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Olga Merino

Olga Merino

Periodista y escritora

El saloncito de Erdogan

Ha habido roces en los últimos meses, con insultos al presidente francés (necesita «terapia mental», según Erdogan) y prospecciones gasísticas en el Mediterráneo, en aguas que reclaman Grecia y Chipre

Ursula Von der Leyen.

Ursula Von der Leyen.

El saloncito del presidente turco se antojaba muy incómodo para una velada de Netflix y pizza, para confesar «mamá, me divorcio» e incluso para una reunión de alto voltaje diplomático, como fue el caso. La distancia sideral hasta la mesa de centro y esos muebles mazacote conformaban una atmósfera rígida, de mírame y no me toques, de donde salir corriendo antes de convertirte en estatua de sal, como le sucedió a la presidenta de la Comisión Europea. Una vez dentro de la estancia, Recep Tayyip Erdogan y Charles Michel, presidente del Consejo, se arrellanaron en las butacas, dejando a Ursula von der Leyen compuesta y sin asiento, plantada sobre la alfombra como un ama de llaves a punto de susurrar: «Señores, ¿sirvo ya el café o prefieren esperar?». Carraspeó, y nada; tuvo que acomodarse en un sofá lateral, en plan intérprete o convidada de piedra. La alemana Von der Leyen, baronesa y madre de siete hijos, ha confesado haberse sentido «sola y humillada» tras el feo, pues le correspondía un asiento del mismo rango. Tanto monta el uno como la otra (ese es uno de los lastres de la UE: mucho cargo y pocas nueces).

Aunque confusas y tardías, las disculpas del belga Michel parecen plausibles. Que no quiso parecer paternalista, dice. Que ambos, tras una mirada de complicidad, decidieron pasar por alto el incidente para no arruinar meses de esfuerzo diplomático con un socio tan estratégico como incómodo. Europa necesita a Turquía para frenar la llegada de refugiados, en un momento en el que está a punto de renovarse (o no) el acuerdo migratorio por el que Bruselas pagó a Ankara 6.000 de euros con el fin de que asumiera el papel de policía guarda fronteras. Ha habido roces en los últimos meses, con insultos al presidente francés (necesita «terapia mental», según Erdogan) y prospecciones gasísticas en el Mediterráneo, en aguas que reclaman Grecia y Chipre.

¿Cuál debería haber sido, pues, la respuesta de Von der Leyen?¿Callar y achantar? La costumbre de tragar forma parte del problema, también en situaciones de mucho menor enjundia, ventiladas por el sentido práctico de las mujeres. Venga, va, no hagas caso, tonta, qué más da, sonríe, aprieta el culo y los dientes, pasa palabra, acabemos con este asunto protocolario cuanto antes y volvamos a casa, donde aguardan otros quehaceres y un canasto de plancha. La presidenta de la Comisión ha sido oportuna subrayando un desplante a todas luces orquestado por Turquía —en otras reuniones en Ankara con máximos representantes de la UE, cuando todos los dignatarios eran hombres, hubo sillas para todos al mismo nivel—, sobre todo después de que el régimen de Erdogan se retirara del convenio europeo para la prevención de la Violencia contra las Mujeres y la Violencia Doméstica.

Von der Leyen hizo bien en sacarles los colores. Por las mujeres turcas. Por las que no tienen voz. Por las señoras, como la generación de nuestras madres, que nunca se sientan, siempre al servicio de los demás. ¿Te pongo más café?  

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