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Matías Vallés

El realismo mágico de Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno lleva un año apostando a un radiante porvenir, con más ilusión que cifras en su apoyo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

Los gobernantes no tienen palabra, porque ninguno de ellos escribe sus discursos. Esta particularidad no desmerece la autoría, dado que el escritor fantasma de las intervenciones de Isabel II debe aprender a hablar como la reina inglesa. Desde esta cláusula previa, adjudique por favor a Pedro Sánchez o Joe Biden las frases siguientes: «Ni siquiera estamos a la mitad, esto llevará tiempo» y «Hoy nos aproximamos al final de esta pesadilla; queda poco, muy poco».

En efecto, la modesta asunción de que no se ha alcanzado el ecuador de la batalla de la vacunación corresponde a Biden. En cambio, el enésimo anuncio del fin de la pesadilla se lo anota Sánchez. Por contrastar con los datos, el exultante «queda poco, muy poco» del presidente del Gobierno español fue pronunciado cuando su país no había superado el seis por ciento de pautas completas de vacunación. Un observador neutral concedería que en España «queda mucho, muy mucho». En cambio, el inquilino de la Casa Blanca exhibe cierto susto cuando su país ya ha inyectado las dos dosis reglamentarias al veinte por ciento de la población.

Estados Unidos triplica a España en cuota de vacunación, pero Sánchez centuplica a Biden en optimismo. ¿Qué es más importante? Los estudiantes del gigante americano marchan a la cola del planeta en proficiencia matemática. Sin embargo, lideran la tabla sobre la propia percepción del dominio de dicha asignatura. Son malos pero se consideran buenos, una segunda parte nada desdeñable en el imperio de la autoconfianza. En paralelo, al presidente del Gobierno español no se le exige que acierte, sino que contagie, aunque sea en sentido figurado.

Nadie en su sano juicio envidiaría el trabajo de Pedro Sánchez, que lleva un año apostando a un radiante futuro sucesivamente retrasado, con más ilusión que cifras en su apoyo. Por comparación con sus colegas, practica un realismo mágico, confrontado en el mercado interior con el tremendismo impaciente de Díaz Ayuso. En su constante apelación a la fantasía, el líder socialista se presenta con el aura de príncipe de cuento. Le ayuda su fina estampa, algo que no podría escribirse de una mujer aunque también sea indiscutible que el físico ha reforzado la imagen de Angela Merkel como la última gran estadista, antes de hundirse en el abismo del pesimismo pandémico.   

Bajo la apariencia de un herbívoro que se excusa ante Rajoy por haber insinuado la indecencia del entonces presidente, Sánchez es un depredador. Cuando sus enemigos se dan cuenta, ya es demasiado tarde. Muerde mientras pide perdón, a menudo se desprecia la coherencia latente en su continua rectificación. Por ejemplo, durante un año se le ha recriminado su anuncio de que no podría dormir con Pablo Iglesias en su Gobierno. En consecuencia, habría que felicitarlo ahora que ha recuperado el sueño sin mover en apariencia ni un dedo, y arrullado por las nanas de los ministros residuales de Podemos. 

Mientras Merkel se devana los sesos para sojuzgar a los Länder, que parecen aquejados de 16 cepas distintas de virus, Sánchez da rienda suelta a las autonomías con una liberalidad que deja atrás al federalismo. Los aliados potenciaron la fragmentación regional de Alemania, para garantizar que no volviera a emerger el sentimiento imperial prusiano. En cambio, el experimento del presidente del Gobierno parece arriesgado en la patria del cantonalismo. Con todo, la cesión a ciegas de competencias epidemiológicas no ha causado de momento más sobresaltos que las divergencias entre estados alemanes o norteamericanos. 

Y de paso, la exaltación regional ha permitido arrinconar al teórico jefe de la oposición, eclipsado por la volcánica baronesa Ayuso. En este punto, la profusión de artículos sobre las lesiones que la presidenta madrileña puede infligirle a Pablo Casado olvida que su previsible victoria dañará en mayor medida a Sánchez, por haberla elegido como antagonista. Si Gabilondo no sirve como candidato, mucho menos de excusa para una derrota electoral, con un posible vuelco de treinta diputados en dos años. El único consuelo es que el catedrático se ha hundido in absentia, de mediar algún esfuerzo por su parte hubiera aniquilado al PSOE en la capital.

El presidente del Gobierno cotiza en el mercado de futuros, porque este recurso siempre le ha funcionado en situaciones extremas. Nada menos que Chomsky obliga a los gobernantes a transformarse en fabricantes de ilusiones, y tampoco García Márquez daba el tipo de un autor de realismo mágico. A Sánchez le ha venido impuesto el estilo, dado que poner en marcha un país paralizado es más difícil que limitarse a confiar en el futuro. Ayer mismo, las negras perspectivas de la autoridad fiscal Airef sobre la recuperación del turismo internacional configuran a 2021 como el segundo año en coma económico inducido. 

Macron es miembro de una familia de médicos. A principios de año desoyó a los expertos y se negó a un nuevo confinamiento, que ha debido imponer acuciado por el auge del coronavirus. Biden opta por la cautela, con Kamala Harris reducida a jarrón chino antes que florero. Solo Sánchez rezuma optimismo, la pandemia no es la mayor vicisitud de su carrera. Prometió 25 nuevos contagios por cien mil habitantes y multiplica esa cifra por siete, pero al realismo mágico nunca se le dieron bien los números.

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