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José María de Loma

Dudas vitales

Varios usuarios retiran dinero de los cajeros automáticos de una entidad.  | PILAR CORTÉS

Varios usuarios retiran dinero de los cajeros automáticos de una entidad. | PILAR CORTÉS

¿Cómo sería tu vida si hubieras tomado otras decisiones? Ese es el eslogan, la pregunta, de la campaña publicitaria que está realizando un banco. Al parecer, tomamos 35.000 decisiones al día. Joder, por eso estaba yo tan cansado. Sin embargo, solo somos conscientes de un uno o dos por ciento de ellas; el resto las tomamos de manera mecánica. Si todos los días nos inquiriéramos sobre si ir o no a trabajar, sobre si tomar café o no o acerca de qué camino tomar para ir a casa, no tendríamos tiempo para nada más. Si acaso, para preguntarnos qué habría sido de nosotros si no hubiésemos sido previsibles. La rutina nos libera de estar pensando todo el día. Hasta que se hace insoportable, claro, y entonces nos preguntamos por qué vivimos rutinariamente. Hay quien se lo pregunta cuando ya es tarde y no falta quien toda la vida está arrepintiéndose de no haber dicho ese día que sí, de no haber estudiado inglés en Londres o de haberse matriculado en Derecho. Revisar una decisión es fuente de infelicidad. No es menos cierto que si te gusta obedecer tienes menos quebraderos de cabeza. El azar determina nuestra vida. Nunca sabremos si entrar en un bar o en otro nos evitó o condujo al matrimonio o si haber ido a aquel cóctel nos hubiera permitido acceder a un trabajo mejor. Hay quien decide votar a la ligera y luego decide entre los dos primeros del menú como si le fuera la vida en ello. A lo mejor le va, claro, en no pocos sitios la paella puede dar gastroenteritis. A mucha gente le pagan por tomar decisiones y hay otros que pagarían por no tomarlas. «Me da igual» o «dónde tú quieras» son frases que prologan una pelea. Pueden ser tomadas como desidia o desinterés, pero a veces son formas de hacer que el otro esté cómodo. Nos obligan a muchas decisiones, no obstante: hay mil panes en una panadería.

Decidir es vivir, pero a veces decidimos por inercia. La decisión es sobrevivir, aunque alguien haya decidido que debemos hacerlo con semejante sueldo. «Qué hubiera sido si...» es todo un género cinematográfico, incluso para que el que ha decidido no montarse películas. Mi decisión predilecta es sí o sí a la vacuna, pero es lógico pensar cuántas vidas se hubieran salvado con más celeridad en su compra y distribución. Los bancos nos proponen preguntas mientras tienen decidido despedir a miles de personas. Su decisión ha sido desde hace tiempo la misma: eso aquí no se lo hacemos, caballero. Vaya usted al cajero.

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