óptimo para la reproducción, pero se acabaron los deportes que requerían de fuerza física o contacto como fútbol, waterpolo, lucha o remo. Se separaron las aulas de niños y niñas para que desde temprana edad aprendieran su labor en el mundo y aunque se legisló para apartar a la mujer casada del mundo laboral, la expansión industrial y la masacre de varones discrepantes obligó a recurrir a la mano de obra femenina -mucho más barata- excluyéndola, eso sí, del ámbito público, legislativo y de la política.

Poco importaba que fuera de esta ratonera la Carta de las Naciones Unidas en 1945 marcara el principio de igualdad de oportunidades; que en 1948 se aprobara la Declaración Universal de Derechos Humanos con la no discriminación como uno de los derechos fundamentales, en España, la guerra civil la habían perdido todas las mujeres. Hizo falta la muerte del dictador en 1975 para que la máquina de la igualdad española se pusiera en marcha de nuevo. De una manera casi premonitoria, la ONU lo declaró el Año Internacional de la Mujer. Pero de estos barros llegaron estos lodos. Todas somos cuanto menos hijas o nietas de esa generación de mujeres que pasaron 40 años relegadas a productoras y reproductoras por obra y gracia del gobierno de turno. Juntas heredamos este mundo que supura misoginia.

Y aunque es fácil pensar que ninguno de estos derechos robados y reconquistados puede esfumarse con un Brexit machista, debemos prestar atención a algunas de las propuestas de nuestros candidatos a gobernantes: Vox pretende desmantelar la Ley que sirve de red de protección a las víctimas de la violencia de género, a la que tilda de «organismos feministas radicales subvencionados». También pide implantar un PIN Parental para cualquier actividad relativa a educación sexual o feminista. El PP defiende la derogación de la Ley del Aborto para recuperar la de 1985. Vox pretende eliminarla completamente y plantea la adopción si la madre “no puede hacerse cargo, en embarazos no deseados o fruto de una violación”, en lo que plantea como ‘Ley de Adopción Nacional’ y en defensa de la ‘familia natural’; esto es: formada por un matrimonio heterosexual. Ciudadanos aspira a una ‘Ley de Gestación Subrogada’ o la posibilidad de que se pueda contratar un vientre de alquiler.

Por eso, para asegurarnos de que ninguna mañana despertaremos mirando en Google qué cojones hemos votado, a cada discurso de regusto añejo, a cada “ni machista ni feminista” del camino, tocará tirar de memoria. Por todas. También por las no españolas, las no blancas, las que viven atadas a la cama de un burdel, las que venden hasta a sus hijos, las que por no tener no tienen ni voz. Tocará recordar lo ganado y lo perdido. El carísimo precio que pagaron otras para que podamos votar, estudiar, casarnos, divorciarnos, tener hijos —o no—… Les debemos mil pasitos p’alante y ningún pasito p’atrás.

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