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José Manuel Ponte

INVENTARIO DE PERPLEJIDADES

José Manuel Ponte

Periodista

El silencio de los atletas

La atleta española María Vicente.

La atleta española María Vicente.

Los “Juegos Olímpicos del silencio” se les llama a los que se están celebrando estos días en Japón. Se ha polemizado mucho sobre la conveniencia de no disputarlos para evitar la extensión de la pandemia entre el numerosísimo público que acude a presenciar este espectáculo deportivo cada cuatro años. Pero al final pudieron más los compromisos comerciales ya firmados, especialmente los relacionados con las televisiones y la publicidad, que son un negocio de dimensiones planetarias. En razón a todo eso, el Comité Olímpico Internacional acordó celebrarlos en las fechas previstas si bien sin público en las gradas de los estadios y previo un estricto dispositivo de seguridad con continuos análisis de la salud de los atletas participantes. Que fueron advertidos de su inmediata expulsión de la Villa Olímpica si se detectaba un contagio por el virus. La apuesta era arriesgada y los organizadores de la gran fiesta mundial del deporte temían verse obligados a suspender una competición ya iniciada por la aparición de un brote que diezmase a los participantes. Los atletas son gente joven y alegre, están sanísimos, y en vísperas de una actuación en un punto de forma óptimo, que requiere un desahogo inmediato para liberar la energía acumulada. Todos los años, de las grandes citas deportivas nos llegan noticias de juergas en las instalaciones donde se concentran los atletas (ellos y ellas) y al contrario de lo que piensa la gente del común esos juegos no son perjudiciales para su estado de forma sino al contrario muy beneficiosos, según nos cuentan especialistas en medicina deportiva. Y de manera especial entre los que participan en carreras de velocidad, que son explosivos. Pese a los temores y las prevenciones, las primeras jornadas olímpicas transcurrieron con relativa normalidad y salvo unos pocos casos el contagio del coronavirus respetó el programa. Otra cosa es el efecto que pueda ejercer el silencio en el rendimiento físico de los atletas dada la ausencia de público. Y ahí también debemos hacer algunos distingos porque no es lo mismo el “silencio administrativo” (positivo y negativo), que el silencio de los conventos, el de las profundidades marítimas, el que precede a un fusilamiento, el del futbolista que avanza hacia la pelota antes de lanzar un penalti, el del alumno que se queda en blanco tras una pregunta del tribunal, el del militar que aguarda el momento de entrar en combate, el del ladrón que escucha los ronquidos de los habitantes de una casa en la que entra a robar... En fin, las clases de silencio son muchas y variadas, pero si nos circunscribimos a los Juegos Olímpicos de Japón hemos de convenir que algunas especialidades se desarrollaron sin el ruidoso acompañamiento del público que jalea a sus favoritos. Por poner solo unos ejemplos, el tiro con arco, el karate, el judo, los lanzamientos de jabalina, de disco y de peso, el salto de altura, de longitud y el triple salto. Todos estos solo admiten como ruido de compañía los gritos que alentan el esfuerzo personal. Y quede para otro día una divagación sobre la necesidad, o no, de contar con público en las gradas. Una presencia prescindible porque su participación se va limitando a servir de animación.

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