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Daniel McEvoy

Esperando a Godot

Daniel McEvoy

Otsukaresama

Otsukaresama

Otsukaresama

Imagino que, por el título del artículo de esta semana, inferirán que nos vamos a adentrar en el, en ocasiones, al menos para los lectores occidentales, proceloso mundo de la literatura oriental y, en este caso, de una forma más específica, de la japonesa. Pero no sólo vamos a tratar de literatura, sino que, más adelante, voy a intentar explicar el significado del concepto que encabeza hoy esta sección, muy imbricado en la forma de ser del pueblo nipón.

La literatura japonesa, debido a la dificultad de aprender ese idioma, no es muy conocida, salvo por autores que han escrito en inglés o cuyas obras han sido traducidas a ese idioma y al español, principales lenguas del mundo. Un caso paradigmático es el de Haruki Murakami, del que soy un ferviente seguidor, hasta el punto de encontrarme entre la legión de sus incondicionales que, año tras año, nos vemos tremendamente decepcionados cuando se falla el Premio Nobel de Literatura y nuestro ídolo no resulta galardonado.

Sea como fuere, sí hay dos oriundos del país del sol naciente que han alcanzado esa distinción. El primero de ellos fue Kawabata Yasunari (1889-1972), premiado en 1968 «por su dominio de la narrativa, que con gran sensibilidad expresa la esencia de la mente japonesa», en palabras de la Academia Sueca. En su discurso de aceptación, Kawabata, ante el público de Estocolmo, poco familiarizado con las tradiciones, la cultura y la literatura japonesas, supo trasmitir la delicada sensibilidad de su pueblo que, acaso por su mentalidad basada en la filosofía zen, aprecia la belleza efímera de la pléyade de manifestaciones de la naturaleza, como los ríos, las montañas, la luna, la nieve, o los árboles en flor.

El segundo Nobel japonés fue Kenzaburo Oe (Osehigashi, 1935), que lo obtuvo en la edición de 1994. De nuevo en palabras del representante del jurado «por ser alguien que, con fuerza poética crea un mundo imaginario, en el que la vida y el mito se condensan para conformar una imagen desconcertante del predicamento del hombre actual». Esta vez, la lección magistral del premiado llevaba por título «Aimai na Nihon no watakushi» (Japón, lo ambiguo y mi yo) y hacía un repaso de la tradición de los escritores japoneses de posguerra, en su esfuerzo por compensar las atrocidades cometidas por el Ejército Imperial en el transcurso de la II Guerra Mundial.

Sin duda, como les decía, comprender una literatura tan ajena a nuestra tradición cultural es complicado. Los orientales en general, y los japoneses en particular, tienen una forma de concebir la vida tan diferente a la nuestra que, incluso para personas que han vivido allí durante años, todavía resultan chocantes algunas de sus particularidades vitales. Una de ellas, sin duda, es el alto concepto que allí se tiene por el trabajo bien hecho; y el agradecimiento que todos muestran por quien lo realiza con especial dedicación y atención.

Los trabajadores, y los empleadores españoles, que no somos de los peores del mundo ni mucho menos, a pesar del pobre concepto que tenemos de nosotros mismos, sí adolecemos, en mi modesta opinión, de la capacidad y la sensibilidad de agradecer a compañeros, jefes y subordinados, esos momentos en los que realizan un esfuerzo por encima incluso de lo que se espera de ellos.

Precisamente, el título del artículo de hoy «otsukaresama» es una expresión japonesa que se podría traducir, aproximadamente, por «gracias por tu gran esfuerzo, gracias por tu trabajo, o buen trabajo». La locución está compuesta por el prefijo «o», que se emplea siempre que se quiera mostrar respeto por el interlocutor, el verbo «tsukareru», que significa cansarse, y el sufijo «sama», que recalca la idea de respeto.

Yo, como funcionario docente que soy, trabajando como inspector de educación los últimos catorce años, sé que el concepto de agradecimiento por el trabajo bien hecho en nuestra profesión ha decaído mucho en los últimos tiempos; casi nadie muestra gratitud, ni siquiera respeto, por el trabajo de los docentes, y se les imputan los males del sistema educativo, que son responsabilidad de los políticos y no de ellos.

Por eso, a estas alturas de julio, cuando los profesores están a punto de iniciar sus vacaciones (empiezan el 1 de agosto, no se confundan) quiero romper una lanza por todos los docentes, especialmente en un curso tan duro como el que acaba de terminar y, si me permiten una referencia personal, a todos los que han participado en las oposiciones de secundaria de este año, que a su labor habitual han tenido que añadir el trabajo que han desempeñado en los diferentes tribunales constituidos a tal efecto.

Yo he participado en ese proceso, coordinando los tribunales de la especialidad de Castellano de nuestra Comunidad. El trabajo ha sido arduo. De la organización no voy a hablar porque, como amante del modo de ser japonés, no puedo criticar a mi empresa. Pero a todas las personas que han colaborado en algo tan importante como es seleccionar a los futuros profesores, con especial mención a algunas, que no cito personalmente por no incomodarlas, pero que saben perfectamente que me refiero a ellas (miembros de la Comisión de Selección, presidentes de Tribunales y tantos otros) sólo les puedo decir otsukaresama desu.

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