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Higinio Marín

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Higinio Marín

Pasear

Esa mirada le descubre al mundo un modo de ser invisible para cualquier otro viviente, el paisaje

"El paseo es al andar lo que el sabor al comer", destaca Marín

"El paseo es al andar lo que el sabor al comer", destaca Marín

Andar tiene la ventaja sobre todas las demás formas de movimiento terrestre de dirigir la mirada al horizonte, al lugar donde se acaba lo visible y despunta lo invisible. La consecuencia es que los hombres podemos como los demás animales correr, transitar, merodear, huir, pero a diferencia de todos ellos nosotros podemos, además, pasear. Ciertamente, ir de paseo no consiste en caminar mirando el horizonte, pero solo puede pasear el animal que lo reconoce y que, de algún modo, lo tiene presente.

No importa si la mirada se dirige a lo lejos, a unos pocos metros o si ni siquiera se atiende al mirar absorbido en meditaciones, porque en todos los casos el paseante lo hace al paso de su atención, de su mirada dirigida afuera o adentro. Esa mirada le descubre al mundo un modo de ser invisible para cualquier otro viviente, el paisaje.

No hay animal que haya visto cosa semejante a un campo florido, ni un amanecer luminoso, ni un mar enardecido, ni unas calles bulliciosas. Ningún otro animal ha transitado por esos lugares ni los ha visto nunca en realidad. Verlos es tanto como pasear porque el paisaje es el modo del mundo abierto por el paseante. No hay paisaje ni paseo para una mirada incapaz de ver el horizonte.

Los diccionarios no aciertan del todo cuando describen el paseo como un salir y caminar por distracción o ejercicio. Salir de paseo no es un mero deambular y requiere de una cierta dirección interior que se caracteriza, precisamente, por no tener ningún objeto preciso más allá de salir y caminar. El paseo es la forma misma del salir para habitar el fuera del mundo. Pero no se trata solo de cruzar lugares sino de convertir esas travesías en fines. Convertir los medios en fines es un privilegio humano que nos permite habitar el mundo: caminar por caminar, para hacer todo lo que es posible al mismo tiempo o para no hacer nada de todo eso y solo caminar.

En el paseo se le da tiempo a la distancia, en cambio, en el mero ir, se quita tanto como se puede. Por eso, aunque los paseos pueden tener como objetivo el descanso o la distracción, lo cierto que no se pasea para llegar a un lugar pues su destino no está fuera de él sino dentro: el pasear mismo. Es posible, incluso, dirigirse a un lugar preciso y, sin embargo, convertirlo en un paseo, pero entonces el ir mismo se ha puesto a la altura del llegar.

El paseo es al andar lo que el sabor al comer, a saber, una demora gustosa que toma una necesidad como ocasión para excederla, para experimentar la proporcionalidad secreta entre la vida y el mundo. Por eso me conmueven las descripciones del nuevo cielo y de la nueva tierra como un lugar donde se siente la suave brisa de la tarde, como si el paseo fuera la forma original y natural de habitar en el mundo cuando era el paraíso.

Tal vez por eso los jardines no son meros lugares floridos o frondosos, sino que todos ellos tienen pasajes por los que es posible discurrir: pasajes que dan forma al paisaje. Del jardín se pueden suprimir los bancos o lugares para el reposo, aunque con enorme pérdida, pero no se puede prescindir de ninguna manera del camino que deja transitarlo. Sin la posibilidad del paseo un jardín no lo es en realidad y deviene selva. Y de ahí que pasear sea, incluso en medio de una gran ciudad, como abrir vías lentas dispuestas para la contemplación y la demora. Por eso, seguramente, el urbanismo necesitó denominar a los lugares dispuestos para el caminante precisamente como «paseos».

No puede extrañar que cuando en el siglo XIX el barón Haussmann abrió los grandes bulevares de París, tuviera como una de sus finalidades la ventilación urbana, es decir, abrir paso a las suaves brisas. Su amplitud, arbolado y pavimentos peatonales abrían unas vías lentas que son para la habitabilidad de las ciudades tan necesarias, o más incluso, que las vías rápidas. Esos oasis con rutas de lentitud dieron forma también a la idea de ciudades-jardín donde moverse debía formar parte del estar y del habitante y no del pasar del transeúnte.

Aunque solo sea ocasional, esa lentitud es necesaria no solo para la vida en las ciudades, sino que forma parte sustancial de los viajes que, si no se jalonan de paseos, no pasan de ser desplazamientos y estancias. De hecho, cuando en mitad de un viaje en tren o en coche reparamos en el paisaje, la velocidad se ajusta al detenimiento de nuestra contemplación y un breve fragmento del paseo se incrusta en nuestra velocidad. Pasear es una travesía, pero no solo de lugares sino de uno mismo y de ahí que con frecuencia esos lugares y nuestra mirada se hagan interiores.

Concentrado o disperso, el paseante discurre por entre el mundo convertido en asunto o por entre sus propios asuntos convertidos en espacios donde dar pasos, donde deambular. Por eso, a pesar de su rotundidad, nunca me ha parecido atinada la representación del pensador de Rodin que, como dice Rousseau de sus paseos solitarios, parece que “perdida toda esperanza de hallar alimento para mi corazón en la tierra, me acostumbré poco a poco a nutrirlo con su propia sustancia”.

Sin embargo, no se piensa en una tensión curva sobre sí mismo, sino con la demora atenta y admirada del caminante que mira en su derredor sin dejar de ver dentro de sí. Eso es lo que significa etimológicamente «peripatético», que se hace caminando. Aunque esa expresión sirve hoy para nombrar a los discípulos de las doctrinas aristotélicas, debería servir para dar su figura física al pensamiento: pensar es merodear alrededor de un asunto, tal y como hacemos alrededor de lugares cuando paseamos.

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