Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Los gobiernos del Botànic: balance y agenda pendiente

Si esto ha sido así es porque la trayectoria del Botànic ha incluido una pedagogía social muy valiosa

Representantes de los tres partidos del Botànic en una reunión de seguimiento del pacto. |

Representantes de los tres partidos del Botànic en una reunión de seguimiento del pacto. |

El Botànic llega al ecuador de su segunda legislatura y lo hace con unas perspectivas reales de proyección y apreciación positiva, mayores de las que la mayoría de analistas y actores políticos pudieron pronosticar. Los ciudadanos perciben que la gestión de la pandemia se ha abordado con criterios de prudencia, equilibrio, cooperación y estabilidad. Evitando estridencias desde la lealtad y sin caer en el error de achacar a otros los errores y contradicciones que se han producido. También tensiones internas. Todos han aprendido para afrontar la mayor crisis de toda la etapa democrática. Aquí, al menos, se sabía cuáles eran las vías de reencuentro: lo ya vivido juntos ofrecía señales de por dónde transitar. Todos han llegado a una conclusión: son partidos de gobierno, se han de comportar como tales y las cicatrices que queden no tienen por qué impedir una navegación que han de seguir haciendo juntos.

Si esto ha sido así es porque la trayectoria del Botànic ha incluido una pedagogía social muy valiosa. La ciudadanía nunca se ha encontrado con decisiones importantes para las que no hubiera una argumentación gubernamental razonable. El modelo Botànic demuestra que se puede gobernar de otra manera, con claridad ideológica, pacificando la política y creando un clima político e institucional cooperativo. A esta forma de entender el gobierno, Albert O. Hirschman la definía como el predominio de “posiciones maduras” en contraste con la retórica de la intransigencia. El gobierno del Botànic y centenares de gobiernos locales han demostrado hasta ahora, pese a las naturales tensiones, un notable grado de estabilidad, capacidad de alcanzar acuerdos, procurando trazar una hoja de ruta propia capaz de sobreponerse a la retórica bipolar, al ambiente tóxico y a la idea de confrontación que hoy predominan. Al mismo tiempo, tampoco hay que negarlo, la pandemia ha permitido al Consell y a la mayoría parlamentaria que le sustenta, ocultar algunos errores, demoras, renuncias e inercias.

Así pues, el Botànic ha renovado en estos meses sus apoyos y a nuestro modo de ver esta situación permite hacer un par de afirmaciones significativas en el difícil panorama actual.

La primera es que el modo coalición es el único que garantiza la gobernabilidad, un valor que cada vez va a ser menos instrumental para convertirse en radicalmente democrático. Porque habrá que gobernar, sobre todo, para amplios y muy distintos sectores y capas sociales, con muchas clases de vulnerabilidad. En la Comunitat Valenciana los gobiernos de coalición no son un mal menor, sino el bien mayor con el que nos hemos encontrado gracias a adecuados liderazgos y a la construcción de una cultura compartida en torno a la defensa de valores renovados y algunas ideas básicas. Que en cada fuerza del Botànic perseveren actitudes contrarias es circunstancia inevitable, pero que no tiene por qué dificultar que sigan caminando juntos.

La segunda es que examinar la trayectoria del Botànic permite comprender a la mayoría que aquella vieja afirmación que defiende que “da lo mismo quien gobierne: todos son iguales”, aquí se ha revelado falaz, en los hechos y en las intenciones. La experiencia valenciana resiste con tranquilidad cualquier comparación que se haga prospectivamente para el futuro en la mayoría de CC.AA., y ello pese al déficit presupuestario y a la deuda histórica. Una clave de la llegada del Botànic al gobierno y de muchas de sus primeras acciones, consistió en mejorar la reputación y elevar la autoestima colectiva, con independencia de procedencias sociales, económicas e ideológicas. Ahora es cuando apreciamos los réditos de esa inversión, en términos de restar crispación a las dificultades de la pandemia y en términos de ser valorados con aprecio desde otros puntos de España. Ello no sólo constituye una satisfacción legítima, sino energía plausible para renovar esfuerzos.

Este cambio de perspectiva, probablemente, también exigirá una reflexión sobre las formas de articulación de las relaciones en el seno del Gobierno, así como abordar algunas cuestiones espinosas, como el tipo de liderazgo y la articulación entre sus expresiones diversas. Hacerlo de manera que no rompa las costuras de los consensos culturales generales, alcanzados en la izquierda valenciana, será responsabilidad de todos los partidos. Creando las condiciones para intentar fórmulas de pactar el final del periodo de gobierno, evitando tensiones entre las distintas organizaciones y facilitando las siguientes negociaciones para el nuevo ciclo político. Estas apelaciones a la responsabilidad y buen sentido de los partidos y sus direcciones -en todos sus niveles, incluidos comarcales y locales- pueden hacerse extensivas a amplios sectores de la ciudadanía.

La sociedad española tiende a otorgar la confianza a sus gobiernos para varias legislaturas. Si este fuera el caso, sería una oportunidad para impulsar una ambiciosa agenda reformista para esta década, que será decisiva, aprovechando el momento neokeynesiano que viven las democracias occidentales y que tan importante puede ser para el Sur de Europa. En muchos ámbitos las bases están sentadas, aunque las iniciativas en gran medida han sido pospuestas para ocuparse de la pandemia global y sus devastadores efectos: cambio climático, sectores productivos, innovación-productividad, empleo, digitalización, formación, desigualdad y segregación social, abandono escolar, longevidad y nuevos modelos residenciales y de cuidados, salud mental, vivienda pública y de alquiler, infraestructuras, gobernanza territorial, movilidad, modelo de ciudad, agenda urbana y metropolitana o despoblación rural. Los fondos europeos, bien aprovechados, pueden ser una oportunidad para dar un impulso en la buena dirección. Aunque no puede fiarse todo a los efectos de ese esfuerzo histórico europeo.

Pero además de lo importante, durante el resto de legislatura los gobiernos han de ocuparse de lo urgente. Sin tiempo que perder. Porque hay decenas de miles de ciudadanos inseguros, precarizados y sin horizonte de futuro. Porque hay miles de empresas y autónomos en riesgo de insolvencia o que ya han perdido su actividad. Porque es una obligación moral prestar una atención específica a la situación de los jóvenes, auténtica emergencia en España, en tres pilares fundamentales: vivienda, empleo y formación. Falta mejorar la gestión y la yuxtaposición de equipos en un mismo departamento debe superarse con mayor coordinación entre departamentos y lealtad en favor del bien mayor. La calidad institucional, el buen gobierno y la gobernanza son una parte fundamental de las políticas y debe mejorar. Tal vez por ello las iniciativas sectoriales debieran completarse con acciones legislativas del gobierno y aborde la reforma del sector público.

La Comunitat Valenciana ha sabido ganarse el respeto en una España compleja y polarizada. Pero es necesario ganar mayor visibilidad política. Sin renunciar a levantar la voz cuando sea necesario. Y en algunos ámbitos, como el de la financiación, esencial para garantizar el principio de equidad en esta España con Estados de Bienestar de distintas velocidades, a nuestro juicio es necesario. También ha de contribuir a proyectar un nuevo relato más federal, en el que no todo ocurra y se decida en Madrid. Tampoco que solo pase por Madrid y Catalunya o por Madrid y el País Vasco. Porque ni una ni otra idea de España nos interesa.

Hace un tiempo Enzo Traverso alertaba del riesgo de brutalización de las sociedades europeas. Ese camino, empedrado con discursos de odio, conduce al abismo. La vía alternativa está en el diálogo, la voluntad de alcanzar acuerdos, la empatía, la voluntad de escuchar, la capacidad de reconocer errores y la disposición a cambiar de opinión. Una parte mayoritaria de los ciudadanos valoran estas actitudes y es lo que esperan de sus gobernantes. Solo los fanáticos son incapaces de hacerlo.

Nadie sabe qué nos depara el futuro, pero lo cierto es que en estos tiempos inciertos, inseguros, precarios, hostiles, de polarización “de oferta”, los ciudadanos agradecen la serenidad, la capacidad de diálogo y una sincera voluntad de ocuparse de garantizar la cohesión de la sociedad. Que sus gobiernos se ocupen de sus problemas, de sentirse atendidos y escuchados. Nosotros animamos a los gobiernos, autonómico y locales, a perseverar en esas ideas y explorar todas las posibilidad de tender puentes, entre los partidos que son gobierno, con los actores económicos y sociales y con la oposición. Pero fundamentalmente con los gobernados.

Lo último en INF+

Compartir el artículo

stats