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Mercedes Gallego

OPINIÓN

Mercedes Gallego

Donde el mar no se puede concebir...

La Gran Vía de Madrid.

La Gran Vía de Madrid. EFE

Hay pocos lugares donde tengo la sensación real de estar como en casa y uno de ellos es Madrid. Percepción que conservo intacta cuando apenas compartimos un lustro y han pasado bastantes más desde que solo tenemos encuentros furtivos. Como con un amante que te hace tocar el cielo pero sabes que las citas en la tierra tienen las horas contadas. Así es mi relación con Madrid y con esas ganas voy a su encuentro siempre que puedo. Y ella me recibe como lo ha hecho desde que nos conocemos: sin preguntar y con los brazos abiertos. No en vano fue la ciudad en la que descubrí que había vida más allá de la que hasta ese momento yo vivía y eso, cuando te sucede en el inicio de tu andadura en solitario, marca.

De aquel despertar a lo que para mí era un mundo nuevo recuerdo el contraste entre sus grandes e impersonales avenidas y ese sinfín de pequeñas callejuelas que, tan de pueblo se me asemejaban, que en más de una ocasión me sorprendí saludando como hacía en el mío a quienes me encontraba de camino al metro. Y ellos, como vecinos de una pequeña villa en vez de una gran urbe, contestaban atentos. Reconozco que eso me conquistó.

Aún así, por encima de todas las sensaciones, es la de una libertad desmedida (personal y del entorno) la que con más nitidez recuerdo. Y la que no me puedo quitar de la cabeza desde que la recién entronizada presidenta de la Comunidad hizo de esta palabra su lema de campaña. Un término que no por mucho pronunciarlo significa más. Más bien menos. Que se lo pregunten si no a los que tuvieron la fortuna de conocer el Madrid libre de Tierno Galván. Claro que eso, comparado con el panorama actual, eran palabras mayores. Tanto que entonces hasta el mar se podía concebir allí. Ahora, en cambio, ni se huele.

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