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Antonio Agredano

Antonio Agredano

Escritor

Brindis

Brindis

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Todos los amores son el mismo amor. Cuando amo, soy el cangrejo que trepa en vano para salir del cubo. Una vez ahí dentro, tus días ya no te pertenecen; están al arbitrio infantil y a la clemencia del sol. No se valora un libro por la portada ni se duda de un querer por su contexto. El amor, como el agua, se filtra por ranuras minúsculas. Conclusión: siempre nos delatan las humedades. Palpando el yeso o el encaje, presentimos al otro lado una emoción ciega, un pinchazo en las costillas, un temblor marino. He querido cuando no debía y he dejado de querer cuando más falta hacía. Borrando el rastro de wasaps. Poniéndole andamios al deseo. Cuando sopla el viento, hasta las montañas bailan. El fútbol es impredecible porque se juega con el pie, el romance es impredecible porque se juega con el corazón. Anatomías torpes y caóticas ambas. Pero qué hay más hermoso que no tener ni puta idea de lo que va a pasar. Tenerlo todo controlado es de horteras y vendeburras. A mí, enterradme profundo y en compañía de mis piedras preciosas, es decir, de mis pulidas contradicciones.

Una vez me enamoré de una mujer casada. Cuando coincidí en el supermercado con ella y sus hijos, no nos saludamos. Miramos al suelo. Creímos, al unísono, que cualquier guiño, palabra o diálogo forzadamente natural, sería sospechoso para esos niños. Que nos descubrirían de inmediato. Tuvimos miedo, o actuamos como si lo tuviéramos, y decidimos ponernos en la fila para que nos cobraran como si fuéramos completos extraños. Yo sujetaba dos cajas de leche y un bote de Cola Cao. Ella empujaba un carrito lleno de patatas fritas, verduras, papel higiénico, pan de molde y Coca Colas de dos litros. Apenas unas horas antes, habíamos estado en mi casa, besándonos, chupándonos, compartiendo secretos y hartazgos. Su hija mayor la abrazó. El pequeño le dio un beso en el hombro. Hacían bromas, ella reía con incomodidad, aun ruborizada tras nuestro inesperado encuentro en la caja número doce del Mercadona. No sabíamos a dónde mirar, no sabíamos apaciguar las manos ni acunar aquel vértigo.

Yo no había visto nunca a esos chicos, pero los conocía de sobra. Sus nombres, sus edades, sus miedos, sus notas, sus postres preferidos, sus equipos de fútbol, sus junteras. Ellos eran, también, una parte de mí. Una parte de lo nuestro. Por eso, cuando luego nos cruzamos unos mensajes, a la noche, superado ya el entuerto, y ella me dijo: «Quizá verme así, en mi vida, en mi vida de verdad, te corte un poco el rollo o se te quiten las ganas de verme de nuevo. Lo entiendo», yo sentí tristeza. Una pena sin arquitectura. Como si ese itinerario de sombras, de polvos a deshoras, de puertas que solo abren hacia el vacío, fueran solo un pez que cruzó las olas solo para encallar en la arena. Un teatro de labios mordidos. El vuelo frágil de un insecto. Una de esas mentiras ostentosas e irresistibles. Como si nuestro amor, que creíamos feroz, fuera sólo un animal frágil, desdentado y enroscado en sí mismo.

Yo creía perverso decirle que la mujer a la que amaba era esa y no otra. Ese magma. Ese huracán suave. A la que abrazaban sus hijos, con sus rutinas y sus misterios. Con sus follones en la oficina, con sus emoticonos y sus cautelas. Y era perverso porque, de alguna manera, de alguna culpable manera, nuestro amor acelerado y clandestino hacía tiritar esa vida. Esa vida clara. A mí me gustaba ella con las bragas en los tobillos o esperando el autobús escolar. Me gustaba ella. Sin más. Con toda su mochila, con astillas en las yemas de los dedos. Con sus dudas. Con la felicidad pasada, con la felicidad futura. En el súper o en la última mesita del bar, compartiendo una tapa de ensaladilla, mirando por la ventana. Rezando para que nadie nos viera. Sin medir. Sin pensar. Irresponsablemente suyo fui y todos los días me parecieron pocos. Era un laberinto en el que yo era, a la vez, Teseo, Ariadna y el Minotauro. El que estaba perdido, el que aguardaba fuera, mi propio monstruo.

«Porque no somos jóvenes, las semanas han de bastar por los años sin conocernos», escribió Adrienne Rich sobre sus amores tardíos. Tardíos. Qué horror. Me desdigo. Como si cada amor no fuera dorado y preciso. Como si hubiera tiempo para sentir y otro tiempo para enfriarse. La vida es tobogán y no escalera. Que no nos engañen. Esto no para. La euforia dura poco, pero prefiero su brevedad a su ausencia. Mi corazón era el círculo rojo de una vitrocerámica. El amor es una niñez congelada. Me he equivocado muchas veces. He sentido el dolor de otros hombres y sé que otros hombres han sufrido el mío. Pero hay en el amor una candidez salvaje. Todos los amores son amores primeros. Todos los amores son de brindis y retemblido. 

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