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José Ramón Navarro Vera

La ciudad que nos ha legado el PGOU de 1987

Vista de Alicante desde la Serra Grossa

Vista de Alicante desde la Serra Grossa Pilar Cortés

Ante la próxima revisión del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de la ciudad de Alicante, todavía vigente treinta y cuatro años después de su aprobación definitiva, sería conveniente analizar cómo ha actuado y qué efectos han tenido sus determinaciones sobre el urbanismo de la ciudad y su territorio. Este artículo es una síntesis de cómo el PGOU de Alicante, aprobado en 1987, sentó las bases urbanísticas y territoriales para la conformación de la ciudad actual, sus virtudes y carencias.

Desde finales del siglo pasado se han producido dos intentos infructuosos de poner en marcha la revisión del PGOU de 1987. Sin entrar en las circunstancias que provocaron el fracaso de esas iniciativas, sí se puede afirmar que lo que ha ocurrido en la ciudad de Alicante con la revisión de su planeamiento general pone de manifiesto la incapacidad de los políticos locales para gestionar un instrumento esencial para el futuro urbanístico, social, económico y ambiental de la ciudad, además del despilfarro económico que supusieron para las arcas municipales los dos proyectos de planeamiento retirados. Por el contrario, la redacción y tramitación del PGOU de 1987, revisión del entonces vigente aprobado en 1973, se tramitó con celeridad desde que se iniciaron los trabajos tras el triunfo de la izquierda en las primeras elecciones democráticas que tuvieron lugar en la primavera de 1979.

La revisión del plan del 73 fue una prioridad de la nueva Corporación surgida de las urnas, desde el convencimiento de que un nuevo PGOU era una exigencia del clima político y ciudadano democrático que estábamos estrenando, y que debía constituir una pieza esencial para la necesaria transformación de una ciudad que emergía del largo periodo de la Dictadura con graves deficiencias y carencias; entre las más relevantes de ellas: déficit de equipamientos y dotaciones públicas, baja calidad del espacio público, una ciudad con un tejido construido fragmentado y roto, carencias en el seguimiento y control normativo del desarrollo urbano y de la edificación, déficit de vivienda con su secuela de infravivienda y chabolismo, predominio del coche privado en las condiciones de movilidad. El Plan General fue redactado por un equipo dirigido por técnicos municipales, con la ayuda de algunos técnicos externos, y contratando con una empresa especializada los trabajos de información urbanística, prediagnóstico y avance de planeamiento.

El PGOU de Alicante de 1987 se podría encuadrar en la cultura urbanística dominante en los planes urbanos mas interesantes de la época de la Transición Democrática, que ha sido definida como «Urbanismo Urbano», un concepto debido a Manuel de Solá-Morales , maestro de urbanistas. El «Urbanismo Urbano», cultura que el plan de Alicante recogió en parte, contemplaba la construcción de una ciudad para los ciudadanos, compacta y continua, en la que el espacio público era el protagonista, y en la que primaba la recualificación de la ciudad existente frente al crecimiento de expansión. En conjunto, el PGOU de 1987 estudió con detalle, completándolos, los tejidos urbanos rotos o mal resueltos, introdujo un sistema de equipamientos y espacios libres, incorporó los grandes viarios propuestos en la red arterial del plan del 73 transformándolos, de carreteras, como la Vía Parque, propuesta en el planeamiento anterior como una autopista con intersecciones a distinto nivel, en avenidas urbanas dotadas de bulevares.

Durante los treinta y cuatro años de aplicación del PGOU de 1987 la forma de la ciudad de Alicante ha cambiado siguiendo las pautas del modelo territorial propuesto por el plan, transformando su esquema histórico radiocéntrico en un modelo lineal materializado por la Gran Vía y la Vía Parque, a lo largo de las cuales el plan dispuso algunas de las más grandes piezas de suelo urbanizable residencial proyectadas, como los PAU 1 y 2 y los planes parciales de Benisaudet y Garbinet norte, de más de mil viviendas cada uno de ellos. Este eje se remata en la playa de San Juan con la mayor concentración de viviendas del plan: del orden de un cuarenta y cinco por ciento de la oferta total .

Considerado globalmente, el PGOU de 1987 es un plan correcto por su rigor normativo y formal, lo que le ha permitido envejecer bien. Sin embargo, se echa en falta la aportación de ideas innovadoras para la transformación de la ciudad mas allá de las que demandaba las evidencias de los déficits urbanísticos y problemas ya comentados. Desde el lado de la movilidad, no se entiende la débil presencia del transporte público como estrategia de articulación territorial, y, sobre todo, que el plan ignorase el potencial del tranvía como pieza articuladora de ciudad que, de haberse incluido con esa función en el plan , nos hubiera evitado la red actual pensada como unión de orígenes y destinos más que para estructurar el territorio, función urbanística esencial del transporte público.

Tampoco el PGOU de 1987 incorporó métodos innovadores de gestión de suelo que se estaban adoptando entonces en otros planes, como las conocidas TAU (Transferencias de Aprovechamiento Urbanístico) que ya se estaban aplicando con éxito en varios municipios, incluso en algunos próximos a Alicante como Elda, Petrer e Ibi.

En el plan se introdujeron media docena de lo que se denominaron «Operaciones Integradas», de las que la número dos, área del soterramiento del área de la estación de Madrid y la número cuatro que recoge el área de la Cigarreras-ADDA, son las más conocidas. Se trataba de una de las propuestas más interesantes del plan, dirigidas hacia la transformación de los espacios de capitalidad (Estación de Renfe y Puerto), y creación de nuevas centralidades culturales, que contribuirían a articular y consolidar una nueva forma y significado de ciudad. Sin embargo, más de treinta años después de la aprobación del PGOU los efectos de estas «Operaciones Integradas» apenas se dejan notar, o ni siquiera se han iniciado como la del Parque Central (Renfe).

A diferencia de otros planes redactados en la misma época, que eran fieles a uno de los principios del «Urbanismo Urbano», como era el de la limitación de los crecimientos residenciales adaptándolos a la demanda real, el PGOU de Alicante proyectó una oferta de suelo excesiva para un periodo de vigencia razonable del plan. El nuevo techo residencial previsto era de unas cuarenta y cinco mil viviendas, lo que supone una capacidad de nueva población de más de cien mil habitantes. En los treinta y cuatro años transcurridos desde que se aprobó el plan, la población de Alicante ha aumentado en unas ochenta mil personas por lo que en términos de «contabilidad» urbanística todavía quedaría margen de crecimiento, aunque un balance más ajustado exigiría analizar además la producción de suelo, así como el número de viviendas estacionales y vacías. Este exceso de viviendas favoreció un desequilibrio poblacional al incentivar un desplazamiento de la población desde áreas urbanas consolidadas hacia la periferia con resultado del vaciamiento de aquellas (existieron otras causas como la baja calidad de la vivienda y del entorno urbano).

El PGOU de 1987 no fue capaz de mantener el modelo urbano compacto y de usos mixtos en los nuevos tejidos residenciales (de los que el PAU 4 de la Playa de San Juan, con más de seis mil viviendas, puede ser el paradigma), que sí había regido el diseño del suelo urbano en el plan, dando lugar a unos espacios de baja densidad, sin forma urbana reconocible, con tipologías de edificación dominante en «urba» cerrada ; en fin, una «ciudad» destinada al consumo individual de espacio residencial, pensada más para el coche que para el peatón.

La experiencia del PGOU de 1987 nos ha mostrado la fortaleza de un plan urbanístico redactado con rigor técnico y normativo; pero los nuevos retos sociales, ambientales y económicos demandan un urbanismo de ideas que haga frente a estas exigencias y transforme la ciudad como deseamos la mayoría de ciudadanos.

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