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Matías Vallés

La izquierda añorará a Iglesias

El fundador de Podemos ha cambiado la historia de España con mayor intensidad que buena parte de los presidentes del Gobierno

El ex líder de Podemos, Pablo Iglesias, junto a los ex miembros de su equipo, Tania González, Carolina Bescansa, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero, durante el acto de clausura de la Asamblea Ciudadana en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid.

El ex líder de Podemos, Pablo Iglesias, junto a los ex miembros de su equipo, Tania González, Carolina Bescansa, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero, durante el acto de clausura de la Asamblea Ciudadana en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid.

No ha quedado claro si Madrid hoy independentista es España, pero desde luego que España es Madrid y poco más, véase el éxito concitado por las elecciones provinciales de la capital. El acusado instinto de Pablo Iglesias para convertirse en el foco de los acontecimientos, le dirigió al escenario óptimo para su inmolación. El político admirable por tantos motivos ha sido derrotado por su personaje. Como Mao, convirtió su revolución en un sultanato. Pudo ser un amo del universo, pero le dominaba la inconstancia que también lastraba a Obama.

El adiós a Iglesias debía ser tan desproporcionado como la evaluación continua de este táctico antes que estratega, mejor esprinter que fondista. Quienes le reputaban cobardía, por refugiarse en el aforamiento de las sucesivas acciones penales que le han inventado, ahora lo tildan de idiota por desprenderse del armiño protector ante los miles de cazadores que lo tienen en su punto de mira. El fundador de Podemos cambió la historia de España, con mayor energía y eficacia que buena parte de los presidentes del Gobierno, antes de que la historia de España cambiara a su vez a Iglesias y lo expulsara de su seno.

También acabó probablemente en la hoguera el niño que gritó «el Rey está desnudo», por citar a una de las víctimas de Iglesias aunque no la más importante. Parece un tópico constatar que la ausencia propicia la nostalgia evocadora, pero nadie ha añorado a Mariano Rajoy durante la mayor crisis sanitaria española, dado tal vez su currículum científico en la detección de «hilillos de plastilina» o en el negacionismo climático. En cambio, la izquierda tendrá tiempo de añorar a Iglesias, ahora que el progresismo se dispone a ser despedazado por una derecha con esteroides. Queda claro que Pedro Sánchez durmió a rienda suelta el día en que el inventor de Podemos dimitió de la vicepresidencia en que se aburría. Por contra, ¿pudo conciliar un sueño sin perturbación el presidente del Gobierno el pasado martes, fecha en que se consumó la extinción del hombre que le obligó a plantear la primera moción de censura ganadora de la historia?

A la derecha le sobran los motivos para odiar a Iglesias, pocos políticos la han colocado al borde del pánico con la eficacia del disidente que pisoteó el santoral de la izquierda. En un desenlace homérico, el astuto dinamitador del puerto de arrebatacapas en que había degenerado el conservadurismo cae al topar con una presidenta madrileña nacida en su mismo día, pero incapaz de enhebrar un discurso en condiciones más allá de las apelaciones continuas al terrorismo, el independentismo y el estalinismo. El inventor de Podemos ha tenido que leerse toda la prosa política para afianzarse en un entorno salvaje, Díaz Ayuso triunfa gracias a que no ha leído nada. El docto comunista se hunde al topar con alguien que le supera en populismo. No es inusual, Bill Clinton debía disimular ante su electorado que era capaz de recitar los fragmentos literales de clásico de la pluma con los que embelesó a García Márquez, Carlos Fuentes y William Styron.

Las grandes reformas deben ser apadrinadas por políticos inesperados, para pillar desprevenidos a quienes se han amurallado contra el cambio. No se necesita mayor aclaración en el país de Adolfo Suárez, el jerarca del Movimiento que procedió a su liquidación desde dentro y desde el centro. Con el tiempo, propuestas de Iglesias que sacaban de quicio a sus rivales serán incorporadas pacíficamente. A vuelapluma, cuesta descalificar la subida del salario mínimo, la renta básica o la apuesta decidida por los ERTE.

Joe Biden, el Juan XXIII de la Casa Blanca, encarna a la perfección al ortodoxo irreprochable que le da la vuelta contra pronóstico a la sociedad de su tiempo. Cuando se templen los ánimos, se reconocerá que el presidente estadounidense ha adoptado el arsenal de medidas de Iglesias sin conocer a su autor. Aumento del salario mínimo, ayudas directas a los ciudadanos y, sobre todo, la enérgica soflama contra «quienes ganan más de 400 mil dólares» o contra las «corporations» a quienes reclama con furia ni más ni menos que «su parte proporcional» en los impuestos. En efecto, un sermón evangélico muy a la izquierda del PSOE, que no se atrevería ni a esbozar dichas propuestas. Y por cierto, hasta los techos de ingresos a tasar coinciden con el baremo asumido por el dueño de Podemos. 

De hecho, Biden ha expuesto lo suficiente para que, en la recia tradición pistolera estadounidense, se haya puesto en marcha alguna iniciativa seria para asesinarlo a cargo de los nuevos magnates petroleros digitales. También el último Iglesias se obsesionó con su caducidad individual, como si su muerte fuera la única incomprensible. A cambio, figuras más tolerables como el propio Sánchez o Yolanda Díaz se quedan sin el pelele que se llevaba sus golpes, y solo han balbuceado incoherencias tras la caída de Madrid.

La derecha madrileña ha votado a Ayuso contra Iglesias, la izquierda residual ha apoyado a Más Madrid contra Iglesias. La única aportación de Íñigo Errejón a la política española consiste en haber traicionado a su siamés. Sin duda, el eterno adolescente es el dirigente de Podemos a quienes los adictos a Ayuso querrían como yerno, porque además no necesitarían votarle. Al contrario, en la intimidad familiar les confesaría con tono peronista que la derecha tiene razón en tantas cosas.

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