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Mauri

Lluís Mauri

Periodista

Testimonio de un policía

Archivo - Dos mossos d'Esquadra

En la escalera de vecinos donde crecí, en un barrio obrero de Barcelona, vivía un gris. Un agente de la Policía Armada del franquismo. Era un hombre alto, de cabello cano pese a su juventud y muy reservado.

Los vecinos, todos trabajadores jóvenes, muchos de ellos antifranquistas y algunos militantes clandestinos, no se llevaban con el gris. En mi adolescencia, solía imaginarlo con rabia dando porrazos en las manifestaciones o guantazos en un calabozo de Via Laietana. En realidad, nunca supe cuál era el trabajo concreto del policía de mi escalera.

Muchos años más tarde, tuve una noticia del gris. La gran nevada de la Navidad de 1962 pilló a mi padre en cama con una fiebre altísima. Vivíamos en un piso minúsculo, pero con una gran terraza. Esta se colmó de nieve hasta el filo del antepecho y amenazaba con hundirse. El primer vecino que llegó con una pala para ayudar a echar la nieve a la calle, recordaba mi padre, fue el policía. Eso no cambió las cosas. Los vecinos seguimos sin llevarnos con él.

Las ideas preconcebidas, bajo su aparente solidez, inducen en ocasiones al desconcierto. Unas veces, incomodan; otras, confunden; otras más, traicionan.

En 2010 o 2011 conocí a otro policía, un mosso, que me descolocó. La compañera del diario que cubría los sucesos me lo presentó en un almuerzo. Al salir del restaurante, el mosso se ofreció a acercarnos a la redacción. Al sentarme en su coche, hube de apartar un cedé del asiento: Unicornio, de Silvio Rodríguez. Mi unicornio azul / ayer se me perdió... Ay, las ideas preconcebidas. La situación me alegró. Oír aquella canción en aquel coche se me antojó una metáfora de la transformación del país.

Dos o tres años después volví a ver al policía del cedé. Se esforzaba en desacreditar a los testigos de la muerte de un ciudadano golpeado en plena calle por una patrulla de los Mossos. Más adelante, en 2017, el mismo mosso, uniforme, galones máximos y arma al cinto, compareció en una rueda de prensa y señaló amenazadoramente a dos periodistas de este diario por haber publicado una información al parecer inconveniente para el Gobierno catalán y su policía. Cómo pueden llegar a enredar las ideas preconcebidas.

Esta semana, otro policía ha testificado en el Congreso. Un testimonio inquietante. Manuel Morocho, el agente que investigó la trama Gürtel y la caja b del PP, ha relatado las trabas que opuso a su trabajo la cúpula policial del Ejecutivo de Rajoy. Asqueado e impotente, acabó abandonando la brigada anticorrupción por un destino insípido en el puesto fronterizo de Canfranc. Con todo, lo más grave es que el relato de Morocho no se circunscribe al pasado: denuncia que las cosas siguen más o menos igual con el Gobierno de Sánchez.

Las ideas preconcebidas tienen una capacidad de enredar infinita. Ni las suposiciones ni las lógicas aparentes tienen valor; solo cuentan los hechos. Ante una denuncia de tal peso e importancia (los lobos cuidando de los corderos) solo cabe una respuesta, y urgente: investigar y, en su caso, depurar la cúpula policial.

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