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Joaquín Rábago

A todo imperio le llega su relevo

Biden y Sánchez, esta semana en su famoso paseo. | EFE

Biden y Sánchez, esta semana en su famoso paseo. | EFE

Ha sucedido con todos, con el persa, con el romano, con el mongol, con el español, el otomano y más recientemente con el británico: a todo gran imperio le llega antes o después el relevo.

Esa amenaza se cierne ahora sobre el estadounidense, que sustituyó al británico al final de la Segunda Guerra Mundial y que ahora se siente amenazado por ese extraño híbrido comunista-capitalista que es China.

A partir de 1945, Estados Unidos comenzó a extender su dominio global a su propia imagen y semejanza: cualquier país que no acataba las reglas que había fijado Washington sufría el castigo del Fondo Monetario Internacional u otras instituciones y, en el peor de los casos, se exponía a una intervención militar.

Su rival en aquel momento era la Unión Soviética, y EEUU emprendió una carrera de armamentos en un intento, finalmente exitoso, de acabar con lo que Washington consideraba “el imperio del mal”.

Cayó la Unión Soviética , con ella se disolvieron el Comecon y el Pacto de Varsovia, y quedó EEUU como la única superpotencia hasta el punto de que algún politólogo anunció prematuramente “el fin de la historia”, que era lógicamente el del triunfo global del capitalismo modelo USA.

Mientras tanto, Washington siguió invirtiendo cada vez más en armamento, firmando pactos de defensa y aumentando el número de sus bases militares por todo el mundo porque era la forma de hacerse respetar y defender sus intereses económicos.

Para ello, la superpotencia tenía que gastar cada vez más en armamento hasta el punto de que hacia el final del Gobierno de George W. Bush, Washington había despilfarrado cerca de tres billones de dólares en las guerras de Irak y Afganistán.

Para financiar ese gasto descomunal en defensa, Washington no aumentó los impuestos de los ricos, sino que optó por un endeudamiento masivo con la ventaja de que podía imprimir su propia moneda.

Pero como analizaron el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz y la profesora de políticas públicas Linda Bilmes, el enorme esfuerzo financiero que supusieron esas guerras junto al mantenimiento de cerca de 800 bases militares en más de setenta países o territorios redujeron su capacidad de respuesta a necesidades mucho más perentorias.

Entre los perjudicados por los extravagantes gastos militares están las infraestructuras del país más rico de la tierra, cada vez más descuidadas, las escuelas, muchas de ellas pésimamente equipadas, un sistema de salud que, lejos de ser universal, es mucho más costoso que los europeos, y la defensa del medio ambiente.

Según se ha calculado, el Gobierno del demócrata Barack Obama invirtió anualmente en defensa entre 2009 y 2014 unos 687.000 millones de dólares frente a 601.000 millones en los años que estuvo el segundo Bush en la Casa Blanca.

Las elites económicas norteamericanas, deseosas de aumentar de modo espectacular sus beneficios, decidieron mientras tanto que lo mejor para ello era trasladar sus centros de producción a China, aprovechando la baratura de su mano de obra.

Mientras en EEUU los especuladores se dedicaban a ganar dinero en bolsa, China llevaba a cabo una espectacular expansión económica gracias a la exportación de los productos que fabricaba por cuenta propia o ajena.

Para 2019 se había convertido ya, China en la segunda economía global y ese año representó el 28 por ciento del crecimiento de todo el planeta: su ritmo de crecimiento doblaba el de EEUU.

El despegue económico chino tiene como una de las causas su limitado gasto en defensa durante décadas de industrialización forzada. Aún hoy, el Pentágono triplica el presupuesto militar de China, que, sin embargo, ha experimentado un fuerte aumento.

Pekín lanzó en 2014 su Iniciativa de la Franja y la Ruta, un proyecto de construcción de infraestructuras para unir económicamente a Asia con África y Latinoamérica, a la que el republicano Donald Trump decidió responder con sanciones comerciales.

Su sucesor demócrata, Joe Biden, no parece dispuesto a moderar el astronómico gasto militar anual de su país, sino que incluso lo ha incrementado a 753.000 millones frente a los 740.000 millones de Trump.

Y ahora trata de convencer a los aliados para que se sumen a sus esfuerzos tendentes a impedir que el gigante asiático, que disputa a EEUU la hegemonía, tome finalmente un día el relevo.

Para ello se sirve también de la OTAN, cuyo obediente secretario general, el socialdemócrata noruego Jens Stoltenberg, califica el despegue chino como “el mayor desafío de seguridad de nuestro tiempo” (1).

China, dice Stoltenberg, “no comparte nuestros valores. Tiene un control de su población como jamás se ha visto”. Y, por si fuera poco, “cada vez se nos aproxima más y trata de controlar en Europa infraestructuras cruciales como puertos, aviones o redes de energía”. Es la versión actualizada del “peligro amarillo”.

(1) En declaraciones a Der Spiegel.

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