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Luis Prats

UN GOL AL ARCO IRIS

Luis Prats

Tengo un sueño («I Have a dream»)

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La afición del Hércules protesta por la mala situación del club Héctor Fuentes

Cerca de dos mil alicantinos recorrieron el domingo las calles de Alicante, desde Luceros al Ayuntamiento, con una frase mil veces repetida a voz en cuello: «Ortiz vete ya». Elásticas blanquiazules en almas herculanas, banderas blanquiazules al viento, bufandas ufanas de su escudo, pancartas varias portadas por niños, jóvenes y mayores, herculanos de toda edad y condición en perfecta formación, se manifestaron contra la lamentable gestión de Enrique Ortiz al frente del Hércules durante más de dos décadas. Todos unidos pidieron a gritos la salida del club del propietario, máximo accionista, el todopoderoso señor de Zarandieta, tras hundir al equipo en la cuarta división del fútbol español.

Solamente la maldita pandemia ha evitado que hubieran sido muchos miles más los manifestantes. Tengan por seguro que si hubiera habido público en las gradas del Rico Pérez, la propiedad y su comitiva hubieran sido recriminados con masivas pañoladas, con silbidos y gritos de «fuera, fuera», pidiendo la dimisión de todos y cada uno de los que acompañan a Ortiz, y su salida inmediata del club.

Yo tengo un sueño, todos los herculanos tenemos un sueño. Que Ortiz venda, que se vaya, que su estancia en Zarandieta quede como un maléfico pasaje onírico en la historia de la entidad. Yo tengo un sueño, como todos los herculanos, que el máximo accionista no nos engañe más y de una vez coja las maletas y salga de las oficinas del club. Que venda, que no haga un renuncio más como cuando filtró la noticia a través de un Quique Hernández, engañado hasta la saciedad en su bonhomía, que acabó harto y abandonándole a su suerte.

Pero que sea consciente de que el valor del club al que ha llevado a la mayor catástrofe de su historia no es en absoluto el que el tasa a su manera, nadie en su sano juicio pagaría lo que Ortiz pretende llevarse. El, y solo él, ha sido el causante de la bajada en picado del valor del Hércules. Cuanto más tiempo siga en la poltrona, menos valdrá, menos caja hará. Como hombre de negocios lo sabe, pero su orgullo le impide hacer lo que requiere la situación, no está dispuesto a que le tuercen el brazo. El es la propiedad. Lo que todavía no sabe es que no es el sentimiento. Y toda una ciudad puede más que la ambición de uno de sus vecinos. Hasta la corporación municipal, hasta el alcalde, se une al grito de «esto se tiene que acabar Ortiz».

Yo tengo un sueño, todos los herculanos lo tenemos. Ese sueño en el que al despertar confirmamos una realidad herculana sin Ortiz, un Hércules distinto y distante del actual propietario. Un Hércules que caiga en las manos de quien apueste al tiempo por el equipo, por la afición y por la ciudad. Unas nuevas manos comprometidas sin ver el club nada más que como un mero negocio al que sacar la máxima rentabilidad cueste lo que cueste y sea lo que sea. Es el sueño que nos une y nos hará más fuertes, es el sueño de que este envite hay que ganarlo, de que nos tenemos que quitar de encima el peso que ha hecho del Hércules un pecio, justo cuando alcanza el siglo de existencia. Peor imposible.

Cuando Martin Luther King congregó a ciento de miles de almas junto al obelisco en su épico discurso, en agosto de 1963, el Hércules acababa de fichar a dos jóvenes talentos alicantinos que marcaron una época, Arana y Ramón. En esa temporada jugaron la promoción de ascenso a primera, que se consiguió tres años después. El sueño se hizo realidad. Como Luther King, no, no estamos satisfechos, y no quedaremos satisfechos hasta que el responsable de este descalabro histórico salga del club. ¡Ortiz vete ya! Ha llegado el momento.

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