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Juan Carlos Padilla Estrada

La incomprendida levedad de la bisagra

Los cambios evolutivos del señor Cantó son poco comprensibles por los electores

Toni Canto en precampaña con Isabel Díaz Ayuso. | KIKO HUESCA

Toni Canto en precampaña con Isabel Díaz Ayuso. | KIKO HUESCA

Leo a Toni Cantó. Partamos de un apriorismo: me parece un tipo ingenioso, un buen comunicador y un polemista más que notable.

Conozco su biografía: participó en la fundación de UPyD, posteriormente se marchó a Ciudadanos, ha ejercido como portavoz parlamentario de ese grupo en las Cortes Valencianas hasta ahora y ha protagonizado una espantá tras las decisiones de su partido en relación a las mociones de censura de Murcia, lo que él interpreta como un cambio de postura. Ahora se presenta a las elecciones madrileñas en las listas del PP, pero perteneciendo a Ciudadanos. Esto es lo peor de todo, lo más incomprensible. No se puede estar en misa y repicando.

Los cambios evolutivos del señor Cantó son poco comprensibles por los electores. Pero probablemente están justificados por la personalidad del sujeto y, sobre todo, por la naturaleza ideológica de su partido.

Estamos hablando de un partido nacido para acabar con el bipartidismo, en un país polarizado hasta extremos increíbles, capaz de pactar con los dos grandes bloques ideológicos existentes hasta hace pocos años en España. Un partido de vocación liberal y tan necesario como difícil de articular. Porque esto supone recoger la dilapidada herencia de la UCD de la transición y erigirse como fiel de una improbable balanza en la que PSOE por un lado y PP por el otro, intentan despedazarlo a dentelladas. Y eso supone tener que pactar unas veces con Dios y otras con el diablo, sin que se pueda prefijar quién es quién en cada momento. Porque a todos los que escuchamos nuestra alma liberal nos repugna a veces uno u otro extremo del espectro político. Por poner un ejemplo actual: nada puede haber más alejado del espíritu liberal que el gobierno del señor Sánchez con Podemos y los partidos independentistas. En otros momentos de la historia o en otros lugares de nuestro país es posible que lo alejado del centrismo liberal provenga de un PP seducido a medias por la extrema derecha de Vox.

Por eso es necesario un partido bisagra, tampón de excesos y extremismos. Y Ciudadanos nació con esa vocación.

Cierto que se han cometido errores, que quizá sus fundadores interpretaron mayor potencia política de la que tenían en el momento de su acmé, tan seguro como difícil para ciertos electores es el aceptar que su voto -inicialmente dirigido en una dirección- acabe en la opuesta.

Les voy a poner un ejemplo: Y nada nos hubiera molestado más Muchos de los que votamos a Ciudadanos en 2019 lo hicimos con la ilusión de que ocuparan un espacio moderado de centro derecha que nuestros votos hubieran acabado apoyando a Pedro Sánchez, alias el trolas. Pero viendo la evolución de los acontecimientos, muchos pensamos que aquella solución hubiera sido mejor que este engendro entre socialistas, podemitas, independentistas, postbatasunos y chupones varios.

Porque en otros países europeos, con otras tradiciones, los partidos bisagra ejerce una importante función de estabilidad y mediación, permitiendo coaliciones, mesurando extremismos y brindando apoyos que eviten, como sucede en nuestro país, que participen en el gobierno partidos que se autodefinen como destructores del sistema actual.

Quizás sea ese el reto de un partido centrista bisagra, tal vez sea posible aún que Ciudadanos pueda ejercer esa función y quizá para ello necesite personas como Toni Cantó. A quien hay que escuchar con atención antes de descalificarlo.

Pero, eso sí, amigo Cantó, no se puede ir en las listas del PP y seguir perteneciendo a Ciudadanos; no se puede decir hoy “me retiro de la política, la única oferta que tengo es para hacer una serie” y mañana “me presento a las elecciones madrileñas con quien era mi adversario hasta ayer sin dejar mi actual partido”.

Hay cosas que no entendería ni el propio Lorenzo de Médici.

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