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Transfuguismo y demagogia

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Diaz Ayuso,  y Toni Cantó.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Diaz Ayuso, y Toni Cantó.

Hace ya algunos años Esperanza Aguirre salvó los muebles, por eso gobernó Madrid, por el famoso y triste “tamayazo”, término ya instalado en nuestro argot político cuando dos escaños del PSOE de Madrid se vendieron, y si no lo hicieron no dieron explicaciones razonables, a las ofertas del oro y el moro del PP madrileño. El caso es que estos diputados, hombre y mujer, que se presentaron en las listas electorales bajo las siglas del Partido Socialista, cambiaron misteriosamente de opinión y votaron la candidatura de la derecha. Casi ha ocurrido lo mismo en la Región de Murcia, pues diputados de Ciudadanos que habían firmado un documento a favor de una moción de censura, se arrepienten extrañamente al día siguiente y votan al candidato del PP. Así pasó con tránsfugas de Vox que, acogiéndose a la impunidad del grupo mixto, arremetieron contra su antiguo partido, pero sin renunciar al acta, y fueron nombrados consejeros.

Las mismas líneas rojas y fronterizas de las crónicas puertas giratorias, deberían estar prohibidas por ley parlamentaria, sucede desde el inicio de esta era democrática: el transfuguismo político. Las puertas giratorias han sido aprovechadas por ministros del gobierno central, de consejeros autonómicos, de directores generales y por algunos ediles de ayuntamientos para acabar militando en empresas privadas tras sus favores públicos. Los patrocinios y recomendaciones, las adjudicaciones lícitas pero sospechosas, siempre han tenido premio. Y por los servicios prestados está siempre el recurso último de aterrizar en el Senado o en las Diputaciones Provinciales, como asesor de cualquier cosa, o como director de una empresa semipública. Jamás ninguna compañía privada debería fichar a político alguno, que haya tenido relación directa en concursos y acreditaciones, hasta pasados unos años. Por Ley y para evitar tentaciones y sospechas.

El transfuguismo igualmente debería estar penalizado. Cualquiera se presenta en una lista electoral, por vocación, devoción o interés personal. Pero se recluta bajo unas siglas, un logo, un paraguas político, no siendo listas abiertas, que entiendo que en elecciones municipales debería ser así, -porque casi todo el mundo se conoce-; son listas cerradas. Por lo tanto, si un mal día alguien siente que se ha equivocado, lo lógico y normal es dimitir. Y renunciar lleva consigo el Acta, debiendo sustituirle otra persona adscrita a ese mismo listado. Cambiándose de club político sin dejar las cartas y los honores que conlleva es de muy mal gusto y lo primero que piensa su votante es que el objetivo es su propio beneficio, no el interés general; y luego que la política, como aliciente colectivo, le importa un pepino. O lo mismo quizá se permita para magnificar la apatía, el desencanto, la desmovilización, el absentismo electoral.

Ahora, en las elecciones del cuatro de mayo en Madrid, se representan estos dos mismos escenarios: el transfuguismo y las puertas giratorias. Toni Cantó, sin estar empadronado en Madrid, se presenta bajo las siglas del PP, cuando hace dos días era el jefe de Ciudadanos en Valencia; Pablo Iglesias decide abandonar la vicepresidencia del gobierno para salvar a Unidas Podemos en la capital; Edmundo Bal recoge la bandera de un defenestrado Ignacio Aguado para supervivir con C´s y Ángel Gabilondo repite como candidato del PSOE después de repetidos fracasos. Ayuso quiere captar el voto perdido de Ciudadanos y Gabilondo buscando el centro. Una quiere alejarse en sus mensajes de Vox, el otro de Unidas Podemos. Buscan el espacio del centro huyendo de los extremos. Demagogia pura y dura. Cuando llegue el momento y si les hace falta, la una abrazará a Monasterio y el otro dormirá con Iglesias. Vaya ironía religiosa.

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