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Rafael Simón Gil

El ocaso de los dioses

Rafael Simón Gil

Pedro Sánchez cumple su palabra

Pedro Sánchez.

Allá por noviembre de 2019, en plena campaña electoral y un tumultuoso debate televisivo, nuestro hoy presidente @sanchezcastejon se comprometía pomposo a traer al huido Carlos Puigdemont a España para que rindiera cuentas ante la justicia. Tan categórico reto, una promesa de esa envergadura venida de un político que juró más veces que Pedro que jamás pactaría con los separatistas catalanes ni con los gudaris vascos y vascas de Bildu, resultaba cuando menos un acontecimiento de dimensiones telúricas. Porque, en principio, ese tipo de promesas venidas de quien no suele cumplirlas parece más destinada a conceptuarlas como un oxímoron de enciclopedia. Pero no. Al día siguiente del debate, y en su propia casa mediática, RNE, Sánchez se hacía una pregunta retórica para apuntalar su tesis: “¿de quién depende la Fiscalía?”, y el propio entrevistador-periodista de su casa (la de Sánchez, me refiero) contestaba “del Gobierno”; “pues ya está”, remarcó Castejón con engolada autoridad.

Instalados en una suerte de agnosticismo político muy del gusto del fallecido Tierno Galván (qué frustrante paradoja; el cofundador del Partido Socialista Popular -luego integrado en el PSOE cuando las lentejas acuciaban y el fututo del PSP languidecía- fue Raúl Morodo, hoy investigado por la justicia en relación a presuntos y graves delitos relacionados con una petrolera venezolana del régimen chavista mientras era embajador en Caracas nombrado por Zapatero. Hasta el País llegó a titular en febrero de 2020 que “Suiza confirma que la familia de Morodo posee cuentas millonarias”); en ese agnosticismo político, digo, resulta estimulante contemplar que, por fin, Pedro Sánchez cumple su palabra y, sea como fuere o fuere como sea, el valiente huido en el maletero de un coche, el simpar Carlos Puigdemont y su separatista peinado, son detenidos en la isla italiana de Cerdeña en cumplimiento de la orden de busca y captura cursada por nuestro Tribunal Supremo. ¿Veremos otro Schleswig-Holstein, ese Land alemán donde murió plácidamente el nazi Karl Dönitz, último presidente del nazismo nombrado por el propio Hitler sin memoria histórica que valga? En aquella ocasión el tribunal regional alemán rechazó el delito de rebelión contra Carlos, el huido. Ahora las cosas son diferentes; habrá que esperar acontecimientos.

De momento, mis felicitaciones al gobierno @sanchezcastejon, y en especial a su presidente, por casi cumplir con la palabra dada. Traeré a Puigdemont a España para que rinda cuentas ante la justicia española. Y digo casi porque Carlos todavía sigue en territorio sardoitaliano, y a la hora de redactar, tembloroso, este artículo nada se sabe de la suerte que correrá el que salió corriendo de España en el maletero de un coche. Ahora bien, que yo -y quizá alguna de mis dos lectoras- confíe de nuevo en las promesas dadas por un político español de la altura (1´90) y probidad del doctor Sánchez no significa que su némesis stvensoniana, el señor Hyde @sanchezcastejon, no esté ahora mismo saliendo del laboratorio en busca de la pócima que embruje y confunda a la justicia italiana para que todo vuelva a su lugar de origen: la burocrática Bruselas y sus múltiples tribunales de justicia universal.

Flaco favor le hace al doctor Sánchez esta novela de desdoblamiento de personalidad que acaba de escribir la detención de Carlos. Y tengo para mí, aunque no lo juraría ante la estatua de Casanova -el héroe del independentismo catalán que gritó el 11 de septiembre de 1714 “Viva España” y pidió a los barceloneses “derramar su sangre por la libertad de toda España” durante la Guerra de Sucesión Española (no de secesión), no juraría, digo, que uno de los grandes perjudicados, si no el más perjudicado, de todo esto no es otro que el doctor Sánchez y su palabra dada. A ver qué les dice ahora @sanchezcastejon a los demócratas separatistas catalanes de la Mesa de negociación mientras Carlos está comiendo el rancho en una celda de Cerdeña. Porque entre los independentistas se podrán llevar muy mal, se llevan a matar (el dinero, la codicia, el poder contamina por igual), pero cuando se trata de remover los sentimientos más atávicos en busca del voto perdido, los mejores recuerdos no vienen del proustsiano olor a magdalenas recién horneadas, sino del hedor a “ciudad quemada”, barricadas ardiendo, violencia, saqueos, destrucción y caos. ¿Dónde irán a parar los votos de los violentos y las violentas? ¿Quién perderá más en este nuevo escenario de fugas, detenciones y emociones estomacales?

El problema añadido a este esperpéntico sainete es que la situación económica de España también se va a resentir, no solo la política. Nuestro país figura en último lugar de los de Europa en los índices de recuperación económica. Con y sin tasas al turismo. Con okupas que siguen okupando impunemente la propiedad privada defendidos por nuestra gauche divine. Con un sistemático y planificado ataque a todo lo que suena a España y español (véase, entre otras agresiones, el acoso, la persecución, las listas negras, los expedientes y la preterición que sufren los profesionales y funcionarios en Cataluña y Baleares por expresarse en español; y la lava de ese volcán sigue vomitando cada vez con más fuerza). Con unas instituciones esenciales en un Estado de Derecho constantemente atacadas o despreciadas (la Monarquía, la Justicia, las Fuerzas Armadas…). Con un ideario ideológico que blanquea sin el más mínimo rubor “homenajes, agasajos y recibimientos” públicos y autorizados a criminales etarras que ni se han arrepentido ni pedido perdón, al tiempo que se intenta limitar -incluso penar- cualquier manifestación de discrepancia contra el diktat de lo políticamente correcto. Con todo ese horizonte planeando sobre España, no sé muy bien si la detención de Carlos I, el huido, es una buena noticia, un hecho perfectamente calculado o una vuelta de tuerka más en la ya estrangulada garganta de nuestra convivencia. De todas formas, gracias, Pedro, por cumplir con tu palabra, aunque quizá fuera a tu pesar. A más ver.

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