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Javier Cuervo

Taza y media en la barra

Isabel Díaz Ayuso.

Isabel Díaz Ayuso.

El problema real llamado Mena es el de los mayores españoles no acompañados, millones de persona solas que no movilizan o polarizan en Madrid, siempre rejuvenecida por la atractiva esperanza de empleo que no se da en la España basculante. Coinciden en polarizar los jefes de campaña de los partidos en lid. Si hubiera una campaña cada 4 años toleraríamos tanta electricidad, pero hace 20 que vivimos en este ambiente ionizado.

El incidente de mitad de campaña, el debate que no pudo ser, es un ejemplo de tres décadas de cultura de la tensión. Había empezado minutos antes en otras emisoras, cuando Vox dudó de las amenazas recibidas por Pablo Iglesias, el ministro Grande Marlaska y la directora de la Guardia Civil, en sobres con frases agoreras y balas de fusil de asalto, expresión alta del progresivo prestigio del ataque anónimo, que pasa del insulto en Twitter a los proyectiles que hacen blanco a la velocidad del correo. Iglesias aplicó la práctica que aprendimos de la política antiterrorista del PP de obligar a condenar toda violencia o interrumpir la conversación. Gracias a eso pudimos ver a Rocío Monasterio interpretando a Maléfica, con la boca disociada de los psicópatas de película, que escupen culebras a la vez que sonríen. No hubo debate y cada uno recogió de sus gestos los votos que pudo. Pero el momento superior de la polarización llegó cuando el candidato socialista Ángel Gabilondo dejó de ser más sabio que su jefe, Pedro Sánchez, y dobló su estrategia sosegada para sumarse al “fascismo o democracia” y cerró el círculo abierto por Isabel Díaz Ayuso con “Comunismo o libertad”, un lema de Madrid y de Miami.

Cuando el último ya estaba en ras, Ayuso lucía como gran dama de la escena madrileña, donde triunfan estos personajes insólitos de gran atrevimiento y extraña constitución moral. Ha doblado la intención de voto después de haber hecho de la pandemia un desastre de propagación y propaganda, pero mucho Madrid quiere taza y media de lo que hasta ahora tenía una taza, y tomarla en la barra, la línea de meta de la libertad.

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