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Antonio Balibrea

La nueva ruta imperial de China

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden.

“No buscamos una nueva guerra fría o un mundo dividido en bloques rígidos”, dijo el presidente norteamericano, Joe Biden, durante su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Según Kenneth N.Waltz, uno de los mayores teóricos de la política internacional, los orígenes de las guerras frías se encuentran en el ordenamiento anárquico de la esfera internacional. La estructura caracteriza la política internacional, y es por principio anárquica, ya que no existe un gobierno internacional. Lo que varía en esa estructura es la diferenciación entre las distintas potencias estatales y, sobre todo, la distribución de recursos y capacidades entre ellas.

La estructura bipolar y el equilibrio de poder que existía durante el siglo XX desapareció tras la caída de la URSS y dio paso al predominio unipolar estadounidense. Situación que no se daba desde el Imperio Romano. Esta situación es la que más riesgo implica para la paz, y tanto los gobiernos de Bush como de Trump ignoraron el carácter provisional e inestable de la dominación unipolar. El predominio militar llevó a una radicalización del proyecto imperial con el erróneo análisis de las amenazas globales en materia de terrorismo internacional y el “eje del mal”. Las políticas caprichosas y arbitrarias pasadas y presente de los Estados Unidos incrementaron la desconfianza y han contribuido a impulsar el sistema de multipolaridad en un periodo razonablemente breve. Los candidatos a restablecer ese equilibrio varían: desde la Unión Europea -Alemania-, Rusia que busca restablecer su influencia sobre el antiguo espacio soviético, u otros imperios euroasiáticos como Irán, Turquía, o India, y sin duda, todos los analistas coinciden en que China será probablemente la nueva gran potencia a lo largo del siglo XXI.

China con su estrategia de seguridad nacional de consolidar el control interior -mongoles, tibetanos, uigures-, como nunca antes había podido hacer, le permite potenciar su flota y sus bases en los mares de China Oriental y Meridional, en el golfo de Bengala y el Océano Índico hasta el mar de Arabia. Fuertes inversiones en puertos (Birmania, Bangladesh, Sri Lanka, Pakistán, Yibuti y Tanzania), también del Mediterráneo, incluso construyendo islas artificiales, frente a Taiwan. Esa estrategia de seguridad se une a una estrategia comercial que retoma el mundo de Marco Polo: de una parte, protegiendo las rutas marítimas a través de los océanos y mares citados - la ruta de regreso de Marco Polo-, y por otra tejiendo una red para unirla a su ruta de la seda transeuroasiática. Desde el centro de China hasta Irán atravesando la gran Asia Central. China no trata de influir en el modo de gobierno de otros países, China da por sentada su superioridad. (Esto es algo en lo que diverge del universalismo democrático de Estados Unidos o Europa). (El retorno del mundo de Marco Polo. Guerra, estrategia y los intereses estadounidenses en el siglo XXI. Robert D. Kaplan. RVA Editores. 2019. Recoge un estudio escrito para el Pentágono en 2016). El desafío que una red comercial euroasiática como esa plantea para Estados Unidos es obvio. Aunque Biden expresó en la ONU su apoyo a la “libertad de navegación”, China extiende cada vez más sus pretensiones de controlar vastas extensiones del Pacífico. En el caso probable de que EEUU pretenda contrarrestar a China en Asia, lo primero que debería hacer es volver al acuerdo comercial panasiático que Trump abandono en 2016, y que China firmó inmediatamente antes de la llegada de Biden. La Unión Europea también firmó un acuerdo importante y de gran interés para el comercio e inversiones en China, inmediatamente antes de la salida de Donald Trump. No es de extrañar que Biden no haya consultado en el tema de la venta de submarinos atómicos a Australia.

“El libre comercio funciona bien con un contexto de democracias liberales pero no necesita necesariamente de estas para existir”, también le valen "las dictaduras ilustradas" como dice Kaplan en su propuesta de estrategia USA. El poder aéreo y naval es el más apropiado para los intereses USA, “ya que permite proyectar poder sobre amplias extensiones del planeta y sin empantanarse en ningún lugar con intervenciones de fuerzas terrestres”. “No tenemos ambiciones territoriales en Eurasia". La estrategia terrestre debería ser secundaria y debería supeditarse a nuestra estrategia aérea y naval, y no al revés. “Las fuerzas de tierra son sinónimos de ocupación; invadir implica gobernar”. "Nosotros debemos ocupar siempre el espacio intermedio entre el neo aislacionismo y el intervencionismo de tipo imperial". Así se entiende la salida de Afganistán.

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