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Juan R. Gil

ANÁLISIS

Juan R. Gil

El aviazo

La Agencia Valenciana de Innovación (AVI), gestionada por Andrés García Reche, destina a Valencia más de 8 de cada 10 euros de los 57 millones que este año distribuye. Es un caso de discriminación hasta aquí inédito

Al frente de la AVI. Andrés García Reche, en el Foro INFORMACIÓN celebrado en Alicante en 2017

Al frente de la AVI. Andrés García Reche, en el Foro INFORMACIÓN celebrado en Alicante en 2017

La última vez que hubo un intento serio de fusionar Bancaja y la CAM, por aquel entonces tercera y cuarta cajas de ahorro de España, fue al alborear del nuevo milenio, casi finiquitado el mandato de Eduardo Zaplana como presidente de la Generalitat. Como resultaba que este era el único medio que no daba por hecha la operación y planteaba objeciones de calado a su ejecución, quienes entonces eran presidente y director general de la entidad valenciana, respectivamente Julio de Miguel y Fernando García Checa, se desplazaron un día a Alicante para explicarme el proyecto y reclamar un cambio en la línea informativa del periódico.

La conversación, durante un almuerzo en el restaurante Dársena, pese a que comenzó con cierto desconcierto por su parte, ya que pidieron una paella y el entonces jefe de sala del establecimiento, el tan recordado como socarrón Emilio, les respondió que paella no podía ser, pero si querían tenían una carta de más de un centenar de arroces para elegir; pese a ese principio, digo, el encuentro discurrió por cauces extremadamente corteses.

-Tenéis que aflojar, Juan Ramón. Esta es una operación muy beneficiosa para todos, pero especialmente para Alicante. Aquí os vais a quedar con la razón social de la entidad resultante de la fusión y con la sede institucional, me dijo en un momento del almuerzo Julio de Miguel.

-¿Y os habéis planteado que sea al contrario, que la razón social y la sede institucional estén en Valencia y la sede operativa en Alicante?, pregunté, con impostada candidez.

-No, eso no puede ser.

-Acabáramos.

Como todos los lectores saben, la operación, que hasta los mercados habían empezado a descontar, jamás se llevó a cabo y unos años después, sin que ya nunca pueda saberse qué hubiera ocurrido si la fusión se hubiera realizado, las dos cajas colapsaron, dejando tras sí una autonomía financieramente dependiente. Para la historia, que siempre escriben quienes más poder tienen, quedó que una vez más el cantonalismo alicantino había impedido el progreso de la Comunidad. Pero en realidad fue la falta de visión estratégica de las elites dirigentes valencianas, que nunca comprendieron que concentrar el poder financiero donde ya residía en términos absolutos el poder político no era una buena idea, la que impidió aquella fusión.

Si Valencia reclama una mejor financiación e inversiones a Madrid, eso es justicia. Que Alicante se lo pida a Valencia es victimismo

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Uno de los más caracterizados representantes de esa visión estrecha de la Comunidad Valenciana, en la que todo lo que no sea Valencia es suburbio, es el profesor de Economía de la Universidad de Valencia Andrés García Reche, granadino de cuna y valenciano de biografía. García Reche formó parte de los gobiernos de la Generalitat presididos por el socialista Joan Lerma desde que éste ganó las primeras elecciones autonómicas en 1983, primero como director general de Industria y luego como conseller de Industria, Comercio y Turismo desde 1987 hasta 1993, en que Lerma le relevó del cargo tras una escalada de enfrentamientos con el empresariado de esta provincia, sobre todo con el sector turístico, y con la ciudad de Alicante, en este caso a cuento de los depósitos de Campsa en el puerto, cuya permanencia defendió hasta el último aliento, incluso alegando en las Cortes que la empresa de combustibles tenía licencia en vigor cuando ya estaba caducada, y en contra hasta del criterio del Ayuntamiento que entonces presidía su compañero de partido, Ángel Luna.

Sin que se sepa muy bien por qué, el presidente Puig lo rescató tras alcanzar la jefatura del Consell para ponerlo al frente de una de sus aparentemente grandes apuestas en su voluntad de «coser» la Comunidad -vertebrarla se decía antes, pero Joan Lerma nos explicó que la mayoría de los seres del planeta son invertebrados y viven tan felices comiéndose los unos a los otros-, al tiempo que de avanzar en el camino del cambio de paradigma de nuestro sistema productivo para adaptarlo a las exigencias de la nueva economía digitalizada. Nada menos que la nueva Agencia Valenciana de la Innovación (AVI), cuya puesta en marcha le encomendó Puig a Reche tras haber decidido que su sede oficial estaría en Alicante.

Fuimos muchos los que entonces consideramos ese nombramiento un grave error de juicio y desgraciadamente el tiempo, verso a verso, golpe a golpe, nos ha venido dando la razón. Lo primero que hizo Reche fue dejar en papel mojado los teóricamente buenos propósitos de quien lo nombró: «aceptó» no sin resistencia que en Alicante permaneciera una sede institucional que ni siquiera pisa, atendida por menos de un 25% de los funcionarios que la AVI tiene, y se montó una sede operativa en Valencia, que es donde él trabaja como primer y único ejecutivo de la agencia, rodeado del otro 75% del personal. Lo que no consiguió la burguesía valenciana con la fusión de las cajas, se lo merendó él en un día, dejando con el culo al aire (fue la primera vez, pero en absoluto la última) a quien le había dado el puesto, que todo se lo ha consentido desde entonces. El corolario inevitable de eso ha sido el despropósito que hemos visto este verano: la AVI que él dirige ha repartido 52,3 millones de euros para proyectos de innovación, cantidad de la que el 80% (¡el 80%!) ha ido a parar a Valencia. La cosa se hizo como todo lo que la Administración española acostumbra a hacer cuando sabe que no lo está haciendo bien: en periodo vacacional. Aún así, el abuso era de tal calibre que ni siquiera en agosto podía pasar desapercibido, con lo que se ha montado la carajera. ¿Respuesta? La humillación. Quedaba aún un remanente de cinco millones. Y si en los 52 millones primeros el porcentaje de lo que se quedó en Valencia fue, euro arriba, euro abajo, del 80%, en estos cinco últimos, con las protestas de todas las instituciones alicantinas ya expresadas, en Valencia se ha quedado el 89%. Gritad, gritad, malditos, habrá dicho el vicepresidente ejecutivo de la AVI que, si fumara, se habría fumado un puro.

Reconozco mi estupefacción, no sólo con lo que está ocurriendo y el descaro con el que se está procediendo, sino también con la respuesta a las quejas articulada por Puig y su equipo. No soy capaz de entender la estrategia de mantener a cubierto a García Reche, que no ha ofrecido una sola explicación pese a ser autor intelectual y material del crimen, y lanzar sin embargo al fuego a la consellera Carolina Pascual, que al parecer a nadie importa que se queme en la defensa de una gestión cuyo responsable ni fue nombrado por ella ni reporta en última instancia ante ella, sino ante la propia Presidencia de la Generalitat. Tampoco entiendo la línea argumental, sostenida en notas de prensa redactadas en Presidencia aunque luego las emita la conselleria o la propia AVI, e incluso en un artículo en este periódico de la propia consellera, a saber:

1. La AVI no atiende a criterios territoriales. ¿Ah no? Pues bien que era una apuesta territorial cuando el presidente Puig, con toda la intención de ganarse la confianza de un territorio, anunció no sólo su creación sino su instalación en Alicante. ¿Y acaso no fue una apuesta territorial de Reche cambiar en la práctica esa sede territorial de Alicante a Valencia? ¿De qué estamos hablando? Todo en política es territorial, desde el conflicto catalán a la chulería de Ayuso. También los sucesivos gobiernos de España han rechazado que se analicen de forma territorial los presupuestos del Estado, pero bien que todos negocian en mesas preferentes con vascos y catalanes. Y bien que la Generalitat Valenciana reclama un mejor trato, pidiendo fuera lo que no practica dentro, por mucho que haya que reconocerle a Puig haber corregido algunas de las dinámicas malditas que se perpetuaban en esta comunidad.

2. La AVI, a la hora de distribuir sus fondos, no mira la procedencia de los proyectos, sino su calidad. Los subvencionados han sido los mejores. De donde se deduce que el grado de torpeza e incapacidad de quienes trabajan o emprenden en Alicante es de orden muy superior a la media mundial, porque si Valencia ha conseguido presentar calidad como para llevarse el 80 o el 89% de los fondos, y Alicante, pese a ser sede de la AVI, sólo ha conseguido migajas, algo tenemos que hacernos mirar. Nos queda el consuelo de que algunos de los equipos que han visto rechazados sus proyectos en Valencia (es allí, y no en la sede oficial de la AVI, donde se reúnen las comisiones, hasta ahí llega el pitorreo) tienen, sin embargo, financiación europea para sus trabajos. Con lo que no sólo somos lelos aquí, en Bruselas tampoco saben de esto. También se ha rechazado un proyecto de Bernat Soria, ministro de Sanidad con el socialista Zapatero. Ergo Zapatero es otro tonto. Cada vez somos más.

3. Quien proteste porque entre el 80 y el 89% del dinero que concede la AVI se quede en Valencia sólo busca enfrentar territorios. Ya estamos. Si Valencia reclama una mejor financiación e inversiones a Madrid, eso es justicia. Que Alicante se lo pida a Valencia es victimismo. Que Puig exija compensaciones a Madrid por el «efecto capitalidad» es cuestión de Estado. Que Alicante reclame atención sobre lo mismo, pero referido no sólo a Madrid, sino también a Valencia, es cantonalismo. Ahora que vuelven, la cosa sería para responder recordando la canción que en los 90 hizo inopinadamente famoso al dúo Amistades Peligrosas: basta ya de tanta tontería. Aquí soportamos el centralismo por partida doble. Así que aún nos quejamos poco.

Vamos a ver (pronúnciese sustituyendo la ese por una erre, no vayamos a decepcionar a nadie): cualquier Administración enfrentada a un reparto tan desproporcionado de los fondos, procedentes de los impuestos que pagamos todos, por parte de uno de sus organismos procedería de inmediato a la revisión y corrección de los criterios de acuerdo a los cuales se han asignado dichos fondos, porque no cabe otra conclusión que la de que esos criterios están claramente desenfocados. Eso siendo buenos y no yendo más allá, pese a que un festín como este daría para todo. Porque si no, ¿para qué sirve la AVI? ¿Para repartir dinero sin más? ¿No era para promover la innovación? Promover no es financiar la que ya existe, perpetuando los desequilibrios e incluso acrecentándolos. Aquí, de momento, la respuesta ha sido cargar contra el pobre, culpabilizándolo de serlo. Muy progresista.

Si Reche fuera tan amigo de quien lo nombró habría presentado su dimisión irrevocable, asumiendo la responsabilidad directa de una gestión tan mal enfocada y la negligencia

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Ximo Puig tomó una decisión valiente cuando apostó por impulsar a Alicante como foco de la nueva economía digital. Algún día debería contar la airada reacción que ese movimiento produjo en una parte de la elite dirigente valenciana, que no ocultó su disgusto. Pero la inapelable lógica política de acciones como declarar Alicante sede de la AVI, poner en marcha aquí el Distrito Digital o crear una conselleria dedicada a esa «nueva economía» y convertirla en la primera de la historia de la Generalitat ubicada fuera del Capi i Casal jugaba a su favor: puesto que Valencia tenía el músculo que le proporcionan las empresas y los centros universitarios más potentes de la Comunidad, la acción pública debía ser más intensa donde faltaba esa fortaleza aunque sí había suficiente terreno abonado: hubo un momento en que Alicante registraba más emprendedores de éxito internacional que Madrid o Barcelona. ¿Estoy hablando de discriminación positiva? Sea. No soy el único ni el primero. Ya lo han hecho rectores, vicerrectores de investigación, empresariado (para variar, con la boca muy pequeña por si acaso) y emprendedores. ¿Hace falta más? ¿Es que no está la política para eso, para corregir desigualdades? ¿Es que con independencia de los méritos individuales de cada cual, ese músculo que tanto admiramos de Valencia y sus instituciones no se ha alimentado también de los mismos presupuestos de la Generalitat que desde Lerma, pasando por todos los gobiernos del PP, dedicaron a Alicante durante más de treinta años menos dinero per capita de lo que le correspondía? ¿Resucitamos la vieja teoría marxista de la extracción de plusvalías? ¿Eso era territorial o simplemente porque algunos lo valían? Son las personas, y no los territorios, los que pagan impuestos, es verdad. Pero bien que crecen con ellos los territorios que en mayor medida se benefician de su posterior reparto. ¿O no es esa la base de todo lo que le reclamamos a Madrid?

El tema puede resultar abstruso para la mayoría de los lectores. Supongo que en eso confían en la Generalitat, aunque temor por la deriva del asunto tampoco les falte, o no habrían rechazado las primeras comparecencias en Cortes que se han pedido para que se den explicaciones. Pero no es una cuestión menor, ni mucho menos. El futuro está en la economía digital y si más de ocho de cada diez euros de los que dispone la Generalitat para financiar proyectos a través de a AVI, de nada menos que 57 millones sólo este año, se quedan en Valencia, en Alicante perderemos una vez más el tren cuando nos habían prometido que esta vez sí iba a salir de nuestra estación. Tampoco crea la Generalitat que, por farragoso, el dislate no va a dejar poso: lo de 8 de cada diez lo entiende cualquiera y resulta transversal.

Si Andrés García Reche fuera tan amigo de quien lo nombró como Puig está demostrando serlo de él, habría presentado su dimisión irrevocable, asumiendo como propia no sólo la responsabilidad directa de una gestión tan mal enfocada, que es suya, sino también la negligencia in vigilando, que es de quien lo hizo virrey. Con ello, habría facilitado la salida de este desgraciado entuerto al jefe del Consell. Lejos de eso, lo que ha hecho es subir la apuesta y meter más presión. Personalmente, se lo agradezco: me ha ahorrado tener que volver a la palestra soltando el rollo de todos los años sobre las perspectivas políticas al inicio del curso. Pero para la Generalitat, el negocio se está tornando pésimo. Así que algo más que insulsas, tópicas y peligrosamente rayanas en la ofensa notas de prensa tendrán que hacer el presidente y su equipo para recuperar crédito. Un buen capitán no es aquel que mantiene el rumbo contra viento y marea, sino el que sabe dar el golpe de timón cuando arrecia la tormenta. Y aquí, aunque algunos crean que esto es una manía de INFORMACIÓN o una estrategia urdida por el PP, lo que se está formando tras «el aviazo» perpetrado por García Reche es una DANA, y no pequeña. Nadie diga luego que no se avisó.

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