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Antonio Agredano

Antonio Agredano

Escritor

Ava

Ava Gardner, en una imagen de archivo.

Ava Gardner, en una imagen de archivo.

El mundo está escrito en minúsculas. Recogerse el pelo anuncia un polvo extraordinario. El móvil sonando de madrugada augura una muerte cercana. El inesperado abrazo de tu hijo maquilla el hallazgo de algún objeto roto. Mi vino preferido es el abundante. Mi canción preferida la que me saca de donde no quiero estar. Túmbate a mi lado. Hagamos lo que hacen los amantes. Congelar el tiempo y el corazón como si de un mismo mecanismo se tratase. Segunderos y arterias. La pasión es pausa. La pasión es un instante en el que tú y yo habitamos la nada carnosa y azul, la espalda de una ciudad que nos amanece tarde. Follar es una gimnasia ridícula, pero amar es un tirabuzón interminable. Una Flecha Valona entre las costillas. Celebrar como locos un gol en fuera de juego.

Hay mucha gente que está confiando en mí en este momento. Creo que estoy preparado para decepcionarlos a todos. Siempre me he sentido un impostor, un intruso y un buscavidas. También en estas páginas. No hay peor batalla que la que libramos contra nuestra pequeñez. Si soy fruta, querría ser árbol. Si soy árbol, querría ser semilla. Nunca estoy donde estoy, siempre ando en otra parte. Somos niños persiguiendo libélulas en los bordillos mojados de una piscina. Todo lo que sé de la vida, lo aprendí sin darme cuenta. De lo que estudié, ya no me acuerdo de casi nada. Son espléndidos los errores, por inesperados. Cuando me equivoco siempre lo hago con entusiasmo párvulo. El fallo es luz futura. Estamos rodeados de horteras e intensos, pero debemos ser fuertes en nuestra fragilidad. Hay quien se cree ávido tiburón y no pasa de glotón siluro. Que nadie te niegue el derecho a cagarla, a cagarla con esplendor, con pompa y circunstancia. Para el pecado del salto siempre está la redención del suelo.

Forbes ha sacado la lista de los más ricos de España y, vas a flipar, no estamos ni tú ni yo. Se ve que lo hemos deseado poco. Se ve que no hemos sido lo suficiente entrepreneurs. Yo no envidio la riqueza de nadie, pero sí sus embarcaciones ancladas en el Egeo. No es cuestión de amasar fortunas, sino de gastarlas. La riqueza sería el más fugaz de mis problemas. «Yo no entiendo a la gente a la que le gusta trabajar y hablar de ello como si fuera una especie de deber maldito. No hacer nada es como estar flotando en el agua caliente», dijo Ava Gardner.

Que la muerte iguala a millonarios y mileuristas es algo recurrente, pero poco se habla de esa implacable espátula que es el amor. La desnudez va por dentro. No hay cosa más niveladora que la pasión, que a todos nos rejonea por igual. A Frank y a ti, a Ava y a mí. Yo quiero el dinero sólo para cambiar de escenario donde amarte. Lo que hacemos ahora con la cama, la encimera y el sofá, pero a lo grande. Un mapa garabateado en rojo por nuestro deseo. Hoteles ambarinos y rones en el piano bar. Y aun así, para qué engañarte, no hay mejores vistas que la de tu despertar en pijama. Monumento improvisado. El mármol de tus tobillos. Ese despeinado de cúpula deshecha, de catedral en llamas, esos hombros de cordillera nublada y el temblor de tu pecho como el tráfico de una gran ciudad que atardece ajena a nuestro paso. Amar: el tesoro del que nada tiene y a nada aspira, salvo al dibujo de los cuerpos y a la tiniebla de las pieles y al jardín de los líquidos viscosos y el columbario de los olores. Sudor de invernadero y guiños halógenos. Bendita mortalidad.

Decía que no hay mayor talento que la inconsciencia. Y en ello estamos, cruzando los días como si fueran de pan. Sueltos como gabete. Apurando una caña con prisa en el bar de la esquina. El recuerdo ya no es consuelo. Las huellas no sacian nuestra curiosidad. Camino por la arena sin tener claro si atravieso un desierto o voy de la toalla al mar en una playa. El amor pone nombre a los miedos. Es un bautizo de leche y miel. Somos lo que perdimos, pero jamás seremos lo que tenemos.

Cuando todo esto pase y volvamos a abrazarnos; anudarnos de verdad, no la pantomima ni el teatro de codos ni ese segundo de querer pero pensárselo; cuando nos fundamos victoriosos y tristes, con un río gris a nuestras espaldas, con el dolor de los adioses y el remolino de las certezas, en un abrazo inacabable, en ese instante preciso, nos sentiremos invencibles. Y explotará el amor como explotan los globos mientras los inflamos: inesperado y jocoso en la costa de nuestros labios.

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