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Nicolás Maduro, en una imagen de archivo.

Nicolás Maduro, en una imagen de archivo.

Destacaba el otro día El País una información en primera página según la cual Venezuela se valió de una red de empresas en una treintena de países, entre ellos México, para burlar el embargo impuesto a su crudo por EEUU.

Se trata de una investigación del diario español y del medio venezolano Armando info, que revela cómo “se urdió esa red, que permitió al chavismo eludir las sanciones de la principal potencia del planeta”.

Los documentos obtenidos por ambos medios atestiguan, según El País, cómo evolucionó esa trama, “que intercambió primero petróleo por alimentos y camiones cisterna de agua potable y luego pasó a cobrar el dinero de las exportaciones a través de circuitos ajenos al control de EEUU”.

Hay que felicitar por supuesto a los autores de tan exhaustiva investigación, pero al mismo tiempo preguntarse si es aceptable que la superpotencia sancione a un país cuyo régimen no aprueba en un intento de acelerar su caída.  

No tiene por qué gustarnos el gobierno de Nicolás Maduro, y a quien firma estas líneas no le gusta, para denunciar la doble vara de medir que emplea la superpotencia a la hora de castigar a los países por incumplir supuestamente los derechos humanos.

¿Por qué sancionar, por ejemplo, sólo a la Venezuela de Maduro y no a tantos otros países, petroleros o no, que son claras e incluso sanguinarias dictaduras, pero a los que Washington, sin embargo, mima desde hace tiempo y trata como aliados?

¿Hay que rasgarse, por otro lado, las vestiduras ante el hecho de que las autoridades de un país así sancionado trate de burlar por los medios a su alcance, que no son muchos, el castigo que le han impuesto sobre todo para conseguir agua, medicinas o alimentos para sus ciudadanos?  

¿O es que hemos llegado aquí al extremo de considerar perfectamente normales las sanciones del autoproclamado gendarme universal y denunciar sólo las tretas que se buscan los así castigados para esquivarlas?

Y ya que hablamos de Latinoamérica, ¿qué decir del titular elegido recientemente por un medio conservador de la capital para hablar del triunfo del maestro rural Pedro Castillo en las recientes elecciones presidenciales peruanas?

Ese medio, que nos tiene acostumbrados a manipular sus informaciones ya sean de política nacional o internacional, atribuía el triunfo de Castillo y de otros líderes “populistas” de aquel continente al apoyo de Rusia y de Irán.

En mis treinta años de corresponsal, he recurrido con frecuencia a la prensa conservadora de los países donde he trabajado, pero nunca he visto casos tan burdos de antiperiodismo como la que uno encuentra por desgracia diariamente ciertos medios. 

Por cierto, la candidata derechista a la presidencia del Perú, Keiko Fujimori, a la que apoyaba ese gran liberal que es Mario Vargas Llosa, ha pedido la nulidad de varios cientos de mesas electorales. Es lo que suele hacer la derecha cuando pierde.

Según leemos, el ganador ha dicho cosas supuestamente tan revolucionarias como que, mediante una nueva Asamblea Constituyente, se propone “rescatar la salud como derecho universal” o que hay que “revisar los contratos con las transnacionales para que paguen más impuestos”. 

¿También nos parecen mal reivindicaciones tan elementales? Es “el mundo al revés”, del que habló aquel gran periodista y escritor uruguayo que se llamaba Eduardo Galeano.

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