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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

Tiburones

Aparece una tintorera de dos metros en Benidorm

Llevo meses escuchando augures que pronostican la muerte del turismo de sol y playa y nocturnidad: su quiebra absoluta este mismo verano. Culpables: la maldad gubernamental, la de cada ciudadano empeñado en morirse de covid o que prefiera pasar las vacaciones en la UCI en vez de gastarlas en noches infinitas en discotecas -que impiden que haya botellones hasta que cierran las discotecas y la gente se va a los botellones-. Les creí. ¿Cómo no creerles siendo alicantino? Menos a algunos empresarios que conozco personalmente. Pero es por culpa mía. Por prejuicios. Por ejemplo: no conozco a todos los médicos y enfermeras de las UCIs pero tienen mi presunción de simpatía, aunque no trasnochen porque quieran hundir el turismo. Pero, bueno, el caso es que les acabé creyendo -a los del turismo y sus heraldos, a los sanitarios les creí desde el primer día-. Esperaba vacaciones desoladas, aeropuertos vacíos, chiringuitos cerrados -menos el de Cantó, botellón perpetuo del Reino de España-, apartamentos polvorientos, ciudades costeras silenciosas. Y mira tú por dónde, resulta que abundan noticias de gentes que se engrescan y hasta atacan al alba por pillar sitio con sus hamacas en playas principales de nuestro ecosistema. Da la circunstancia de que esas gentes duermen aquí, comen y se deleitan con horchatas, güisquis y canciones coreanas.

Por supuesto son insuficientes. Necesitamos muchos más. Millones de aviones aterrizando en aeropuertos ampliados -por ejemplo, el de El Altet/Alicante-Elche/Miguel Hernández, debería llegar desde la catedral de Orihuela hasta el castillo de Villena-. Precisamos unos 500 hospitales para atender comas etílicos en despedidas de soltería. Y, por supuesto, trasvases del Guadalquivir, Ebro, Duero, Zambeze y Nilo. Y que sea de obligado cumplimiento que haya campo de golf y piscina en cada vivienda de protección oficial, por si acaso. Quizá la demanda ahora no sea tan elevada: pero es lo menos que se merece “El Sector” tras las penalidades causadas por la autoridad sanitaria. (Por lo demás supongo que los mismos alterados reivindicadores de ayudas pedirán controles especiales de la Inspección de Trabajo, no fuera a ser que hubiera un caso, o dos, de contrataciones ilegales, abusivas o pago en negro). ¿Exagero? Mi anhelado amigo Ramiro Muñoz rescató el texto de un dirigente empresarial de la hostelería, de los años 60, en que pedía la urbanización turística completa y continua de la costa de la provincia de Alicante. Consciente de que eso requeriría algo de energía, proponía que en las fronteras con las de València y Murcia se erigieran sendas centrales nucleares.

Muchos lectores estarán pensando que estas críticas no dejan de ser extemporáneas, tan viejas como el mismo fenómeno turístico. A mí me parece que no. Me parece muy importante el fenómeno sol y playa y ocio nocturno: es un modelo como otro de ganarse la vida y democratiza las vacaciones. Pero es que algunas críticas son ciertas, aunque se amparen en generosas dosis de hipocresía. Entiendo al ciudadano manchego que no quiere que “le roben su agua” para abrir piscinas en hoteles valencianos… aunque luego venga a bañarse en esas piscinas… Pero el caso es que ha comenzado una guerra de dimensiones terribles sobre la gestión de recursos naturales. No podemos mirar para otro lado. Tenemos derecho a defender un modelo económico. Pero no sabemos si es sostenible en un tiempo prudente. Y si no lo fuera, perderíamos ese abstracto derecho.

En ese esquema, la presión durante lo peor de la pandemia me ha parecido a veces justificada, y, a veces, obscena, porque había otros sectores pasándolo muy mal, pero no disponían de los recursos simbólicos, económicos y mediáticos para socavar la legitimidad de decisiones razonables y democráticas. Pero, ¿y si el covid sólo hubiera sido un ensayo general?, ¿y si esto no fuera sólo de captar otros mercados internacionales -que me parece estupendo en esta fase- sino de aprender a sobrevivir en una economía de la catástrofe, una economía que funciona con interrupciones periódicas y en la que los que hacen negocio generan algunas de las condiciones que agravan los efectos de esas catástrofes… para pedir ayudas públicas llegada esta. ¿Y si una cuestión a debatir es que hay que defender lo existente, pero evitar que crezca? Se me podrá acusar de agorero, pero después de la pandemia habrá que pensárselo dos veces. El turismo de masas no es neutral para el cambio climático. Nada que sea “de masas” lo es. Tarde o temprano habrá restricciones en la navegación aérea o en el turismo de cruceros y en el consumo de energía o no habrá fondos para reparar los daños causados por la degradación litoral. Eso no va a pasar de golpe ni el año que viene. Pero hace diez años ya dijimos eso, en general, del cambio climático. Y, al fin y al cabo, el turismo de sol y playa y fiesta es algo que depende del clima. Me da la impresión -intuitiva- de que los cambios en el turismo serán muy profundos en el medio plazo. Y que algunas transformaciones sociales alterarán las costumbres del negocio del ocio.

Por supuesto ignoramos muchas cosas, y no sé si hay estudios solventes con predicciones largas. Y sé que el otoño vuelve a ser incierto. Pero lo que es seguro es que si queremos mantener un modelo sostenible de sol y playa y ruido en nombre de nuestro estilo de vida -los americanos hacían guerras por eso- convendría dejar las presiones y la altivez, guardar los tambores y las tracas benevolentes y hacer que sea toda la sociedad la que hable, la que debata y proponga. No existe ningún modelo económico que, a la vez, sea seña de identidad de un territorio, que pueda adaptarse a los cambios profundos sin una conciencia social que permitan abrir nuevas complicidades y evitar víctimas innecesarias. Pregunten en algunas cuencas mineras, en zonas que dependían de astilleros, en las ciudades que antes monopolizaban la fabricación de automóviles en EE.UU. Echar la culpa, siempre, a un enemigo, en maniobra de esperpéntico nacionalismo turístico, no es sostenible: no impresiona porque vivimos épocas en que cada uno defiende su lugar bajo el sol, como los turistas que invaden las playas al amanecer para tener más horas en las que hablar de cambio climático y olas de calor.

Y, por supuesto, aquí no hay tiburones. Ni uno. Ni en el mar ni en los despachos.

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