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Ramón Pérez

Opinión

Ramón Pérez

El eterno descontento

Bikoro, de cabeza, adelantó al Hércules en Villafranqueza Álex Domínguez

En pleno inicio de curso decía el otro día un compañero de instituto, envuelto en esa vorágine de fotocopias y papeles desordenados –como si fuera la mesa de Pepe Navarro en el Mississippi-, que el día que no se tengan mariposas en el estómago antes de un comienzo, hay que dejarlo. Después admitió que esa frase se la había escuchado a un actor americano del que no recordaba su nombre. El conserje del centro, un compendio de sabidurías y frases hechas y que también estaba en la conversación, matizó: «Lo malo es que tú no lo puedes dejar aunque quieras». Y se marchó, ensimismado en sus quehaceres. Los dos tenían razón.

Esa conversación me transportó al partido de Villafranqueza de hace dos semanas, donde recordé que al fútbol se va a pasárselo bien, que esto al final es un juego y que ya hay suficientes sinsabores en nuestro día a día como para añadirle más. Percibo entre muchos conocidos una ilusión por el Hércules inusual en los últimos años y resulta chocante porque el club está en cuarta. Contra todo pronóstico, veo que el equipo ha despertado cierta corriente optimista, un vínculo muy difícil de conseguir en este Alicante desapegado y «menfotista». Tampoco sé cuánto durará, pero sí que buena parte de ello tiene que ver con este regreso a los campos tras las restricciones de la pandemia, con que los partidos a domicilio sean cercanos y, por supuesto, con que el equipo vaya en buena línea. Aunque quizás haya algo más.

En Twitter leí que en Valencia, donde imperaba la depresión, hablan ahora de la «Bordaleta» como la nave que les va a llevar a soñar por cotas mayores. Bordalás ha recuperado el orden y la agresividad; a fin de cuentas, la competitividad. Y aquí Sergio Mora, pupilo aventajado del de Rabasa, sigue la pauta. Esa intensidad que ahora luce el Hércules por los campos de la región es la que ha levantado del asiento a los incondicionales Luis y Mariano, hartos de la indiferencia y apatía de muchos que han circulado por aquí. Esa vena que ha llevado al Hércules a tener el doble de expulsados en dos jornadas que en toda la temporada pasada resulta ahora capital para que las mariposas de muchos hayan regresado. Y hay cantera: basta ver al joven e incondicional Joan en redes, los vídeos que cuelga el sufridor en la distancia Sergio, el herculanismo que sabemos que tiene el radiofónico Marcos e incluso los proyectos que varios más tienen entre manos.

En cuarta división es todo más imprevisible: los designios del árbitro, el estado del césped; en definitiva, los elementos. Tal vez ése sea el motivo por el que haya más ambiente en un partido de Tercera o de Preferente que en una grada desangelada de muchos campos de Primera y Segunda. Hace unas semanas hablé con Tomeu Pascual, exportero balear que jugó en el Hércules a finales de los ochenta, y me contaba sus aventuras en Alicante. Saqué una frase que fácilmente resume los años oscuros; no sólo los suyos, sino todos hasta hoy. «Éramos un equipo de Primera que cada semana le tocaba jugar en Segunda B». Creo que es la sentencia perfecta para saber qué ha pasado año tras año. Y sé que hemos aprendido la lección.

En el saco van todos, no sólo los jugadores, ni tampoco los que mandan (aunque sí ocupan buena parte), también un entorno exigente que tan bien resumió Paulino Verdú, un directivo del club en los años cincuenta después de que el equipo saltara a La Viña entre ciertos pitos por no ir líder en Segunda: «Son los eternos descontentos». Son los que no pueden dejarse el Hércules aunque quieran.

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