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Antonio Sempere

El teleadicto

Antonio Sempere

Tres años de À Punt

Imagen de una televisión antigua.

Alicante asiste al tercer cumpleaños del inicio de las emisiones de À Punt como convidada de piedra. No en vano es en Burjassot, a casi 200 kilómetros, donde se centraliza el operativo técnico y humano.

Con todo, lo peor de los servicios informativos de À Punt (el resto de la programación está externalizada, ¡hasta la información meteorológica!) radica en ese forzado pancatalanismo que le aplicaron sus inventores. En À Punt, durante estos 3 años, no han existido las provincias de Alicante, Valencia y Castellón. Sólo las comarcas del norte, centrales y del sur.

La pandemia que se nos cruzó en el camino no alteró ni una línea del libro de estilo. Durante los 14 meses que duró el estado de alarma, durante las angustiosas semanas de confinamiento, y más tarde, a medida que superamos la primera, la segunda y la tercera ola, los responsables de los informativos se negaron a dar su brazo a torcer, y ninguna de las presentadoras (ese mismo libro de estilo impide que pueda haber chicos) ni de los redactores pudieron informar ni un solo día de las cifras de fallecidos, ingresados en UCI o contagiados por provincias. Sólo se aludió al «territori» de forma global.

Cuando pasen varios años, recordaremos con rabia el fiasco y la vergüenza que tuvimos que soportar. Cómo durante el peor año de nuestras vidas el que debía ser el medio de proximidad por excelencia, el medio público que pagamos entre todos, resultó tan inoperante para relatarnos la crisis. Hasta el punto que tuvimos que echar manos de otros, como este diario, para saber qué pasaba en nuestros pueblos.

Y lo peor de lo peor: el silencio generalizado de la sociedad civil ante estas malas prácticas. Si es porque no se siente concernida, por pura desconexión, deberían encenderse las alarmas.

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