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Francisco Esquivel

Dolor y gloria

Antonio García Miralles, en las instalaciones de INFORMACIÓN.  |

Antonio García Miralles, en las instalaciones de INFORMACIÓN. | PILAR CORTÉS

Para pillar ese curro pegando carteles en la Roma de la posguerra la premisa es contar con bici. Antonio, que está a dos velas, se las ingenia para hacerse con una y, durante el primer día en el tajo, se la mangan. Arranca de este modo la odisea por recuperar el cacharro con pedales que Vittorio de Sica convierte en el clásico que retrata lo crudo que lo pasa un buen puñado de seres aunque no se encuentre asolado por una contienda mundial.

A la hora de zambullirse en los estudios de Derecho, García Miralles se aloja en una pensión en la que la dueña, en lugar de carbón, usa madera de la fábrica de ataúdes de la esquina que sube todo un zagal al que la señora recompensa con un par de galletas María. Pasan los cursos, la pensión queda atrás y el pimpollo cree barruntar en el club universitario de València que la dirección cinematográfica es lo suyo. Jamás lo sabremos porque, a la hora de escrutar las líneas jodidas que trazan las desigualdes a nuestro alrededor, descarta rodar y, a no tardar, se tira de cabeza a uno de los primeros despachos laboralistas ubicados cerca de casa con El Pardo y su ojo avizor en lontananza. La biografía que ahora presenta estaba servida.

Sobre todo porque colegas tales como Peces Barba, Pablo Castellanos y Barón lo meten en la rueda y Felipe, versus «Isidoro», no tarda en llamar para pedir que lo recoja en El Altet antes de encargarle que ponga en orden el partido. Y nada, a partir de ahí, otra vida. Reproches de entrada sí de históricos y una buena andadura hasta alcanzar la época dorada templando gaitas al frente del cirio que supone ahormar la nave para que culturas secularmente refractarias remen en las misma dirección desde Morella a la Vega Baja y viceversa. Toma neorrealismo, pensaría.

El caso es que puede contarlo. La sobredosis orgánica ha aumentado las ganas de ir con Renate a estrenos de los que, aún calientes, hace una disección asquerosamente atinada, entrenado de sobra el galán. Una visión que le lleva a concluir que tampoco el cine está para tirar cohetes.

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