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Carmen Martínez-Fortún

Panorama de abril

Una imagen de Rocío Carrasco.

Una imagen de Rocío Carrasco.

Sigue la cuarta ola, que en otros lares es la tercera y en Gibraltar ninguna, mientras los que coordinan o descoordinan el proceso de vacunación para usted y para mí, amable lector, se enredan, pausan lo programado, dilatan, incumplen, asustan, desasosiegan y siembran el caos. Los pretendidamente inmunizados al 70 % con AZ se preguntan por qué les tocó esa desigualdad en este nuestro mundo igualitario, y solo les protege ese porcentaje cuando hay grupos al 90 con Pfizer y al 80 con Moderna y disculpen si hay error, pero ya bailan los números. También, por qué se van a poner una segunda dosis, cuando con la primera alcanzan más protección que a los que les iba a tocar Janssen, que ya no les toca pero a lo mejor, sí. Y mientras las abuelas recomiendan a sus nietas que de ninguna manera se dejen inyectar esta última, en Europa obvian que EEUU puede pausarla porque tiene más y no se detiene la campaña. Lo mismo que Dinamarca con Astra. Aunque, contemplemos a Reino Unido, inmunizados ya como rebaño con esta última, y nos preguntemos por qué, Dios mío, por qué.

Los médicos en su mayoría reniegan de que se detenga la vacunación pues todos los medicamentos tienen contraindicaciones y el presidente del gobierno cuenta su plan económico, y ya van 9 veces, incierto empero pues promete lo que no está en su mano, lo mismo que con las vacunas, y hasta el 4 de mayo al menos desoye las exigencias de los autonómicos que exigen Estado de Alarma después del 9. Añade Calvo que sobran herramientas ¡inteligentes! para limitar derechos fundamentales, o sea seguir con las restricciones sin tan alarmante estado, pero no explica cuáles, así que al final nos maliciamos que, salvo súbito cambio de criterio en atención por ejemplo a Urkullu al que Sánchez acaba de entregar prisiones, serán los jueces quienes dirimirán a todo dirimir las prohibiciones, toques de queda y hachazosal final de la primavera.

Y entre todo este caos, como dice mi peluquera, modelo de discreción e inteligencia, parece que el único y gran problema español es el de Rociito. Pues eso.

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