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Mauri

Lluís Mauri

Periodista

El abrazo de oso de Puigdemont

Más allá de la ligera permuta entre ERC y JxCat, la nueva legislatura catalana puede ser un espejo desportillado de la anterior

Puigdemont, en una imagen de archivo.

Puigdemont, en una imagen de archivo.

Si las mariposas pueden sufrir miopía, perder el sentido de la orientación y dejarse guiar por impulsos suicidas, entonces una mariposa aleteó en Murcia, un vendaval colérico barrió Madrid y la brisa se petrificó en Catalunya. Antes del alocado aleteo murciano, el Gobierno de Sánchez enfrentaba dos desafíos coyunturales de magnitud colosal: la crisis sanitaria (encomendada a la vacunación) y la crisis económica (encomendad al plan europeo de ayudas). Había un tercer desafío, este estructural, añejo: la herida catalana.

Sánchez tiene en su poder el comodín presupuestario, que le garantiza la legislatura entera, y contaba a priori con un porvenir razonablemente sosegado de dos años sin oscilaciones electorales de importancia. La circunstancia era propicia para lograr algunos avances en el tablero catalán: diálogo bilateral, indultos, reforma del delito de sedición en el código penal.

Pero el huracán madrileño ha acelerado el tiempo histórico en España y lo ha detenido en Catalunya. Sánchez no arriesgará ni un triste peón en el conflicto catalán mientras el vendaval madrileño no amaine. Ahora mismo, Madrid absorbe y concentra las energías y los focos políticos y mediáticos; ese Madrid encendido encarna hoy a España con toda su vehemencia.

El periodismo no puede competir con la emoción en las redes. Lo dice Bruno Patino en una entrevista con Carles Planas en este diario. La de Patino es una voz autorizada: director de la Escuela de Periodismo del selecto Sciences Po Paris, presidente del canal cultural Arte France y expresidente del periódico Le Monde. El aserto de Patino suena a maldición, sin duda, pero bajo la aspereza de la primera lectura subyace un destello de esperanza, un hálito redentor. Quizás la redención del periodismo esté precisamente ahí, en hallar la fuerza para resistirse a la turbia corriente del torrente emocional y hacer valer su voluntad racional y empírica.

Resistirse al torrente emocional, a la pegajosa tentación de la épica, esa que empuja estos días a sacralizar o demonizar en los papeles lo que no son sino movimientos políticos más dictados por la necesidad perentoria que por una sofisticada planificación política. «La gente cree que actuamos siguiendo planes muy estudiados, pero lo único que hacemos es vivir al día», resume un dirigente de ese partido en ruinas que es Ciudadanos tras el aleteo murciano.

En la Catalunya petrificada también se vive al día. ERC no logró despegarse de JxCat el 14-F y, pese a los esfuerzos de un sector minoritario del partido, no habrá cambio, cambio con mayúscula, se entiende. El huracán madrileño ha detenido el tiempo del diálogo. Esquerra no va a poder levantar a corto plazo ningún triunfo derivado de su giro pragmático. Esto multiplica su vulnerabilidad al abrazo de oso de Puigdemont, que la arrastra fuera de la zona de entendimiento con el Gobierno. Más allá de la ligera permuta entre ERC y JxCat, la nueva legislatura catalana puede ser un espejo desportillado de la anterior.

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