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Matías Vallés

Al Azar

Matías Vallés

Afganistán para los afganos

Personas desplazadas en Kandahar, en Afganistán

El mazazo de Afganistán también patentiza los riesgos del exceso de sensibilidad. De ahí que Biden haya perdido su bonhomía tras quedar en ridículo, y se haya negado enérgico a enviar a jóvenes estadounidenses a morir por un país que sus habitantes se han negado a defender, porque el imparable avance talibán culminó sin bajas. El análisis especular con Siria olvida un pequeño detalle, los refugiados de Kabul no huyen del Gobierno, aquí huye el Gobierno. ¿Un general desertor y su familia son refugiados políticos?

Biden ha declarado que Afganistán es para los afganos, así que Pekín y Moscú se han apresurado a acoger a un engendro tribal cuya máxima actividad económica durante las últimas décadas ha sido el tráfico de heroína. Los talibanes cambian de socios y dan ruedas de prensa en la televisión que prohíben, donde su portavoz admite incluso la pregunta de una mujer. O interrumpen la programación de la BBC para contrarrestar la versión dominante. Puede compararse la hiperactividad de los fanáticos con la pasividad de los cerebrales europeos. La famosa Unión anuncia que vigilará muy de cerca la evolución de los acontecimientos en Kabul. Seguro que este medido aviso de Bruselas ha infundido pavor a los reconquistadores del país asiático.

La realidad es como siempre del revés. Washington quería deshacerse del fardo afgano que le costaba cien mil millones anuales, con independencia del dolor que este abandono cause a la minoría democrática del país. Europa desea frenar en seco el reflujo migratorio, para lo cual se muestra comprensiva a la interlocución de los talibanes. No hay votos en una repetición de la oleada siria, un clamor en Alemania al borde de las elecciones. Si alguien desea colaborar con la inexistente resistencia afgana, puede dejar de comprar productos de China empezando por las mascarillas, dado que Xi Jinping es el nuevo narcopadrino de Kabul. ¿Verdad que la propuesta suena ridícula? Pues obliga a sofocar como mínimo los excesos de sensibilidad, generalmente hipócritas.

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