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José A. García del Castillo

LA PLUMA Y EL DIVÁN

José A. García del Castillo

Reduccionismo emocional

Reduccionismo emocional

Reduccionismo emocional

Nos pasamos la vida reprimiendo emociones. La más rancia tradición popular ha sido tajante con la expresión y la manifestación de las llamadas pasiones humanas, que han sido entendidas tradicionalmente y por demasiado tiempo negativas, sobre todo, por ser incontrolables o parecerlo.

No deja de ser paradójico que, de las seis emociones básicas, cinco tiendan a entenderse como negativas y solamente una como positiva. Esta es una primera visión reduccionista de las emociones, dado que su función principal en la vida cotidiana de cualquiera es funcionar como reguladoras de nuestro comportamiento y como adaptativas para las situaciones en las que son más necesarias.

De todas ellas, la única netamente positiva y representativa por su gran poder de seducción es, sin duda, la alegría, como sentimiento placentero que aumenta todos los potenciales humanos para vivir en armonía. Es, además, la más contagiosa de todas, lo que favorece que las relaciones interpersonales mejoren y se potencien.

Por su parte, la sorpresa podríamos entenderla también como una emoción positiva, dependiendo del carácter de la misma. En cualquier caso, lo bueno o lo malo, es que dura muy poquito, se desvanece con la misma rapidez con la que surge.

En cuanto a las netamente negativas, siempre desde su visión reduccionista, el asco es una de las más meritorias, por como retuerce nuestros sentidos y nuestro raciocinio. El asco nos salva de morir si algo está podrido, ya sea ese algo persona o cosa.

La tristeza es la máxima representación de la pena, por algo o alguien, que puede ser real, pero también imaginaria y normalmente va asociada a la pérdida. Estar triste es una forma de hacer una parada en la vida para enfrentar la situación con más energía mediante el apoyo de los demás.

Posiblemente entre las más desagradables esté la emoción de miedo, aunque a muchos les gusten las películas de terror y «disfruten» con ellas. Pero esta emoción nos protege de infinidad de peligros reales o imaginarios, que podrían destruir nuestro equilibrio emocional y físico.

Acabamos con la ira, eso que a veces aparece con arrebatos incontrolables y que puede dañarnos a nosotros mismos y a los demás. Está claro que cualquier frustración, persona tóxica o situación que nos supera y altera, puede hacer que salten los resortes de la ira y enfadarnos hasta con la propia vida.

Siendo muy reduccionistas, podríamos sentirnos alegres por seguir vivos, sorprendernos de que siga saliendo el sol cada mañana, asquearnos de tanta hipocresía política, entristecernos por perder derechos y enfadarnos por seguir siendo manipulados. En cualquier caso, liberemos nuestras emociones.

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