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Antonio Sempere

El teleadicto

Antonio Sempere

Borrachera de abrazos

Ferreras

Ferreras

Pongamos el contador en marcha. ¿Cuántos abrazos lanzará a lo largo de la mañana Antonio G. Ferreras del principio al fin de su programa? Son abrazos figurados, en la distancia. Desde el Zoom, desde la pantalla que cada cual emplee en su domicilio o en su lugar de trabajo. Pero el ímpetu con que los envía Ferreras es desaforado. Como si se tratase de personas a las que hace un siglo que no ve. O como si estuviese despidiéndose de colegas a los que ya no verá jamás. Aunque la anterior conexión se haya producido una hora antes y la siguiente vaya a tener lugar un rato después.

Qué abrazados y requeteabrazados deben sentirse cada día Miguel Sebastián, el magistrado Joaquín Bosch, Diego López Acuña, Ernesto Ekáizer, y tantos otros. Son saludos reiterados y superlativos los de Ferreras, que van incluidos en su forma de hacer. A estas alturas de su carrera, le resultaría imposible concluir una conversación liviana con cualquiera de sus colaboradores habituales sin el consabido un abrazo fuerte, un abrazo inmenso, un abrazo enorme.

Abrazos, todos ellos, que se no son más que palabras que se evaporarán como lágrimas en la lluvia, que decía aquel. Pura fórmula. Puro retruécano. Puesto que si los abrazados en lugar de estar en sus casas y en sus despachos apareciesen en el mismísimo plató a nadie se le ocurriría abrazarles. Ni ahora ni en el caso de que la pandemia estuviese clausurada y el contacto personal a la orden del día.

El vocabulario de Ferreras (profesor, doctora, magistrado, licenciado) tiene sus tics. Como sus despedidas. «Mañana más. Resistiendo. El periodismo sigue con Helena Resano». Y no va a cambiar.

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