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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

Casado pide la dimisión de España

Pablo Casado, durante su intervención. EFE

Todos los días igual. Todos los días repito la rutina. Me despierto con palpitaciones, ansiedad. Me levanto y hago correr el dial de mi viejo transistor, miro digitales, consulto papel, examino todos los canales de TV. Nada. No hay suerte. Otra fecha perdida. Yo, como aquel Polifemo de poca vista, soy Nadie: Casado no ha pedido mi dimisión. Ni siquiera Egea me ha escupido, según elegante y alegórica costumbre, un hueso de aceituna. Ayuso no ha pedido mi libertad bajo fianza y la prisión preventiva revisable. Casado no ha pedido mi dimisión: me queda por delante otra jornada de depresión. Mi psiquiatra está harto de mis llamadas, aunque reconoce la gravedad del asunto. Lo más que hace es pedirme paciencia. ¿Paciencia?: ¿quién es qué si el sutil líder de la derecha más centrada en la extrema derecha no demanda con urgencia muerte civil, ostracismo, alejamiento de la comunidad de los vivos, como si fuera un obispo de Solsona, al que el Senyor ha castigado por ser independentista, amén?

La cuenta de los invitados a la ausencia o cesantía tiende al infinito. Y da risa si no fuera porque es un drama para la democracia andar así. Una vez llegado a una edad adecuada y haber convivido con la democracia toda una vida, en sentido estricto, pueden saltarse muchas estupideces que unos y otros dicen de la Transición y tratar de recordar. Casi seguro que no te van a creer, pero es buen recurso contra las enfermedades degenerativas -las neurológicas y las políticas-. Bueno, pues recuerdo que mis mayores nos explicaban que la dimisión del adversario sólo se pedía en casos absolutamente extremos porque cualquier otra cosa suponía desequilibrar las instituciones, ya que alteraba algunas decisiones adoptadas por el pueblo o sus representantes. En esto, aquellos que encontraron la casa por hacer, también confiaban en el orden constitucional. Y asumían cierto inteligente razonamiento: la democracia es estructura y no acontecimiento. Y la Constitución y la democracia -caras de la misma moneda- no pueden estar siempre sometidas al retroceso del disparo del error. Por supuesto la suma de errores puede ser peligrosa. O la vulneración de principios democráticos y constitucionales levantar otra tempestad. Pero en esos casos debería usarse de los mecanismos parlamentarios y, extraordinariamente, judiciales; aparte de la deliberación en los medios de comunicación. Y aun otra lección táctica nos daban: dejar que los segundones acumulen esos errores y para centrarse en los líderes, para que el desgaste recaiga sobre estos y no sobre actores secundarios que se hundirán por su propio peso.

Es verdad que entonces no existía el vértigo de las redes. Cada día me convenzo más de que con un Imperio de Redes, en España no hubiera sido posible la Transición o, al menos, una Transición y una Constitución tan avanzadas -¡pese a todo!- como las que tenemos. Las redes, en un país desarrollado, son tendencialmente peligrosísimas porque ensalzan los valores del vientre, halagan las pasiones más soeces, engrandecen al anónimo cobarde, desprecian la inteligencia y enganchan con otros medios de comunicación dados al dislate y a la mayor venta entre las gentes rabiosas, conservadoras y amantes del sentido común que, como es sabido, es la ideología orgánica de la reacción ante cualquier cambio. Hoy, Casado, y su libérrima tuna compostelana del santo improperio, lanzan carnaza en los circuitos digitales para gozo de estudiosos del nuevo periodismo (?) y deleite de los dueños de bares de carretera que aún venden botijos con los genitales de Tejero bien dispuestos para argumentar contra el enemigo.

Como hace Casado: se trata de descubrir cada día a un enemigo principal, un enemigo “objetivo” que se define por su contexto -un genial invento del stalinismo- y tratar de apartarlo del camino, en la confianza sutil de que así contribuye a deslegitimar la realidad democrática: si dimite, porque muestra que razón tenía; y si no, porque persevera en la maldad. Casado que, como es sabido, es hombre de amplias titulaciones alcanzadas con una claridad que en otros países europeos le hubiera costado la dimisión antes de que nadie se la pidiera, se perdió aquella lección que aclara que en una democracia no hay enemigos -salvo golpistas, violentos o animadores a la violencia o corruptos contumaces-, sino adversarios, con los que se convive, se pacta, se critica, y se trata de convencer o cambiar con toda la amabilidad posible.

Seamos justos: no es sólo Casado. Casado es el más aventajado exponente de esta sofisticada escuela de pensamiento, la que entiende la democracia como una permanente emoción de embestidura; pero, reitero, no es el único. La costumbre -¿le llamaré cultura?- se ha expandido por todo el mapa partidario hasta los munícipes de la más vacía aldea de la España vacía. Vox lo incluye en los formularios de su violencia verbal, como una extensión del bushido al que tan aficionado era el no-violento Millán Astray. Algunos nacionalistas catalanes andan ahí a cada ratito, vertiendo espantos contra españoles y otros independentistas catalanes. Pero no escasean en partidos de izquierdas, en los que muchos viven despavoridos ante la maldad del mundo, contagiados por la cultura de la derecha que se basa en imputar a la buena o mala voluntad el hacer o no hacer, eludiendo la complejidad de la vida institucional y la necesidad de interpretar lo real con perspectiva y no con imágenes planas. Con auténtica fruición, ya que Casado no pide mi dimisión, me fijo en ver de quién se pide cotidianamente abandono o cese por parte de los “míos” -en sentido amplio-, por alguna fruslería o, incluso, por defender ideas contrarias a las nuestras. La cosa suele ir precedida del verbo “exigir”, dicho muy enfáticamente. Cuanto más enfáticamente se usa, menos argumentos hay. De esta manera la izquierda realmente existente normaliza las jeremiadas de Casado y otros de su alegre Santa Compaña. Exijo que reflexionen o que les cesen. Pero es signo de nuestro tiempo que cuantas más dimisiones se exigen menos se producen: el sillón va caro, las primarias son alimañas que acechan y la inflación de encuestas atemoriza al más valiente partisano.

En fin, que Casado hoy no va a pedir mi dimisión. Siempre podría hacer el bien y exigir la del presidente del Consejo General del Poder Judicial. Y ponerse él. Y Egea de sheriff. O Abascal. Y Ortega Smith en la fiscalía de menores.

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