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Miguel Ángel Santos Guerra

Amor a los libros

Leer

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Estoy muy preocupado por la escasa afición a la lectura de nuestros jóvenes. Bueno, de jóvenes y adultos. Pero especialmente de los jóvenes porque creo que una juventud que da la espalda a los libros es menos libre, menos inteligente y menos esforzada que una juventud que ama la lectura.

Más libros, más libres. Más libros, más comprensión del mundo. Más libros, más reflexión y más compromiso con la mejora de la sociedad en que vivimos. Si los libros están bien elegidos, claro. Porque da la impresión de que hay que tener criterios selectivos para ver series, películas y programas de televisión, pero que no hay necesidad de elegir bien a la hora de leer.

Mi hija Carla, que era una lectora voraz hace años, solo lee aquello que le exigen en el Colegio. Y a regañadientes. Me cuesta aceptar ese cambio. Está rodeada de más de diez mil libros en la casa, nos ve a los padres con libros en las manos (tengo esperándome un e-book hace años, pero me resisto a abandonar el objeto físico que me ha acompañado durante toda la vida, como amigo inseparable y fiel), la invitamos a leer con machacona insistencia, le hablamos de la importancia y la necesidad de la lectura, no solo para su formación sino para su diversión.

Cuando le pregunto por qué no lee (ahora mismo lo he hecho, deteniendo la escritura) me dice que no le entusiasma. También se lo he preguntado hace días a un grupo de amigos y de amigas que estaban en mi casa, y he podido constatar el mismo desinterés. Su respuesta me interpela como padre y debería interpelar también al profesorado. ¿Qué está pasando? Porque es evidente que algo les está pasando a los jóvenes y algo nos está pasando a los educadores y a las educadoras en las casas y en las escuelas.

Reflexiono sobre las causas de esta inquietante desafección. Y, sin pretensión de exhaustividad, se me ocurren las siguientes.

Leer supone un poco más de esfuerzo que encender la televisión. Ver una serie o una película solo requiere pulsar un botón del mando a distancia. Tumbados en el sofá, resulta muy cómodo seguir la historia al hilo las escenas. Y no es necesaria una reflexión profunda para entender lo que se cuenta. Las imágenes se van sucediendo y resulta muy fácil establecer los nexos de la historia.

El uso del móvil absorbe un tiempo, una atención y unas energías que dejan poco espacio para otras actividades, por importantes que sean. La proporción de tiempo que consume el uso del móvil no tiene comparación con cualquier otra actividad de la vida de los jóvenes.

Leer exige concentración. No se puede estar leyendo y haciendo otras cosas, como sucede en el caso de la televisión. He visto a mi hija seguir una película mientras contestaba a los incesantes whatsapps que recibía en el móvil. No se puede hacer lo mismo mientras se lee.

La aceleración de los tiempos, las prisas, los planes encadenados, dejan poco espacio para el reposo que requiere la lectura de un buen libro. Creo que la juventud está dominada por el frenesí de la acción, de los encuentros, de las citas, de las reuniones.  

Una voluminosa novela llevada a la pantalla puede verse en hora y media, mientras que la lectura de la novela consumiría muchas horas. M han contado que algunos alumnos, cuando tienen como tarea leer un libro que ha sido llevado a la pantalla, prefieren ver la película y no leer el libro. Queda muy atrás para ellos y ellas la galaxia Gutemberg.

La multiplicidad de estímulos que les llegan de amigos y amigas, la red de relaciones que cultivan, las canciones frenéticas que escuchan y tararean les tiene ocupada la mente. No es fácil aislarse de esa frenética cadena de estímulos.

Aunque se puede leer en todos los lugares, es cierto que la concentración que exige la lectura requiere espacios llenos de silencio y de paz. No abundan en los lugares que frecuentan los jóvenes y las jóvenes. No hay silencio en ninguna parte. El ruido es enemigo de la lectura. No hay silencio en las casas, en los lugares de encuentro juvenil. Y para leer hace falta silencio.

Hace tiempo que escribí un artículo titulado “Si no leo me aburro”. Algunos jóvenes se apresurarán a tachar el no con trazos bien gruesos. Piensan que leer es aburrido. Qué error. No haber tenido buenas experiencias lleva a no creer que existan.

Hay también un problema en la mala didáctica sobre la lectura. Obligar a leer textos que no despiertan el interés, exigir tareas ingratas sobre lo leído, hace que se rechace la lectura como si fuera un castigo.

Y no hablo solo de la desafección a la lectura. Hablo de los libros, de la falta de amor a los libros. Pocas veces he visto que en conmemoraciones, cumpleaños y otras fiestas los jóvenes y las jóvenes se hagan el regalo de un libro. Los veo y las veo en muchas tiendas (de ropa, de telefonía, de informática…), pero no tanto en librerías o en bibliotecas (salvo en época de exámenes). No les veo comprando libros para formar una biblioteca de obras de su interés. No les oigo hablar de libros, de lo que han descubierto en ellos, de lo que les ha aportado una obra, de lo emocionante que ha sido el final de una novela.

Estoy leyendo un hermoso libro. Se titula “El infinito en un junco”. Su autora es Irene Vallejo, escritora y filóloga nacida en Zaragoza en el año 1979. Es conocida por su labor de divulgación, especialmente por sus colaboraciones en El Heraldo de Aragón y El País Semanal. Es un maravilloso libro de 452 páginas. Uno de esos libros de los que te lamentas ir llegando al final. “Ya estoy en la página 185, qué pena”, te vas diciendo. Es un monumento al libro.

Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel. Es también el título de una novela distópica de Red Bradbury que leí hace tiempo. En ella se cuenta la historia de un país en el que el poder decide acabar con los libros. Está prohibido leer. Los bomberos se dedican no a apagar los incendios sino a quemar los libros que algunos ciudadanos y ciudadanas rebeldes guardan en sus casas. El gobierno prescribe que todo el mundo sea feliz. Para ello hay que acabar con los libros, que contienen ideas nocivas.

 Los disidentes son perseguidos. Se refugian en los bosques alrededor de las ciudades, en los caminos, a la orilla de los ríos contaminados, en las vías férreas abandonadas. Viajan todo el tiempo, bajo la luz de las estrellas, disfrazados de vagabundos. Han aprendido de memoria libros enteros y los guardan en sus cabezas a donde nadie puede verlos ni sospechar de su existencia. Cada persona es un libro viviente. Cuando la prohibición termine, los libros podrán ser reescritos.

Tener tanta facilidad para acceder a los libros hace que, con frecuencia, no se valore todo lo que supone tenerlos tan cerca.

Cuenta Irene Vallejo otra historia emocionante sobre el amor a los libros. Dice que el poeta alemán Hölderlin comenzó a tener crisis mentales a los treinta años. Padecía accesos de ira, agitación y ataques de verborrea. 

Al declararle enfermo incurable, sus parientes le ingresaron en una clínica. En el verano de 1807 visitó a Hörderlin en su encierro un ebanista llamado Ernst Zimmer, que estaba entusiasmado por su libro Hiperión y decidió llevarse al poeta a su casa, junto al río Neckar. Allí permaneció Hölderlin hasta su muerte en 1843, siempre al cuidado de la familia de su lector. ¡36 años cuidando a un enfermo mental por la admiración y la gratitud que había despertado un libro!

Sin apenas conocerlo Zimmer decidió recoger, alimentar y cuidar en su demencia al autor de la novela que amaba. Eso es amar los libros. Las calladas palabras de un libro forjaron durante casi cuatro décadas, un vínculo entre dos extraños más fuerte que el parentesco .

No me resisto a compartir con los lectores y lectoras esta preciosa anécdota que aparece en la página 113 del libro de Irene Vallejo: “Ana María Moix me contó una vez que en los años 70, un mediodía quedó a comer con la prodigiosa camada del boom latinoamericano: Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Bryce Echenique, José Donoso, Jorge Edwars… Entraron en un restaurante de Barcelona, donde había que apuntar el pedido y entregárselo por escrito al camarero. Pero ellos, bebiendo y conversando, se desentendieron del menú y de las aproximaciones interrogativas de los camareros. Al final, tuvo que interrumpir el maitre, irritado por tanta cháchara apasionada y por tan poco interés gastronómico. Se les acercó y, sin reconocerlos, preguntó con voz enojada: ¿Es que nadie sabe escribir en esta mesa? Inconmensurable. Como es inconmensurable todo lo relacionado con los libros. 

En la vacuna que se les va a administrar a los jóvenes me gustaría que hubiese un componente capaz de despertar el amor a los libros. Salvarían el cuerpo del contagio y salvarían la mente del aburrimiento.

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