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Miguel Ángel Santos Guerra

Directores en tiempos de pandemia

Directores en tiempos de pandemia

Directores en tiempos de pandemia

Este artículo nace de una sugerencia que me ha llegado de muy lejos. En efecto, he recibido un largo correo de un amigo argentino, director de una escuela mendocina llamada El Molino en el que me habla de las vicisitudes inherentes a su cargo. Hace años tuve el honor de ser nombrado padrino pedagógico (por decreto ministerial) de otra escuela que él dirigía en El Sosneado, barrio humilde situado en las afueras de San Rafael, población de la provincia de Mendoza.

Recuerdo que, después de la ceremonia de nombramiento, planté un árbol del paraíso en el patio de la escuela y recorrí emocionado sus modestas instalaciones. En la puerta del despacho de dirección pude leer un pequeño cartel que decía: “Esta puerta está cerrada solo para que no se vuelen los papeles”. Sobre su mesa escritorio había colocado el siguiente pensamiento: “No me las sé todas”. Ambas iniciativas, de alguna manera, definen la figura de este peculiar director.

Piensa Horacio Muros (así se llama mi amigo) que es el momento de hacer visible el esforzado, angustioso y complejo trabajo que tienen que realizar hoy los directores y las directoras de las escuelas al frente de su equipo directivo y de su comunidad educativa. No habla solo de tareas y exigencias de diversa índole, se refiere también al enorme cúmulo de emociones que requiere la relación con todos los miembros de la comunidad educativa.

La verdad es que solo la lectura del correo te deja extenuado. Voy a dejar constancia, sin ánimo de ser exhaustivo, de algunas tareas porque estoy seguro de que muchas personas no son conscientes de la enorme responsabilidad y el enorme esfuerzo que supone hacer frente a todas las exigencias, unas habituales y otras extraordinarias que impone la gestión educativa en esta prolongada pandemia, tan llena de vaivenes, de angustia y de incertidumbre.

Horacio habla de “rutinas tan complejas como delicadas y extenuantes”. He de añadir que muchas de ellas han tenido que improvisarse y llevarse a cabo en un clima de perplejidad y temor. Enumeraré solo algunas: respeto de las distancias tanto entre alumnos como entre docentes, ventilación de las aulas, uso de mascarillas (en Argentina se llaman barbijos), agrupamiento mediante burbujas, docentes aislados esperando resultado de pruebas trabajando de forma remota, docentes de baja por enfermedades preexistentes, docentes o alumnos que han dado positivo y que movilizan toda la organización, reuniones virtuales por meet o zoom, uso de WhatsApss para comunicarse con docentes, alumnos y familias, promoción acompañada, flexibilidad curricular, adaptaciones curriculares…

Otra tanda de tareas se aglutinan en torno a los protocolos sanitarios de diverso tipo (teniendo en cuenta que los directores y directoras poco o nada saben de cuestiones técnicas relacionadas con el virus): interpretación, puesta en marcha y control de protocolos escolares, protocolos jurisdiccionales, protocolos nacionales, plan Covid institucional, referentes Covid de las escuelas, referentes Covid del sistema de salud, sala Covid de aislamiento para alumnos y alumnas  con síntomas… A una escuela acuden muy diverso tipo de alumnos y de alumnas. La brecha digital ha exigido de la dirección de los centros unas respuestas apremiantes.

El equipo directivo se ha encontrado con alumnos y alumnas que no tenían conexión a internet, o que no disponían de ordenadores, tablets ni móviles, y alumnos que no sabían manejarlos o que no encontraban en la casa el lugar adecuado para la necesaria concentración que exige el aprendizaje. En un contexto vulnerable como el de la escuela El Molino hay que añadir a todas estas funciones y tareas “el ejercicio de la solidaridad con aquellos familias que necesitan una atención especial, dada la situación de aislamiento que presentan y la necesidad de asistencia alimentaria y hasta humanitaria”.

Horacio hace referencia también a la disputa entre las opciones de presencialidad/no presencialidad que “se disputan los políticos como si se tratase de un botín de guerra”. Téngase en cuenta que la presión social sobre la escuela es siempre muy grande. Por otra parte, hay también presión administrativa ya que las normas suelen ser abundantes y minuciosas. La escuela está sometida a un fuego cruzado y en la primera línea se encuentra el equipo directivo. Todo ello en un clima de enorme incertidumbre, sin saber lo que irá a suceder la semana próxima, el mes próximo, el curso próximo.

Súmese a ese cúmulo de tareas y preocupaciones (y eso no lo dice mi amigo Horacio), la actitud de algunas familias negacionistas que han declarado la guerra a la dirección de la escuela por el simple hecho de estar dándolo todo por defender a la comunidad educativa del contagio. De eso ya hablamos hace unas semanas en este mismo espacio. “Organizar la escuela en tiempos de pandemia, dice Horacio, podría asemejarse a armar un fino mecanismo de relojería muy delicado de protagonismos en un contexto que muta cada día hacia nuevas circunstancias determinadas por nuevos emergentes, inventando nuevas estrategias para garantizar el desarrollo de la vida institucional en condiciones saludables y a su vez atender las distintas fricciones que aparecen cada día entre los miembros de la comunidad”.

El Director de El Molino habla de la tristeza de la despedida de personas queridas para los miembros de la escuela que el virus “se ha llevado con la mayoría”, como dicen en algún país que ahora no recuerdo para hablar de la muerte. “Tiempo de gestiones complejas si las hay, tiempos alterados, de vacilaciones, inseguridades, perplejidades, con la Covid amenazando con olas de naufragios; sin embargo, las escuelas sostienen -como siempre- el timón con toda su fuerza dando respuestas al mandato y demanda social, evitando encallar en la desilusión y la desesperanza, desplegando e hinchando sus velas frente a la incertidumbre de los vientos…”, dice este Director comprometido desde hace muchos años con el liderazgo de su institución. La escuela es una organización compleja en la que se cruzan variables de tipo ideológico, político, económico, ético, sociológico, filosófico, pedagógico… Pero hoy es aun más compleja por las imprevisibles y novedosas exigencias que impone la pandemia. Los directores y las directoras de las escuelas comparten con el profesorado unas exigencias novedosas, delicadas y problemáticas para las que nadie y nunca les había preparado.

En mi libro Las feromonas de la manzana, hablo de los verbos de la dirección. Los divido en dos grupos: verbos de contenido pedagógico rico y de contenido pedagógico pobre. Horacio menciona algunos, que yo sitúo en el primer grupo: coordinar, administrar comunicar, integrar, promover, acompañar, contener, tomar decisiones que trascienden las maneras organizativas, los vínculos y las comunicaciones tradicionales.

Muchas rutinas han saltado por los aires al contacto con la nueva realidad. Sirvan estas líneas de reconocimiento, admiración, gratitud y afecto a estos profesionales que, sin una compensación equiparable al esfuerzo y a la responsabilidad que tienen, están en el epicentro de la transformación de las personas y de las sociedades en estos tiempos de crisis. Quiero, con este artículo, rendir tributo a tantos y tantos directores y directoras que han tenido que navegar en tiempos de tan poderosa y prolongada tormenta.

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