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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

Camarote marxista o libertad

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Dudaba Astrazeneca entre irse a tomar unas copas de testosterona con Pfizer o llamar a Jansenn para arrearse una dosis en Abu Dabi, cuando se abrió la puerta del camarote y entró Cantó, vestido de picador, con caballo y todo, declamando: “¿quién me presta una escalera para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?”. Como Moción de Censura, Disolución Anticipada, Bárcenas y otros constitucionalistas de extremo centro le miraron extrañados, les aclaró: “estoy haciendo prácticas de cristianismo popular, porque calculo que mi paso por el PP será breve y Vox es muy mirado para estas cosas”. Arrimadas se puso a llorar y fue atendida por Ayuso: “Sé libre, una y grande”. Arrimadas dijo: “No lloro por mí, sino por sus pecados, porque gente más limpia y bien peinada que en Ciudadanos no va a encontrar nunca, el pobre”. Y apostilló: “Ya no compro en Amazon”. Ayuso le sugirió hacerse feminista amazónica. Y así todo el rato, en elevada conversación anduvieron. Hasta que los magistrados de los TSJs de la patria se pusieron perplejos como si fueran el mismísimo Estado de Derecho. Por romper el impasse, Errejón le preguntó a Joan Laporta si lo habían publicado ya en el BOE. Laporta pidió unos huevos duros.

Y en estas que llega Pedro Sánchez con reliquias de Azaña, Macron y Gabilondo el Serio. Y unas Primarias. Jovial, preguntó: “¿Hay algún problema por aquí?”. El doctor Simón opinó que no, pero Pablo Iglesias, dando un salto, se aupó a una encuesta y formuló una frase larga, como de 12 episodios. Cantó entonó “A las barricadas”, aclarando “que es que creo que ya me estoy dando la vuelta”. Astrazeneca no daba crédito ni casi vacunas. En esas apareció Ximo Puig: “¿Es aquí donde se hacen anuncios?”. Mónica Oltra le comentó que la Portavoz era ella y que traía las cifras de la dependencia. Pzifer silbó en valenciano con exquisito requisito lingüístico. El presidente de Murcia, al que Dios y la Universidad Católica guarden muchos años, ingresó dando un portazo y berreando: “¿Alguien ve a Ayuso, que le traigo unas aleluyas?”. El alcalde de Madrid, airoso, contestó: “Creo que está encima de mí y que me está confinando. Pero no estoy seguro.” Ayuso emergió: “Abrid paso, que conmigo viene España dentro de España, el rompeolas de todas las Españas, la España Eterna, la cañí y Madrid que es más magna que todas las Españas del mundo. Amén.” Y exigió que el TSJ y el Consejo General del Poder Judicial le sentenciaran unos huevos duros.

Como ascendiendo desde el fondo de los mares, un estruendo se abrió paso. Franca la puerta, pudo comprobarse que eran las patronales de hoteles, albergues, pensiones, hostales, hosterías, apartamentos, comedores, merenderos, cenadores, cafeterías, casas de comidas, bares, cantinas, tascas, tabernas, mesones, bodegas, beaterios, refectorios, discotecas, pubs, paellas gigantes, barras móviles, whiskerías, cafés cantantes, tugurios y Cofradías de la Santa Cena. Rodeados de un coro de querubines-estrellasmichelín, se habían ataviado de tuna compostelana y de batucada progresista para reivindicar sus justos derechos, que se sintetizaban en la entrega inmediata del montante íntegro de los Presupuestos Generales del Estado. Jansenn les pidió una dosis. Y en estas aparece el Rey Emérito montado en elefante guiado por un inspector de Hacienda. Ayuso y Abascal profirieron gritos patrióticos tan intensos que casi consiguen ahogar la protesta, produciéndose el consiguiente enredo del que, finalmente, Corinna, supo despegarse; no sin advertir: “Creo que me presento a las Elecciones”. Casado aprovechó para pedirle un préstamo: “Es que estamos en plena cosecha de honestos liberales y no sabes a cómo va el kilo de honestidad liberal, que ni vendiendo Génova llegamos”. Pablo Iglesias les propuso una coalición antiborbónica, Arrimadas le dijo que todo se andaría, “compañero”. Pablo matizó: “Puedes llamarme Vicepresidente Emérito, Ministro Consorte y El Campechano de Vallekas”. Y Valls se propuso para presentarse para Alcalde de La Nucía. El Rey Emérito pidió 60 millones de huevos por regularizarse en una cifra, que si no se lía, tiene que llamar a Froilán para echar cuentas y el Rey se enfada.

Ximo Puig eligió ese momento para Anunciar -una aplicación digital para poder anticipar las Elecciones Anticipadas, al parecer-. Pero en entrando el Rey de Ahora, calló. El Rey de Ahora tampoco es que dijera nada, pero una vez que estaba a bordo, y dada la singular querencia náutica de su familia, decidió quedarse para nadar y guardar la ropa. Quien habló, serio y pausado, como es y debe ser, fue el presidente de Galicia: “No sé, no sé, más o menos”, vino a decir. Y Gabilondo le abrazó. Porque a él le gusta la gente ilustrada como Cifuentes. “¿Te olvidas de mí?”, preguntó Casado. “Nunca podría”, respondió Cantó, que se había hecho con iconos de D. Manuel Fraga y de Rivera y trataba de pasearlos entre los congregados, todos equipados con las pertinentes mascarillas, menos el elefante emérito. Abascal reveló que era el momento de afiliarse a Ciudadanos, el único partido en el que sería posible conservar la distancia de seguridad. A lo que Cantó apostilló que él se apuntaba a Ciudadanos, no fuera a ser que llegara tarde y se quedara sin cargo. Baldoví pidió un finançament just para la Comunitat y para Murcia. “¿Para Murcia también, hombre?”, le espetó Sánchez. “Por si acaso”, le dijo Baldo, digno y enigmático. “¿Por si acaso qué?”, le contestó Arrimadas, entre lágrimas. Baldo demandó un 15% de huevos duros.

Furtivamente, entraron Puigdemont y Junqueras dándose de mamporros y suplicando: “Unitat per la Patria¡” mientras repartían lazos amarillos. Ayuso advirtió: “¡¡Extremistas¡¡”, corriendo en su socorro Aznar con una milicia de las Azores y con Cantó, recién afiliado a un partido portugués en vista de las miserias del sistema político español. Mónica Oltra preguntole a Aznar: por las cifras de la dependencia en las Azores. No le hizo caso porque estaba pidiéndole un puro a Rajoy, que había presentado una moción de censura a Merkel por lo de Kitchen. Escapando de un tal Teodoro, que no paraba de escupir huesos de aceituna, Errejón, leído, aunque con las gafas empañadas, comentó: “¿No me digáis que esto no parece el camarote de los Hermanos Marx?”. Y Ayuso, tras solicitar una escalera para subir a hombros del Alcalde de Madrid y de Cantó, hecha mayormente una furia, apostrofó: “¡Comunistas!”. E inmediatamente: “¡Libertad!”. La espuma que le resbaló por las fauces ejerció tal presión que la puerta se abrió de golpe y todos y todas se desbordaron y arrollaron al ciudadano que traía los huevos duros, que descubrió los peligros de una libertad estrechamente concebida.

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