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Encalao en el terrao

Tomamos el tren (y 3)

TOMAMOS EL TREN (y 3)

TOMAMOS EL TREN (y 3)

De regreso, el mismo día de la inauguración, el 11 de mayo de 1884, en menos de dos horas el ingeniero Juan Leach, que iba en la expedición, ordenó las cosas dejando expedita la vía y la locomotora en su sitio, mientras los viajeros pasearon por el campo a sus anchas o tomaron la sombra bajo las raquíticas higueras, que apenas resguardaban de los rayos del sol implacable.

El conde de Fabraquer, jovial y contento, pidió una guitarra y se organizó una improvisada juerga a la vista del mar, de las salinas y de los molinos que habían antes de llegar a Torrevieja, estando a tan sólo cinco kilómetros de esta población.

Un guardia forestal a caballo, que vio el accidente, avisó a la estación de Torrevieja que envió una máquina que arrastrando dos vagones pedreros desvencijados, de los utilizados para el transporte de los trabajadores y llenos de herramientas, fue en auxilio de aquellos ilustres viajeros, recogiendo a toda la comitiva (obispo, alcaldes, autoridades, periodistas, políticos, nobles, etc.) que eran centenar y medio. Arrancó el improvisado convoy y cantando y bailando. No había otra cosa; ciertamente que todos apiñados en tan humilde vagón no era la forma más digna de entrar en la estación de Torrevieja que se encontraba adornada con un arco triunfal y carteles que decían: «El Excmo. Señor Ministro de Fomento» Al Excmo. Señor Conde de Víamanuel».

Forzosamente, los actos y el refrigerio previsto hubo de apresurarse ante el imprevisto retraso. Una multitud esperaba impaciente tremolando pañuelos y vitoreando a la comitiva. Sobre las aspas de un molino de viento se agitaban multitud de banderolas. Un templete especial erigido por el Casino de Torrevieja se levantaba bellamente exornado cerca de la vía. En un parterre se colocaron mesas con olorosas flores y champagne, licores y dulces para obsequiar a los expedicionarios. Torrevieja se portó como pueblo culto, amante de su crédito, a pesar de la crisis que atravesaba: los buques varados, los campos por cultivar, los obreros sin trabajo… Refrescos, vivas al rey y al prelado de la diócesis de oriolana.

En la sala de descanso el presidente del gobierno recibió a una comisión de señoras que aguardaba para dar lectura a un buen pensado discurso en el que se interesaba la subvención de los trabajos de reedificación del templo de la villa destruido años atrás. Antonio Cánovas del Castillo, en nombre del gobierno, ofreció 25.000 pesetas que las damas agradecieron sentidamente en nombre de la ciudad.

El regreso tuvo lugar con el mismo vagón de trabajo hasta el lugar del accidente. Entre los acordes de la Marcha Real, el tren se puso en movimiento, parándose, a dos kilómetros del descarrilamiento, por falta de agua y de carbón, teniendo que recorrer la expedición un tramo a pie, siguiendo la vía. Después de mucho forzar se llegó a quinientos metros, donde aguardaba el otro tren descarrilado, distancia que fue salvada a pie por el presidente del gobierno, obispo y acompañantes. Allí quedaron el descarrilado y el de Torrevieja subiendo todos en un tren que había llegado desde Orihuela.

Se llegó a Benijófar con grandes transportes de alegría y breve parada debido al retraso de tres horas sobre el tiempo previsto. Ya transpuesto el sol se atravesó el puente construido sobre el río Segura. A poco trecho Almoradí; luego el campo de Albatera, yerto y reseco. Alcanzándose la oscuridad de la noche, el tren tuvo que aminorar la marcha, pues no llevaba luces por no haber precavido trastornos como el ocurrido. Pasó por Crevillente con vivas al rey y a Cánovas del Castillo.

En Elche, donde se esperaba el tren desde hacía horas, se ignoraba el incidente. Para avisar de su llegada, con el fin de coordinar la recepción, se destacó el pirotécnico Jaime Labarranch hasta la casilla del paso a nivel del camino de Aspe, con un espectacular petardo que haría estallar cuando divisara el convoy.

Por fin, a las 9,30 de la noche, Albarranch vio cercarse al tren; inmediatamente encendió la mecha y el potente estruendo de un cohete fue la señal para que comenzaran a redoblar las campanas de Elche. En el interior de los coches, los vagones, los viajeros, asumidos en el cansancio de una intensa jornada, fueron despertados bruscamente por la explosión; el director del diario alicantino «La Reforma Liberal», comenzó a gritar que estaban tiroteando el tren, armándose un tremendo desbarajuste.

Atravesando el recién construido puente del Vinalopó, se llegó a la estación decorada de forma brillante con hachas de luces de colores entre las palmeras, donde tocaba la música mientras que una multitud prorrumpía en vivas al rey.

Continuando el viaje, pronto la locomotora abandonó los campos de palmeras de Elche para llegar al árido campo de Santa Pola. Su estación estaba separada de la población, en Torrellano., circunstancia que no favorecía para que a ella vinieran los santapoleros, pero no sucedió así, pues, aunque no paró la locomotora en aquella estación, fue vitoreado el presidente de gobierno Antonio Cánovas del Castillo por gentes que lo esperaban.

A las diez y media de la noche se consiguió arribar a la estación provisional de Alicante, atravesando la locomotora un arco con las banderas nacionales y extranjeras, coronado con trofeos que lucían os escudos de armas de Alicante y Murcia. La estación estaba adornada con flámulas y banderolas, y multitud de palmeras, simétricamente colocadas con cientos de luces que brillaban a través de vistosos fanales de colores.

En el centro de la estación se erigió un altar costeado por el Ayuntamiento de Alicante, para la ceremonia de la bendición del ferrocarril. Estaba rodeado de una verja apoyada en esbeltos pilares, ostentando cuatro ángeles con altos cirios encendidos. Sobre el altar aparecía un rico dosel de terciopelo con franjas de oro, viéndose bajo él una sencilla cruz de madera de palo santo con incrustaciones de plata, estando alumbrada por gruesos blandones sostenidos por candeleros del mismo metal. Tras la nueva bendición de la línea e, inmediatamente, a San Nicolás, en don de se ofició un solemne «Te Deum».

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