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Isabel Vicente

Santa paciencia

Una mujer mayor de 80 años recibe la vacuna en un centro de salud de Alicante.

Una mujer mayor de 80 años recibe la vacuna en un centro de salud de Alicante.

Cuando en plena tercera ola me recordó mi madre, a sus más de 90 años, que llevaba año y medio sin hacerse su chequeo anual, no dudé en pedirle paciencia. Lo primero era lo primero. Igual que cuando me tiré dos días con un dolor en el costado de lo más impertinente y decidí tener calma y no ir a molestar a los médicos con el covid en todo lo suyo. Cuando hubo que renovar las medicinas de mi madre, enferma crónica, también me armé de paciencia y un mes antes pedí una cita telefónica consciente de que, en plena pandemia, los médicos y sanitarios estaban en cosas más importantes, y que era yo la que tenía que ser previsora y dar tiempo al tiempo. Por paciencia no habrá sido.

Pero, ¿y ahora? La presión del covid ha bajado muchísimo, estamos en esta provincia con una de las mejores tasas de Europa en contagios. Los hospitales están volviendo poco a poco a la normalidad y es de suponer que mi madre podría volver a contarle sus males al médico, o que a mi crío le podrían revisar de una vez la muñeca que le duele cada vez más y no sabemos qué hacer. Pero no. Pides una cita en el centro de salud, por internet por supuesto, porque es más fácil que te toque el euromillón a que te cojan el teléfono, y te encuentras con que te dan cita a 15 o 20 días vista, pero no para verte, sino para llamarte por teléfono; y luego ya veremos. Vamos, igual que cuando se contagiaban cientos de personas cada día y los sanitarios no podían ni respirar.

No sé si estarán todos todo el día poniendo vacunas, pero, si no es así, Sanidad debería explicarnos por qué, aprovechando este valle en los contagios, no se cambian los protocolos para que, por fin, podamos empezar a gestionar esa colonoscopia preventiva o ese análisis para ver si el colesterol nos ha bajado de 200. La paciencia se agota si no entendemos lo que está pasando.

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