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Antonio Agredano

Antonio Agredano

Escritor

Urnas

La libertad es una suerte de toro mecánico en el que lo divertido no es saber cuánto aguantaremos sobre él, sino ver cómo de gorda será la hostia

Los candidatos a la presidencia de Madrid.

Como a mis hijos cuando se ponen imposibles, a veces tengo la tentación de asomarme a la terraza y gritar: “Haced lo que os salga de la polla”. La libertad, las cosas como son, es un salón desordenado. Una bendita zahúrda. Me gusta la pizza con piña y odio a Batman. De todo hay y si no lo hay, se inventa. Cuando era joven la libertad era tanta que ni siquiera hablábamos de ella. Pensar en los demás más que en uno mismo es, también, una gimnasia privilegiada. Ahora, sospecho, cuando hablamos de libertad no nos referimos a la propia, sino a la ajena. En estos tiempos, en los que la incorrección política se ejerce con zapatos castellanos y puro y que la censura es defendida por los de camisa de lino y las flequiteñidas, la libertad es una suerte de toro mecánico en el que lo divertido no es saber cuánto aguantaremos sobre él, sino ver cómo de gorda será la hostia.

La campaña electoral perpetua es un invento a la altura del autopesado de frutas en los supermercados o el home cinema para pisos de ochenta metros. Me gusta tanto la política que me obligo a no saber absolutamente nada de ella. «Todo es político», leo. Bueno. Es como decir: «Todo es música» porque el hijo de nuestra vecina se esté aprendiendo el Himno de la Alegría con una flauta de plástico. La política es, sobre todo, intentar no convertirlo todo en un coñazo. Seducir sin engañar, didáctica sin paternalismo, comprensión frente a imposición. Y no estos modernos reyes Midas de la fruslería, que todo lo que tocan lo convierten en tedio.

Entiendo que, sobre todo, la política es mejorar la vida de los ciudadanos y no este desfile de señores disfrazados como peluches gigantes interpretando a personajes de la Patrulla Canina en un circo mundial que, casualmente, ha montado la carpa en un descampado frente a tu casa. Con todos los respetos para la gran familia del circo y también mis respetos a Chase, Rubble, Marshall y compañía. Debates, entrevistas, portadas y siempre la misma letanía. Esta lucha entre orden y caos. Entre luz y oscuridad. Esta épica de banderas y puños al aire. Salvando la democracia con memes desde el sofá. Una derecha horterísima, una izquierda sobreactuada, y en mitad un montón de ciudadanos obligados a tomar parte en la comedieta. Lo siento, de veras que lo siento, pero lo veo así: como una función escolar de fin de curso en la que los políticos quieren impresionar a sus padres. Quizá soy un pánfilo y no vea más allá de mi nariz, pero confío en nuestro ordenamiento jurídico, confío en las mayorías democráticas, confío en que, antes de apretar de nuevo los gatillos, mantengamos esta confianza, casi infantil, en la palabra.

Y si no siento terror, que no lo siento, y si no quiero sumarme a uno de los bandos, dios me libre viendo el panorama, no es porque esté alienado o sea un vendido o un cruel privilegiado. Pagaré con vuestro cariño estas palabras, pero esta épica del Deliplus, esta pornografía de balas ensobradas, estos debatitos epidérmicos, sólo nos traerán tristeza, locales vacíos, pavimentos levantados y una blanda y macilenta frustración. La de no poder hacer ya nada.

La gente. Todo en nombre de la gente. Las barrabasadas de la ultraderecha, vendedores de alarmas, criticando chiringuitos de los que están locos por formar parte. La tibieza heterogénea de la izquierda, incapaz de hacer frente común contra un argumentario tan frágil y cortoplacista. Y luego dos partidos mayoritarios haciendo de coristas de los voceros que tienen a sus costados. Es desalentador. Y esto es sólo el principio. Plañideras y salvapatrias.

No tengo soluciones pero sí paliativos: vivir. No dejarse arrastrar por este absurdo desparrame. Votar con la cabeza y no con el corazón, al que nadie ha invitado a esta fiesta. Desinstalar el Whatsapp. Ser honestos, responsables: no toda violencia es física. Sumar. Escuchar. No caer en provocaciones, que a nada llevan, salvo a convertirnos en desconocidos para nosotros mismos. Abrazarnos al futuro. Y hacerlo sin una narrativa cinematográfica. En la calle está la respuesta a todo. Sólo hace falta dar un paseo para ver que nuestros representantes están en otro plano. Que las injusticias se mantienen en el tiempo, más tenaces que la propaganda, más terribles que las que nos han relatado. Que hay dos Españas pero no están enfrentadas, sino que una se tumba inmisericorde sobre la otra.

No es Madrid. Me he encontrado a mi exnovia en El Corte Inglés cien veces. No es Córdoba o Sabadell. Es un nosotros que se ha diluido, que ha sido secuestrado por unos representantes políticos que nos están tomando el pelo, que han llevado la política a uno de esos casposos campos para guerrear disparando bolas de colores. Y nosotros no estamos ahí. Estamos a nuestras cosas. Elisa en el hospital dando malas noticias a pacientes encantadores, Belén cuidando a sus padres, Carmen comiéndose una lasaña precocinada tras un día de mierda en el trabajo, Simón escribiendo poemas, Pilar ayudando a su hijo para que vuelva a caminar tras su accidente de moto, María en una interminable reunión de Zoom, Manuel en una cafetería pasando perfiles en Tinder. Ser libres es echar el freno antes de que esto descarrile. Bajar el tono. Respetar, sin matices, las urnas y a los que depositarán su voto en ellas. 

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