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Gerardo Muñoz

La hermana menor de la muerte: la familia del rubio

Barcos, en aguas de Tabarca. información

Barcos, en aguas de Tabarca. información

Modesto Bosch Vasallo era hijo de un incesto. Lo supo cuando tenía 12 años. Su madre, Carmen, lo entregó pocos días después de nacer a un matrimonio muy rico que no tenía hijos, obligada por su padre, un viudo borracho, violento y sin oficio que abusaba de ella desde que era niña.

Modesto Bosch Paravicino y Alfredita Vasallo Canicia bautizaron y registraron al niño como hijo propio el lunes 5 de abril de 1915. La pretensión de ambos era no decirle nunca que era adoptado.

Modesto, el padre, poseía una naviera, era de carácter taciturno y, a pesar de la ligera cojera que sufría desde muy joven, le gustaba pasear por el jardín de su mansión, situada en medio de una extensa finca que había cerca del mar, en el linde de Alicante y El Campello, comprendida ya en el término municipal de este pueblo y conocida con el nombre de Semíramis. Alfredita era una mujer muy inteligente, aconsejaba sabia y discretamente a su marido, era amante de las rosas y su carácter lucía en la superficie candoroso y sencillo, tan columbino como las palomas que gustaba criar, aunque en el fondo era firme y resolutivo. Cuando adoptaron al niño, Modesto tenía 56 años y Alfredita, 32. Ambos le quisieron mucho, pero su crianza estuvo a cargo de una nodriza, Dorotea.

En la primavera de 1927, la madre biológica de Modesto apareció de improviso en la finca de la familia Bosch-Vasallo, para reclamarle. Liberada del yugo paterno gracias a la parca, Carmen no había cumplido aún los 30, pero su aspecto envejecido por culpa de una vida repleta de sufrimiento, de hambre, de vejaciones y de palizas, le daban la apariencia de una anciana. Modesto y Alfredita se negaron a entregarle al niño, que ya tenía 12 años, y trataron de impedir incluso que hablara con él, pero no lo consiguieron porque una tarde Carmen se coló en el colegio al que iba el niño e intentó convencerle para que huyera con ella, contándole que era su verdadera madre. Fue descubierta por unos profesores y expulsada del colegio. A partir de entonces, Modesto y Alfredita tomaron medidas para impedir que Carmen pudiese repetir la intentona. Tuvieron éxito. Desesperada, Carmen se introdujo una mañana en la finca Semíramis, pero al no conseguir acceder a su hijo, se suicidó cortándose una carótida con una cuchilla en el jardín, en medio de un parterre en el que crecían rosales y anémonas de flores blancas, muchas de las cuales se tornaron rojas.

Modesto creció siendo un adolescente y joven atractivo, a pesar de las orejas de soplillo que le acomplejaban. Alto, rubio y de ojos verdes, recibió por sus amigos el apodo de El Rubio. También le llamaban así sus camaradas de la Falange, organización a la que se afilió cuando estaba a punto de cumplir 18 años.

Modesto Bosch Paravicino envejeció y enfermó de gravedad, pero tardó en morir porque su esposa rezaba mucho por él y le suministraba hechizos y brebajes que le proporcionaban herbolarios y curanderos; así al menos pensaba su hijo. Falleció en 1954, a la edad de 95 años.

Modesto Bosch Vasallo tenía 39 años cuando murió su padre, hacía una década que se había casado con Eva Laussat, quien había heredado una importante fundición, y tenía dos hijas: Neus, más conocida por el diminutivo Neusica, nacida en 1946, y Ana Nicoleta, que nació en 1950, casi al mismo tiempo que fallecía su madre.

Para Modesto fue un alivio enviudar. Eva era hermosa, rica y le gustaban los lirios, pero también vengativa y tenía mal genio. Murió maldiciéndole y dejándole el control completo de la fundición, que no tardó en vender a un buen precio.

Barcos, en aguas de Tabarca. información

Aunque llevaba trabajando 20 años en la naviera de su padre cuando este murió, no heredó la dirección de la misma, ya que se hizo cargo su madre. Alfredita conocía muy bien los entresijos de la empresa porque llevaba muchos años asesorando en la sombra a su marido. Era además elocuente y persuasiva, supo rodearse de buenos y leales colaboradores y logró incrementar rápidamente los beneficios de la naviera. También tuvo tiempo para ganar varios trofeos nacionales e internacionales de colombofilia y ampliar los jardines de Semíramis, haciendo construir maravillosas terrazas superpuestas, con pórticos y galerías, y comprando bellas fuentes y estatuas que fueron distribuidas por toda la finca, bajo el asesoramiento de Anatolio, el jardinero más veterano de Semíramis, a quien todo el mundo llamaba Tolio.

A Modesto no le importó en un principio que su madre se encargase de la dirección de la naviera porque él había ganado mucho dinero con la venta de la fundición y porque llevaba ya unos cuantos años dedicándose en secreto a un negocio muy rentable, aprovechando su conocimiento del tráfico marítimo: el estraperlo. Además, inspirado en un versículo del evangelio de Mateo, daba siempre al que pedía, no negándole nunca un préstamo. Un préstamo a un interés ventajoso, naturalmente; y si acaso algún cliente tardaba o no podía devolvérselo, no se desesperaba, sino que seguía ayudándole, engordando la deuda, no en balde un buen prestamista, como un buen pastor, esquila sus ovejas, pero no las devora.

No obstante, poco a poco, Modesto empezó a desear cada vez con más anhelo el control de la naviera. Bajo su dirección, las flotas mercante y pesquera de la empresa le servirían para multiplicar sus beneficios ilegales y acabaría de una vez por todas con la fuerte competencia de organizaciones clandestinas rivales, especialmente la mandada por Simón Alcaraz, a quien le gustaba llamarse Jefe Simón. Modesto le conocía desde la adolescencia. Ambos habían sido amigos en su juventud y camaradas de Falange, pero ahora se hallaban en trincheras opuestas: Simón dirigiendo con descaro una importante banda de malhechores y él maniobrando en la sombra, guiando a través de un testaferro a grupos de marineros, transportistas y comerciantes de toda la provincia, que complementaban sus salarios con ganancias extras procedentes del contrabando. Modesto y Simón se odiaban con creciente intensidad.

A pesar de todo, Modesto se tenía por un hombre de buen corazón, agradecido, ahí estaba como ejemplo Dorotea, la nodriza que le había criado, a quien otorgó una renta vitalicia y cuidó como una madre hasta su muerte. Pero hacia su otra madre, Alfredita, empezó a sentir una aversión que fue creciendo al mismo ritmo que su impaciencia y anhelo por sustituirla al frente de la naviera. Hasta pensó en la posibilidad de aprovechar su afición por la herboristería para propiciar un envenenamiento casual. Pero no le hizo falta poner en práctica su plan, ya que a finales de 1959 Alfredita no regresó de un viaje de placer que había hecho a Estados Unidos. Tenía 76 años y Modesto no consiguió averiguar qué le había pasado. En la mañana del primer día de 1960, una paloma entró en la alcoba de Modesto para dejarle un mensaje escrito, firmado por Alfredita, en el que se indicaba el nombre y la dirección de un notario madrileño. Resultó que, antes de marcharse, su madre adoptiva le había cedido todos sus bienes, naviera y Semíramis incluidas. Modesto encargó a un prestigioso escultor que realizara una imagen en mármol y de tamaño real de Alfredita, que mandó instalar en el jardín.

Durante la década de 1960 Modesto diversificó sus negocios legales e ilegales. Aprovechando el bum turístico, invirtió provechosamente en la construcción de hoteles y apartamentos a lo largo de la costa alicantina, utilizando la influencia que tenía con los jefes provinciales y locales del Movimiento, muchos de los cuales eran a su vez alcaldes de localidades importantes. En la última toma de posesión de delegados provinciales del Movimiento, ocurrida en abril y junio de 1970, la mitad de los nombrados eran colaboradores suyos. No eran amigos, sino beneficiarios de un porcentaje de sus ganancias en inversiones urbanísticas. Ni siquiera trataba personalmente con ellos, ya que las gestiones personales las delegaba en Néstor Mateo, un viejo inventor extravagante y simpático, a quien apodaban Prometeo por la coletilla que solía emplear al cerrar los tratos verbales: «Prometido». Modesto había hecho suyo el consejo que sobre la política efectiva había oído o leído en cierta ocasión, de un antiguo filósofo griego según creía recordar, advirtiendo que debía de acercarse a ella como al fuego, no demasiado, para no quemarse, ni apartarse mucho, para no helarse.

Modesto tenía plena confianza en Prometeo, hasta que descubrió que le traicionaba pasando información valiosa de sus negocios y proyectos a Jefe Simón. Desapareció entonces de repente. Solo él y Felicio, un antiguo pastor de origen portugués que le servía fielmente desde hacía unos años como guardés de Semíramis, sabían que Prometeo se hallaba enterrado en un rincón apartado de la finca.

En cuanto a sus negocios ilegales, Modesto esperaba que experimentasen un crecimiento importante tras la detención dos meses atrás de Jefe Simón y el consiguiente desmantelamiento de su organización. Había recibido con inmensa alegría la noticia de aquel arresto. Odiaba tanto a su antiguo camarada, que no dudó en ayudar a su hijastra cuando vino pidiéndole ayuda porque quería huir de Simón y de su propia madre. Le dio dinero y la embarcó rumbo a Uruguay.

Pero la vida familiar de Modesto no iba tan bien como la profesional.

En el verano de 1965, Modesto se enamoró de Armonía, una italiana de 25 años que conoció en la playa. Pese a que él había cumplido los 50, como se mantenía atractivo, era esbelto y lucía una melena rubia que ocultaba cuidadosamente la parte superior de sus orejas, no le resultó difícil convencerse de que había logrado seducirla, llevándosela a bordo de Calipso, su yate particular, y después a su finca; aunque fue más bien un rapto, en realidad. Modesto agasajó a la muchacha, colmándola de regalos, ropas y joyas, incluido un collar de oro con la forma de dos serpientes que le costó medio millón de pesetas. Al cabo de una semana, Licario Perugini, padre de Armonía, se presentó en la finca acompañado por el cónsul italiano y dos agentes de la Policía Armada. Licario reclamó la entrega de su hija, pero, como era mayor de edad, Modesto dijo que ella era libre de elegir entre marcharse con su padre o quedarse con él. Armonía no habló. Ruborizada, bajó la mirada de los ojos de su padre al suelo y se acercó a Modesto para darle la mano. Licario soltó una maldición y se marchó junto con sus acompañantes.

Armonía hizo plantar en Semíramis un bosque de cipreses y también una estatua suya, que mandó colocar próxima a la de la anterior dueña de la finca, Alfredita. Modesto se creyó capaz de moldear el carácter y los gustos de su amante como si fuera Pigmalión, pero erró. No tardó Armonía en entrar en disputas con las hijas de Modesto y a comportarse como una déspota atolondrada. Por el modo como miraba a los tripulantes del Calipso, Modesto sospechó que le gustaban los marineros, ignorando que sus celos debían dirigirse más acertadamente a Mauro, un torero famoso que visitaba asiduamente la finca.

Ana Nicoleta, la hija menor de Modesto, a quien todos llamaban Analeta, era una chica menudita, seria y de una belleza formada con rasgos perfectos pero carentes de dulzura. Sus grandes ojos verdes, su larga cabellera trigueña, sus pómulos y labios bien moldeados tenían la excelencia y la dureza del mármol. Podría decirse que su hermosura era tan pétrea como su corazón. Cuando Analeta tenía 15 años, Philippe, un compañero suyo del Liceo Francés que estaba perdidamente enamorado de ella, desesperado por la crueldad con la que ella le rechazaba, se ahorcó en uno de los árboles de la entrada de la finca Semíramis. Analeta manifestó su deseo de asistir al entierro por simple curiosidad, pero su padre consideró que era más prudente que no fuera. Unos meses después, Analeta se fijó en un joven periodista que visitó a su padre en un par de ocasiones. Trabajaba para un diario provincial y pretendía entrevistarle. Se llamaba Benjamín Lafuente, aunque firmaba sus artículos con el seudónimo de Belafonte. Tenía 28 años, era simpático y muy atractivo. Como sabía que su padre no consentiría que la cortejase formalmente, Analeta se las ingenió para verse con el reportero fuera de la finca varias veces. Pero un día Belafonte desapareció y nadie supo explicarle a Analeta lo que le había ocurrido, ni sus compañeros del periódico ni sus padres, a los que llamó por teléfono haciéndose pasar por una colega. Analeta pensó que quizá el causante de aquella extraña desaparición fuese su padre, enojado al descubrir sus encuentros amorosos y clandestinos, si bien nunca logró confirmar su sospecha. En realidad, Analeta tenía razón a medias: Modesto había convencido a Belafonte para que se reuniese con Jefe Simón, prometiéndole que este aceptaría incorporarle a su nómina de colaboradores, a cambio de que se olvidara de todos aquellos datos que había recopilado acerca de la complicidad de varios políticos con el contrabando organizado. Pero, como esos datos también afectaban indirectamente a Modesto, hizo llegar a su enemigo un mensaje, a través de Prometeo y de José Cascante, el abogado de Simón, en el que le proponía que hiciese desaparecer al periodista por tener información comprometedora con la que pretendía chantajearles.

También Neusica, la hermana mayor de Analeta, se enamoró de un hombre que no le convenía, en opinión de su padre. Era Neusica la hija preferida de Modesto. Poseía una belleza menos perfecta que la de su hermana, pero mucho más apacible. Su corazón era asimismo más cálido que el de Analeta. Y ello a pesar de que, a diferencia de esta, Neusica había sufrido abusos por parte de su progenitor desde los diez hasta los dieciséis años, edad en la que por fin reunió fuerzas para rechazarle, amenazándole con denunciarlo. Constituía esa la verdadera y secreta razón por la que era la hija preferida de Modesto.

En el verano de 1970, yendo en el Calipso con unas amigas, Neusica participó entre las aguas de Tabarca y Santa Pola en el rescate de Ramón, un marinero que había naufragado al zozobrar la embarcación de pesca en la que trabajaba. Sus siete compañeros se habían ahogado. Ramón era viudo y tenía una hija de siete años. Agradecido, invitó a su salvadora a visitar su humilde hogar, en Santa Pola. Neusica se emocionó al comprobar las condiciones en las que vivía Ramón y su niña. Prometió ayudarles económicamente, pero Ramón no admitió dinero. A pesar de que él tenía 45 años y Neusica 24, la diferencia de edad no impidió que surgiera el amor. Un amor al que se opuso frontalmente Modesto. Trató este de convencer a su hija de la inconveniencia de aquel romance, ya que Ramón no solo era mucho mayor que ella, sino que además era pobre y analfabeto. El amor anda entre iguales, que no puede unirse un camello a una yegua, le advirtió utilizando a su manera unos versos que había leído siendo joven. Neusica no obstante anunció su resolución de casarse con él.

Pocos días después, Neusica se enteró de que Ramón había aparecido ahorcado en su casa. Convencida de que no había sido un suicidio, buscó encorajinada a su padre, al que encontró en la bodega de la finca. La discusión a gritos que se desarrolló acabó en un acto violento. Modesto negó que tuviera alguna responsabilidad en la muerte de Ramón, pero como Neusica continuó imprecándole, para evitar la tentación de desahogarse golpeándola, prosiguió con la tarea que estaba haciendo y se subió a un taburete para tapar un tonel lleno con mil litros de vino, al mismo tiempo que profería a gritos que se alegraba de la muerte de aquel desgraciado. Neusica le golpeó entonces en la cabeza con un mazo, provocando su caída al interior de la cuba.

Modesto casi pereció ahogado. Salvó la vida gracias a la intervención de Felicio, que había presenciado algo alejado la terrible escena protagonizada por padre e hija.

Para cuando Modesto se recuperó, Neusica se había ido ya de la finca conduciendo su Renault 12. Unas horas después, Modesto supo que su hija había ido a Santa Pola, donde recogió a la hija de Ramón. Luego, ambas se habían ido sin decir su destino ni dejar rastro.

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